Viven muchas personas ahí dentro #2
Abel seguía viviendo en Ribadesella, en la casa de siempre, con su madre.
No se había casado ni tenía pareja. Los estudios nunca se le dieron bien.
Antes de terminar el instituto, un conocido de su madre, pintor de brocha gorda, lo sumó a sus ayudantes.
Veinte años después, Abel continuaba en el mismo trabajo. Era el más veterano de la cuadrilla.
El padre de Jon solía ir a Ribadesella para cuidar de la casa.
Deshabitada como estaba, el entorno tendía a su estado natural y en el interior se acumulaban los deterioros.
Durante una de sus visitas, decidió que había llegado la hora de repintar la vivienda.
Encargó la tarea al jefe de Abel, quien, de entre sus ayudantes, escogió a este y a otro más para el trabajo.
El primer día en la casa, Abel se reencontró con los limoneros, que seguían tan cargados de frutos como los recordaba, lo que le alegró íntimamente. El padre de Jon se hallaba presente, pero no tenía intención de quedarse. Solo volvería si surgía algún problema. Les dejó un juego de llaves.
Antes de que el padre de Jon se fuera, Abel le dijo que había ido al colegio con su hijo.
También dijo que había estado una vez en la casa, invitado a una fiesta de cumpleaños.
El padre se disculpó por no haberlo reconocido.
Abel se atrevió a decir que en aquella ocasión le había impresionado el cuarto de baño con azulejos negros, tan brillantes que podías verte reflejado en ellos.
Lo recordaba tan grande como un salón, dijo.
No, como un templo. El padre de Jon negó con la cabeza.
Hacía años que habían reformado aquel cuarto de baño, dijo con tono de añoranza.
A su mujer los azulejos negros le hacían sentir frío.
Al despedirse, Abel pensó que el padre de Jon había quedado complacido con él, que se iba tranquilo, con la impresión de que dejaba la casa en buenas manos.
Los siguientes días Abel descubrió que sus recuerdos no eran cabales.
La casa no era tan grande ni luminosa como en la imagen que había retenido de ella durante años.
Sin embargo, allí estaban la pesada mesa de comedor, de patas torneadas, y el aparador de los refrescos, y la lámpara con lágrimas de cristal.
Lo cubrió todo con plásticos poniendo gran mimo, para que no se manchara de pintura.
Cada noche regresaba a su casa deseando volver al trabajo a la mañana siguiente.
Su madre era una anciana con la que no tenía nada de lo que hablar.
Cualquier diálogo conducía, al cabo de pocas frases, a un intercambio de reproches.
Abel se metía directamente en su habitación, sin pasar por la sala de estar.
Antes de ir a la cocina o al cuarto de baño, abría la puerta una rendija e inspeccionaba el pasillo para asegurarse de que no se cruzaría con ella.
El segundo pintor se llamaba Leandro. Era más joven que Abel y tenía una expresión permanente de inquina.
Hablaba entre dientes para sí mismo, lanzando miradas de reojo a derecha e izquierda, como si todo el mundo le debiera dinero.
Siendo Abel el más veterano, era quien repartía la faena, y lo hacía de manera que cada uno trabajara en una parte diferente de la casa.
Para abreviar la jornada, comían allí mismo. Dentro de la casa olía demasiado a pintura, así que salían a la parte trasera. Leandro no se lavaba las manos. A menudo ensuciaba su bocadillo con huellas de pintura y aun así se lo comía.
Una tarde, después de comer, Leandro fumaba un cigarrillo mirando de reojo la casa.
Dijo que no le gustaría vivir allí, que el sitio le daba escalofríos.
También que la casa era de un escritor y que a su mujer, una alemana, tampoco le gustaba ni pizca.
Abel escuchaba como si no supiera nada de las personas de quienes le estaba hablando.
Leandro siguió contando que, una vez, el escritor y su mujer estaban pasando allí unos días, los dos solos, y que él se tuvo que ausentar por algún motivo de trabajo.
Sería un viaje rápido, pasaría fuera nada más que una noche.
Ella no quiso saber nada de quedarse en la casa sola.
La mera idea le aterraba. Se largó a un hotel.
Abel le preguntó si conocía a Jon, si él se lo había contado.
Leandro respondió con sendas negativas. Se lo había dicho el jefe, que sí conocía a la familia, a Jon y a sus padres, y que hasta había tratado con el abuelo, el que construyó la casa.
Leandro añadió que se contaban muchas historias sobre aquel sitio y dejó bien claro que, sin duda, no lo querría para él.
Tiró la colilla al suelo y la enterró con la punta de la bota.
Al día siguiente, Leandro cayó enfermo. El resto de la cuadrilla estaba ocupado. Abel hubo de continuar la tarea en solitario. Se alegró. No era un fisgón, pero le gustaba disponer de la casa para él solo.
El padre de Jon les había dejado la llave del sótano para que guardaran la pintura y las herramientas.
Al sótano se entraba por una puerta en la cochera.
Constaba de dos espacios. El primero era de reducidas dimensiones.
Había unas estanterías con pertrechos de pesca y una escalera de madera, vertical, que conducía a una discreta puerta en la planta baja de la casa.
A un costado se abría un vano sin puerta por el que se accedía al segundo espacio.
Este era mucho más amplio. En su origen se había acondicionado como bodega, pero ahora apenas quedaban unas pocas botellas cubiertas de polvo.
La pared del fondo no era realmente una pared, sino la roca viva sobre la que se asentaba la vivienda.
Concluida la jornada, una tarde Abel bajó al sótano.
Se estaba quitando el mono cuando la puerta se cerró de golpe y, en el mismo instante, se apagó la luz.
Pensó que una corriente de aire había empujado la puerta.
La luz había fallado varias veces con anterioridad; debía de haber un cortocircuito en la instalación eléctrica.
Abel estaba al fondo de la antigua bodega, hasta donde no llegaba nada de luz.
Sacó el móvil del bolsillo para alumbrarse con él, pero un manotazo le hizo soltarlo.
El teléfono se rompió contra el suelo de terrazo.
Otro manotazo le arrebató las gafas, dejándolo doblemente ciego y desencadenando el terror.
Luego le dirían que pasó más de seis horas encerrado en el sótano.
A su madre le extrañó que tardara tanto en volver a casa, tratándose de un día laborable. Lo llamó varias veces al móvil, sin obtener respuesta. Pasada la medianoche, y muy alarmada para entonces, llamó al jefe de su hijo. Fue él quien lo encontró.
Detuvo su furgoneta en la entrada de la casa y oyó a Abel gritar en el sótano. Más que gritos, eran graznidos o gemidos. A su empleado apenas le quedaba voz, a fuerza de desgañitarse pidiendo auxilio.
En cuanto su jefe abrió la puerta, Abel salió corriendo y se estampó de bruces contra él.
Tenía cortes en las manos. La sangre le había manchado el mono de manera escandalosa.
Tan alterado estaba que fue incapaz de explicar qué había sucedido.
Solo quería alejarse de allí, pero sin sus gafas ni siquiera sabía hacía dónde dirigirse.
Sí acertó a decir que dentro del sótano había alguien.
Lo repitió en varias ocasiones: que allí dentro había más de una persona.
Su jefe lo acompañó a la furgoneta. En el vehículo llevaba un botiquín de primeros auxilios.
Le vendó las manos para detener la hemorragia.
Lo dejó en la furgoneta y volvió al sótano.
Estuvo de regreso un momento después, con las gafas de Abel.
Las había encontrado en un rincón. Por suerte no se habían roto.
Su jefe dijo que lo llevaría a casa pero que antes irían al centro de salud para que le curasen las manos como es debido.
También dijo que al día siguiente limpiarían el estropicio del sótano, que la luz se había encendido cuando pulsó el interruptor y que no había visto a nadie allí dentro.
Por la mañana, su jefe pasó a recogerlo y fueron juntos a la casa.
El padre de Jon los esperaba en la cochera.
El jefe de Abel le había avisado. Miró a Abel de la cabeza a los pies y, sin pronunciar palabra, hizo un gesto indicando que entraran en el sótano.
El suelo estaba pegajoso. Mientras tanteaba en busca de la salida, Abel había hecho caer varias botellas de vino.
También había volcado dos bidones de pintura de veinte litros, cuyo contenido se había esparcido por el suelo.
El padre de Jon miraba a su alrededor con las manos a la espalda.
El jefe solo le había dicho que se había producido un corte de luz y que uno de sus empleados se había quedado varias horas encerrado en el sótano.
El padre de Jon comentó que, aunque la llave estuviera en el lado de fuera cuando la puerta se cerró, por dentro había un pestillo con el que la podría haber abierto.
Le extrañaba que Abel no hubiera acertado a llegar a tientas hasta allí.
El sótano no era tan grande ni tan intrincado como para impedírselo.
El jefe se volvió hacia su empleado a la espera de una explicación.
Abel tenía mala cara. No había dormido nada.
Permanecía junto a la entrada, sin adentrarse en el sótano.
Contó cómo la puerta se cerró de golpe, a la vez que se apagaba la luz.
Dijo que luego alguien le quitó el móvil y las gafas.
Su jefe bajó la mirada y soltó un resoplido. El padre de Jon escuchaba atentamente.