Esta es tu casa Viven muchas personas ahí dentro
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Viven muchas personas ahí dentro

S ería la segunda vez que Abel cruzara las puertas de la casa.

La perspectiva le angustiaba desde que su jefe le asignó el encargo.

Por supuesto, no había compartido con nadie cómo se sentía.

Actuaba igual que si se tratara de un trabajo más, sabedor de que su ansia era íntima y absurda, y de que seguramente lo conduciría a padecer una decepción.

Aun así, no podía silenciar el deseo de volver a la casa y contrastar la realidad con los recuerdos.

La primera vez que estuvo allí era un niño. Jon lo había invitado a su cumpleaños. Lo cierto era que dudaba que Jon lo hubiera hecho por voluntad propia. Aun así, Abel atesoraba el recuerdo de aquella ocasión.

Entre los alumnos del colegio Nuestra Señora del Rosario, las fiestas de cumpleaños de Jon eran célebres.

Su casa era grande y estaba rodeada por un terreno semisalvaje, abundante en peñascos, barrancos, árboles caídos, madrigueras de animales e incluso cuevas, de las que al anochecer alzaban el vuelo los murciélagos.

Quienes la habían visitado así lo contaban, entusiasmados unos, un poco asustados otros.

La casa se veía claramente desde el pueblo.

Se podría decir que se exhibía a la par que se desligaba, que marcaba la distancia, alzada en la ladera de un macizo de piedra caliza y con la ría interpuesta entre ella y los edificios del centro de Ribadesella.

Jon invitaba a pocos amigos a su casa. Abel no se contaba entre ellos.

A los cumpleaños siempre asistía el mismo grupo de elegidos, con escasas variaciones de un año a otro.

Sin embargo, hubo un caso en que Jon invitó a casi toda su clase.

Quizá además del cumpleaños había otro motivo de celebración, alguna novedad o alegría o triunfo que la familia deseaba compartir con otras personas.

Si fue así, Abel nunca supo qué festejaban realmente.

O quizá los padres de Jon, por alguna causa que también se mantuvo reservada, querían ser especialmente dadivosos con él y creyeron que abriendo la casa a sus compañeros lo conseguirían.

Desde el piso meticulosamente limpio y ordenado, y aun así lóbrego, donde vivía con su madre, el Abel niño contemplaba la casa en la otra orilla de la ría.

Cada noche se iluminaba con gran despliegue de luces.

Todas las habitaciones parecían ocupadas.

Más habitaciones y más luces, pensaba el Abel niño, de las que podían necesitar Jon y sus padres.

En Navidad, a la iluminación iban a sumarse las guirnaldas en uno de los árboles de la finca, un abeto blanco cuya copa se elevaba por encima del tejado y que una cuadrilla de electricistas tardaba dos días en engalanar con bombillas de colores.

Abel contemplaba el derroche de luces de la casa y su reflejo en la ría, y anhelaba ser uno de a quienes se les permitía traspasar su umbral.

Aquella única vez en que Jon lo invitó a su fiesta de cumpleaños —invitación formulada a la salida del colegio, a bocajarro y sin entusiasmo—, Abel volvió a su casa sin creerse lo que acababa de suceder.

Su madre le había inculcado que la mejor forma de mantenerse a salvo de las decepciones era estrangular todo asomo de ilusión.

La encontró en la cocina, encorvada ante el fregadero.

Su madre había vertido bicarbonato y zumo de limón en la parte inferior de una olla vieja y restregaba la grasa incrustada.

Debía de llevar un buen rato haciéndolo.

En la encimera había unos cuantos limones exprimidos.

Abel la observó desde la puerta. También esa vez le sorprendió lo vieja que parecía.

No iba nunca a la peluquería y sus manos estaban siempre enrojecidas y ásperas.

Si le hubiera dedicado una caricia afectuosa, no habría sido agradable.

Abel le contó lo de la invitación. Ella cesó de frotar.

Con el dorso de la mano se apartó de la frente un mechón de pelo reseco, entreverado de canas.

Lo miró por encima del hombro frunciendo los labios.

Una invitación a un cumpleaños significaba tener que hacer un regalo.

Eligieron un volumen recopilatorio de Joyas Literarias Juveniles dedicado a Karl May.

Era uno de los regalos que Abel había recibido las pasadas navidades.

Estaba en suficiente buen estado como para pasar por nuevo.

El papel con que lo envolvieron también procedía de los regalos de Navidad.

La madre recortó los bordes para eliminar las roturas dejadas por la cinta adhesiva.

A Abel le avergonzaba que se notara que era un regalo reutilizado, pero creía que aquellas historias de indios, cazadores de osos y estampidas de bisontes serían del agrado de Jon.

Luego no recordaría si el regalo le gustó o no.

Ni siquiera recordaría si llegó a hablar con Jon durante la fiesta, que se celebró un viernes, después del colegio.

Sí quedaría grabada en su memoria la merienda, servida en un comedor alumbrado por una gran lámpara de cristal que proyectaba destellos sobre la mesa repleta de comida.

En un aparador había tantas botellas de refresco como en un bar o en las estanterías de un supermercado, y se podían beber todos cuantos se quisiera.

Por la ventana se veían la ría y el pueblo y la casa de Abel, pero él no miró hacia allí en ningún momento.

Aquella merienda de cumpleaños era, pensó, como debían de ser las cenas de Navidad en las casas donde vivía mucha gente: la misma calidez, el mismo bullicio, la misma emoción, con las únicas diferencias de que todos los comensales eran niños y de que en lugar de consomé y cordero asado se servía empanada y tortilla de patata.

En la cocina la madre de Jon y otras dos mujeres hablaban y reían mientras preparaban las fuentes que nunca dejaban de llevar al comedor.

Las tres llevaban vestido y pendientes y collares y olían bien y hasta sus delantales eran elegantes.

Abel fue el único que probó toda la comida que sirvieron y eso las puso aún más contentas y le revolvieron el pelo.

Recordaría haces de sol entrando por cada ventana de la vivienda y que, aun así, todas las lámparas se hallaban encendidas.

Recordaría que cuando, por culpa de todos los refrescos que bebió, tuvo ganas de hacer pis, lo guiaron hasta un cuarto de baño mucho más grande que su habitación, con las paredes azulejadas en negro.

Los sanitarios eran verde esmeralda, de líneas rectas, voluminosos y muy profundos. Parecían pilas bautismales.

Después de la merienda los niños salieron a jugar.

Cuando el abuelo materno de Jon construyó la casa, excavó terrazas en la roca del macizo para que el terreno fuera practicable.

En la más extensa plantó limoneros. Las ramas se inclinaban hacia el suelo, repletas de frutos.

Siguiendo las directrices de Jon, los invitados celebraron una batalla.

Se dividieron en dos bandos y arrancaron limones, todos los que cada uno podía sostener en las manos o meterse en los bolsillos.

Tomaron posiciones y se arrojaron a la carga una vez tras otra, se tendieron emboscadas lanzándose limones.

Al principio a Abel le preocupó que le rompieran las gafas, de alta graduación y sin las que no veía nada.

Sin embargo, enseguida se olvidó de que las llevaba puestas.

Recibió golpes, pero sus proyectiles también dieron varias veces en el blanco.

La batalla fue incluso mejor que la merienda.

De su recuerdo quedaría borrado el dolor; sobrevivirían la excitación, el orgullo de sentirse miembro de un grupo y el olor embriagador de los limones.

Al anochecer, regresaron adentro arrastrando los pies, con la ropa manchada de hierba, tierra y zumo de limón, marcados por rozaduras y moratones.

La madre de Jon dijo que seguro que volvían a tener hambre y los invitó a pasar de nuevo al comedor.

Se les ofreció lo que había sobrado de la tarta de cumpleaños, y también comida preparada exprofeso para aquella segunda merienda, y volvía a haber tantos refrescos como se quisiera.

Comieron en silencio, agotados. Luego, la madre de Jon y las otras dos mujeres, y también el padre, que había vuelto del trabajo en algún momento sin que Abel se percatara, repartieron a los niños en cuatro coches para devolverlos a sus casas; un coche iría a la playa, dos al centro de Ribadesella y el último haría un recorrido por los pueblos cercanos.

Antes de montarse en el vehículo que le correspondió, Abel miró atrás.

Los alrededores de la casa estaban cubiertos de limones.

Nadie había reñido a Jon ni a ninguno de los demás.

Nadie les había ordenado recoger los frutos arrancados.

Los árboles continuaban tan pletóricos como antes de la batalla. El expolio era inapreciable.

La segunda vez que fue a la casa, años después, los limoneros seguían allí.

En cuanto a lo demás, los cambios eran muchos.

Ni Jon ni sus padres vivían ya en Ribadesella.

Iban solo de manera esporádica; el padre con más frecuencia, la madre nunca, Jon únicamente en verano.

Jon se había casado con una alemana y tenía dos hijos.

Abel se había cruzado con ellos en un par de ocasiones, una paseando por la playa y otra en la plaza de la iglesia.

No se había atrevido a saludar a su antiguo compañero del colegio.

Ahora Jon era escritor. Abel lo había visto en los periódicos.

Tampoco Jon le había saludado. Abel no creía que se acordara de él.

Nunca habían sido amigos. Antes de la fiesta de cumpleaños apenas habían hablado y después las cosas se mantuvieron igual.