Variación sobre un viaje en coche por Big Sur #5
El remolque estaba atestado. En un extremo había una cama que abarcaba toda la anchura de la vivienda.
Debajo asomaban dos sacos de dormir y sendas colchonetas enrolladas.
Había una cantidad sorprendente de objetos eléctricos: dos televisores, una consola de videojuegos, una cadena de música, un horno microondas, un aparato de masaje para los pies…
La nevera hacía mucho ruido, como si el motor girara al triple de revoluciones de lo normal.
El hombre adivinó lo que el desconocido estaba pensando: cómo se desenvolvía la mujer en silla de ruedas en tan poco espacio, pero la verdad era que se las apañaban bien.
Todo estaba tan ordenado como las exiguas dimensiones del lugar lo permitían.
Seguro que también se preguntaba dónde habían escondido los regalos de Navidad de los niños.
Deduciría que los tenían guardados en la casa grande, entre polvo, telarañas y muebles apolillados, y estaría en lo cierto, pero eran buenos regalos, los niños estarían felices cuando los abrieran al día siguiente, en compañía de su madre.
Es ahí, dijo el hombre, indicando un habitáculo poco mayor que una cabina telefónica.
El visitante recibió una descarga de estática al tocar la manilla. Se le escapó una exclamación de susto. Miró abochornado al hombre.
Cuando salió del baño, el hombre continuaba ante la cocina, esperándolo.
Es mejor que te vayas.
El visitante se quedó inmóvil en mitad del gesto de secarse las manos en las perneras de los pantalones. El hombre no empleó tono de intimidación. Dentro del remolque parecía aún más robusto de lo que era, casi enorme.
Vete ahora mismo y no vuelvas a acercarte a mi casa ni a mi familia. Seas quien seas.
El visitante asintió y salió al porche. El hombre lo siguió.
El solitario trozo de pizza que quedaba en la bandeja había desaparecido. La mujer reconvenía al niño en voz baja.
Se me ha hecho tarde. Es mejor que me ponga en marcha.
La mujer se mostró decepcionada. Era una pena que no se quedara a tomar el postre. Tenían helado. Lo reservaban para ocasiones especiales, como cuando había visitas. A los niños les apetecía mucho.
Lo siento de veras. Deles el helado, por favor. Si no lo hiciera, me sentiría muy culpable.
Se lo daremos, por supuesto.
El visitante estrechó la mano a la mujer y dijo adiós a los niños, en español. La mujer le suplicó que no condujera esa noche hasta Los Ángeles. Era mejor que durmiera en San Luis Obispo. O más cerca, en San Simeón. Le pidió al hombre que le recomendara un motel al chico.
Deja que haga lo que quiera.
El visitante bajó la rampa del porche. El hombre lo acompañó un trecho. El visitante caminaba forzándose a no mirar atrás. Le temblaban las piernas.
El hombre lo vigiló hasta que llegó al coche.
Vio cómo el visitante echaba un vistazo al buzón de correos, pintado de vivo color rojo y donde figuraba un nombre escrito: John Dunbar.
Seguro que daría por sentado que así era como se llamaba él, pero era el nombre del propietario de la casa grande, de quien dudaba que volviera por allí.
Al cabo de casi dos años en el Gran Lago Amargo recibió un telegrama donde se le informaba del fallecimiento de su madre.
Poco después llegaron dos cartas, una de su padrastro y otra de un abogado.
Venían a decir lo mismo. Había muerto de cáncer.
Le dejaba la granja de cerdos. El abogado añadía que, si deseaba venderla, él podía adelantar algunas gestiones, pero en algún momento sería imprescindible que se personara.
El capitán del Melampus lo atendió con la tranquilidad de quien puede hacer poco y se halla libre de toda culpa.
Sentado en su despacho, lo escuchó tomando sorbos de una copa de ginebra con angostura y corteza de limón.
Dijo lamentar el fallecimiento de su madre y comprender su deseo de volver a casa.
Informaría a la naviera, pero no podía prometer nada.
Patrick no entendía por qué se quería ir.
Desde que estamos aquí a unos cuantos se les ha muerto el padre o la madre o el perro, y siguen en su puesto.
A comienzos de 1969, el capitán del Melampus reunió en el comedor del carguero a lo que quedaba de su tripulación.
En fecha próxima, los informó, el Melampus y el Agapenor, los dos barcos de la Blue Funnel, recibirían la calificación de pérdidas de guerra.
Eso significaba que dejarían de pertenecer a la naviera y dependerían de la London War Risk Insurance Assurance.
La situación del resto de barcos era similar.
El plan era juntarlos en grupos de tres o cuatro para reducir aún más las tripulaciones.
El comedor se llenó de murmullos. ¿Entonces para quién trabajarían? ¿Les seguirían pagando el mismo sueldo? ¿Sabe usted cuántos volverán a casa, capitán? Esta era la pregunta que más ansiaban ver respondida.
El capitán dijo que eso dependía de la compañía aseguradora. Él suponía que la mayoría podría irse.
Ese mismo día, el capitán le comunicó en privado que formaría parte del primer grupo en abandonar el carguero. Podía suceder en cualquier momento. Debía estar preparado.
La noticia del recorte de la tripulación les alteró los nervios como no lo había hecho la guerra.
Nadie quería pensar en verse excluido. Si las navieras habían dejado de luchar por sus barcos, solo podía significar que no preveían la reapertura del canal.
Las visitas a los demás cargueros cesaron por completo.
Era mejor no alejarse del Melampus, por si la noticia de que podían partir llegaba con poca antelación.
Y así sucedió. Una mañana apareció un cúter y atracó junto al carguero inglés.
El capitán sacó una lista guardada bajo llave y convocó a los nombres que contenía.
Disponían de media hora para recoger sus cosas.
El cúter los llevaría a tierra. Les deseó buena suerte.
Se desató un tumulto, por las prisas de los que se iban y las quejas de quienes se quedaban.
Mientras se alejaban a bordo del cúter, todos contemplaban el Melampus, donde habían pasado encerrados cerca de dos años. Apenas había siluetas despidiéndolos desde cubierta.
Pensó en Patrick, a quien no había tenido oportunidad de decir adiós. Lamentó no tener alquilada ninguna foto de su mujer. Habría sido un buen recuerdo. Paseó la mirada por sus acompañantes, preguntándose si alguno llevaría una consigo, atesorada entre el exiguo equipaje.
Los hicieron subir a un autobús sin aire acondicionado.
El viaje por carretera hasta El Cairo duró el resto del día.
Los acompañó una escolta militar. Sin que les explicaran la razón, se detuvieron en varias localidades, en todas las cuales los vecinos apedrearon el autobús.
Cuando preguntaron a los soldados por qué lo hacían, les respondieron que los confundían con prisioneros israelíes.