Esta es tu casa Variación sobre un viaje en coche por Big Sur #6
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Variación sobre un viaje en coche por Big Sur #6

Pasaron la noche en un hotel junto al aeropuerto y a la mañana siguiente embarcaron en un transporte militar que los depositó en Londres.

En el aeropuerto de Heathrow había unos pocos periodistas y una cámara de la BBC, que se centraron en las escenas de reencuentro familiar.

Él se escabulló hacia la parada de taxis.

Dos días después comió con su padrastro en un pub de Norwich.

Solo se habían visto una vez. La voz del padrastro, tersa y baja, obligaba a escucharlo con atención.

Se acariciaba las manos mientras hablaba.

Le contó cómo fueron los últimos meses de su madre, pero, al notar su incomodidad, no se extendió.

No albergaba resentimiento por que su mujer le hubiera dejado la granja y sus ahorros al hijo ausente, ni por que este quisiera vender la propiedad.

Sugirió posibles compradores y le señaló una cifra por debajo de la que no debía aceptar ofertas.

El hombre le preguntó qué pensaba hacer ahora.

El padrastro dijo que, con su pensión y unos ahorros propios, disponía de suficiente para vivir.

Tenía un hermano, también viudo, en Warwickshire .

Planeaba trasladarse allí. Pasearía por el campo y trabajaría en sus acuarelas.

Se despidieron mediante un breve apretón de manos, sin mirarse a los ojos.

Visitó al abogado, que le presentó varios documentos para firmar, y volvió a Londres.

Se alojó en un hotel en South Kensington.

En cuanto entró en la habitación se metió en la cama.

Había empezado a sentirse enfermo en el tren.

Al día siguiente el gerente llamó a un médico, que le diagnosticó un ataque de fatiga complicado por una gripe.

¿Acaso se había olvidado del clima inglés?

Cuatro días después se sintió con fuerzas para salir.

Recorrió las librerías de Charing Cross Road.

Iba al cine. Veía varias películas en una misma tarde, como si la ficción, mejor que la prensa, le pusiera al día de la actualidad.

Vio 2001: Una odisea del espacio, Barbarella, Drácula vuelve de la tumba, Las sandalias del pescador…

Cuando estuvo recuperado del todo llamó a una chica.

Un camarero del hotel le proporcionó el número.

Tenía los muslos gruesos y llevaba un abrigo corto, de piel sintética de color malva.

Obtuvo más alivio que placer, como había previsto.

Con la segunda disfrutó más. Convocaba al camarero a su habitación y lo invitaba a un cigarrillo.

Él miraba por la ventana mientras el camarero, sentado en una silla, con la corbata aflojada, le describía su repertorio de chicas del East End.

En cuanto la venta de la granja quedó resuelta, compró un billete de avión a Los Ángeles.

Leyó un cuento a los niños. Los dos hermanos estaban acomodados en el suelo, en los sacos de dormir, con un calefactor eléctrico arrimado a los pies. La mujer escuchaba sonriente desde la cama. La silla de ruedas, plegada en un rincón. El revólver había regresado al joyero.

Cuando los niños se durmieron, también él se metió en la cama.

Los pies le asomaban. Dormía con calcetines de lana.

Abrazó a la mujer y la besó en los labios.

Ella estaba ilusionada por ver a su hija a la mañana siguiente.

Hablaban en susurros, pegados el uno al otro.

La mujer le preguntó si podrían dejarle algo de dinero a su hija, otra vez.

Tenía muchas necesidades. También se merecía alguna satisfacción después de haberse divorciado.

Todavía no me lo puedo creer, dijo ella.

El padre de los niños era de Hermosillo.

En Los Ángeles había trabajado de agente inmobiliario.

Una tarde se había ausentado del trabajo para cortarse el pelo, con tan mala suerte que su jefe pasó por delante de la barbería y lo vio.

Lo despidió de inmediato. Poco después su mujer solicitó el divorcio.

Claro está, él antes había cometido más estupideces.

¿Te lo puedes creer? ¿Quedarte sin trabajo por ir a cortarte el pelo?

El hombre reconoció que no. Rompieron a reír. Él le tapó la boca con la mano a ella, y ella a él, para acallar las carcajadas, pero eso los hizo reír con más ganas aún.

Alzaban la cabeza para asegurarse de que los niños no se habían despertado. Cuando por fin se calmaron, él dijo que sí, que rascarían de algún sitio y que le dejarían a su hija el dinero que necesitara.

Retiraron las minas y la munición sin detonar, dinamitaron escombros, trocearon con antorchas de oxicorte los barcos hundidos y, en la primavera de 1975, el canal de Suez volvió a ser transitable.

De los barcos atrapados en el Gran Lago Amargo, solo los alemanes, el Münsterland y el Nordwind, salieron de allí por sí mismos.

Las máquinas de los demás se negaron a arrancar.

El 24 de mayo, los dos cargueros alemanes llegaban por fin a su destino en el puerto de Hamburgo.

Habían pasado cerca de ocho años desde que quedaron atrapados en el canal.