Esta es tu casa Variación sobre un viaje en coche por Big Sur #4
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Variación sobre un viaje en coche por Big Sur #4

¿Le gusta el agua?, preguntó la mujer. Está filtrada. Tenemos un filtro de esos en el grifo.

Muy buena.

Los niños estaban enfrascados en una conversación privada en la que intercalaban palabras en español. El visitante se dirigió a ellos en ese idioma. Les preguntó cuánto hacía que vivían allí.

En lugar de responder, los niños miraron a sus abuelos.

Le han entendido, dijo la mujer. Pero preferimos que hablen en americano. No viven aquí. Han venido a hacernos compañía una temporada, ¿verdad?

De repente los niños parecían tristes. La mujer explicó que su madre trabajaba en Santa Bárbara. Iba a verlos un fin de semana de cada dos. Era vendedora en una tienda de vinos. Una tienda de vinos, recalcó, no una licorería. Tenía que llevar traje para trabajar.

Dijo también que su hija iría al día siguiente para celebrar la Navidad. Traería un pavo, una tarta y muchas cosas más. Lo dijo dirigiéndose a los niños, que asintieron ante las palabras de su abuela.

Mañana disfrutaremos de una auténtica comida de Navidad.

En el remolque sonó un timbre.

Ya está la pizza, murmuró la niña.

El hombre se puso en pie. Antes de sacar la pizza del horno, sopesó dejar el revólver en su escondrijo. Decidió continuar llevándolo encima.

Evitó a Patrick durante semanas. Volvieron a encontrarse en el African Glen, aunque en esa ocasión no había ido a por libros.

En el carguero estadounidense había sesión de cine.

El proyector se emplazaba en cubierta y dos sábanas cosidas formaban la pantalla.

Proyectaban Centauros del desierto. Todos habían visto la película varias veces.

El verdadero espectáculo eran los dos soldados egipcios destacados en el barco.

Con el paso de los meses su disciplina se había relajado.

Dejaban las armas en el camarote e iban en sandalias, con los pantalones del uniforme remangados hasta las rodillas.

Les cedían los mejores asientos, frente a la pantalla.

Los soldados no comprendían lo que decían los actores, pero miraban la película con gran interés.

Eso es un desierto y no el vuestro, decían los estadounidenses, entrechocando botellas de cerveza.

Patrick le hizo una seña para que se apartaran de los demás.

Me parece que te gustaría tener esto. Solo unos días. No te hagas ilusiones.

Le deslizó la foto de su mujer.

La sostuvo desconcertado. Preguntó a Patrick por qué.

Porque los amigos se ayudan. Y tú necesitas que te echen una mano. Devuélvemela la próxima vez que vengas a verme. Y no la estropees. Le tengo mucho cariño.

Le habría gustado volver al Melampus de inmediato, pero se tuvo que quedar hasta que finalizó la película.

Había ido en bote junto con varios compañeros de tripulación.

Durante la escena en que John Wayne levanta en brazos a la niña secuestrada por los comanches, que ha crecido hasta convertirse en una adolescente, y dice «Vamos a casa, Debbie», se hizo un tenso silencio.

Todos deseaban lo mismo, erigirse en modelos de control y resolución y devolver a alguien a su casa, y regresar ellos también, o que unas manos más fuertes y encallecidas que las suyas los alzaran en el aire y los transportaran al hogar.

Por fin en su camarote, se tumbó en la cama con la chica y la miró hasta hartarse.

Le acarició los pechos con la yema del índice.

Le dijo que era tan elegante como la curva que adopta una ramita cuando un gorrión se posa en su extremo.

Meneó el cabeza, avergonzado por su cursilería, y se rio mirando a la chica como si compartieran una broma privada.

Le habló en susurros. La miraba bizqueando porque eso producía una vaga impresión de tridimensionalidad.

Le hizo sentir triste y avergonzado que una foto de mala calidad de una desconocida significara tanto para él.

Se dijo que la tendría nada más que tres días, al cabo de los cuales se la restituiría a su dueño y, si Patrick se la ofrecía de nuevo, no volvería a aceptarla.

Antes de dormirse, la dejó en la mesilla, apoyada contra la lámpara, para que fuera lo primero que viera cuando se despertara.

Devolver la foto fue como ver alejarse a una amante que esa noche dormiría de nuevo con su marido.

La siguiente vez que fue al African Glen a por libros, Patrick le preguntó si quería echar un vistazo a su mujer. Respondió que no y que lamentaba haber aceptado la foto cuando se la ofreció en la primera ocasión.

Esa foto no. Otra.

Quiso saber si era diferente.

Muy diferente.

Quiso saber si era mejor que la anterior.

Mucho mejor.

Preguntó cuántas fotos tenía de su mujer.

Tres. Incluyendo la que te dejé.

Dijo que quería las tres.

Tranquilo.

Dijo que quería las tres a la vez. Y quedárselas unos días.

Te costará caro. Un cortaúñas y una botella de whisky.

Asintió.

Y una radio nueva. Con dos repuestos de pilas.

No regateó. No pensó que Patrick lo sondeaba para comprobar cuánto podía sacarle y que eso determinaría el precio que pediría en ocasiones futuras.

Ahora no tengo las tres fotos. Dos están alquiladas. ¿Quieres la otra para salir del paso?

Prefería esperar.

Ven dentro de un par de días.

Al cabo de ese tiempo, pagó el precio solicitado y se fue con las fotos en un sobre, sin entretenerse a charlar.

Regresó a su barco para dar inicio a una luna de miel de tres días, el plazo que Patrick le había concedido.

Si se retrasaba en la devolución, tendría que pagar más. Había mucha gente esperando las fotos.

Las dispuso en fila sobre la cama. La primera le era familiar.

En la segunda, la mujer de Patrick aparecía de espaldas, vestida con una camiseta y unas bragas que se le hundían entre las nalgas; se inclinaba hacia delante, ofreciendo el culo a la cámara.

En la tercera foto, la que según Patrick era la mejor, su mujer yacía en una cama, desnuda, con las piernas abiertas.

Tenía una mano bajo la nuca. La otra se deslizaba hacia la entrepierna.

Las puntas de los dedos tocaban el abundante vello púbico.

Pasaba la vista de una a otra como si contemplara una película.

La última no era su preferida. Demasiado explícita. Le gustaba más la segunda. Imaginaba el movimiento: cómo ella se agachaba poco a poco y se detenía en la inclinación idónea y apoyaba una mano en la cintura y cerraba lentamente los ojos.

Las bragas que llevaba en la primera foto no eran las mismas que las de la segunda.

La habitación de la foto en la que aparecía tendida en la cama era distinta a la de las otras dos.

Las diferencias lo excitaban. Implicaban que se había dejado fotografiar desnuda más de una vez.

La primera foto que había visto no era fruto de un momento puntual de debilidad.

También le estimulaba que fuera la mujer de otro.

Llegado el momento de devolver las fotos no se sintió mal. Solo había que pagar para disponer de ellas de nuevo.

¿Has disfrutado?, preguntó Patrick. Todos lo hacen.

Él quiso saber si, cuando salieran de allí, volvería con su mujer. Patrick lo negó con rotundidad. Pero cuando le preguntó si la echaba de menos, adoptó una expresión menos convencida.

A veces, ya sabes.

Ahora no solo iba al African Glen a por libros. También alquilaba las fotos. Una, dos o las tres, si estaban disponibles. Patrick le dijo que había un maquinista del Bolesław Bierut al que también le gustaba mucho su mujer. Hasta le había compuesto una canción.

Él le hacía preguntas sobre ella: cómo se habían conocido, dónde habían vivido. Le parecía lógico sentir curiosidad. Preguntó si otros también querían averiguar más.

Claro. Los hay muy insistentes.

Quiso saber cómo de insistentes.

Me piden detalles. Cómo se vestía. Cómo se desvestía. Qué ruidos hacía. La gente de por aquí es previsible. Hay alguno que piensa que él no. Pero también lo es.

Preguntó si les facilitaba esos detalles.

Y otros. Y se los cobro. Algunos detalles son caros.

Él aseguró que no lo dudaba. El resentimiento que sentía hacia el Gran Lago Amargo se contagió a sus involuntarios pobladores.

El hombre trajo una pizza con el borde quemado, un cuchillo y platos de cartón. Cortó la pizza en seis trozos y cogieron uno cada uno. El trozo restante se quedó en la bandeja.

Con la caída de la luz, la gran casa de madera se tornó una presencia borrosa. El visitante masticaba con la vista clavada en ella.

La he visto desde la carretera. La casa.

Claro, dijo la mujer. Se ve desde la carretera. De vez en cuando la gente se para.

El visitante quiso saber si era de ellos. Le explicaron que no. El dueño se había mudado a Alaska. Les dejaba vivir en su propiedad a cambio de hacer alguna reparación y de ejercer de guardeses. Era muy amable. Le estaban muy agradecidos.

¿Verdad que sí?, le dijo ella al hombre.

Muy agradecidos, respondió él sinceramente, mirando más allá de la casa de madera.

¿Qué le pasó al tejado?

Ni el hombre ni la mujer lo sabían. Fuese lo que fuese, sucedió antes de que ellos llegaran allí. El visitante les preguntó qué creían que sucedió, si entonces vivía gente en la casa y por qué nadie lo había reparado.

No tenían respuestas. De cuando en cuando, el viento arrancaba alguna teja, se limitó a decir el hombre, y él las recogía y las guardaba, aunque no sabía para qué.

Son de madera de cedro, dijo la mujer. De las de verdad. Ahora están prohibidas. Por los incendios.

El visitante los miraba incrédulo ante tamaña indiferencia.

¿Puedo ir al cuarto de baño?, preguntó.

Para que pudiera entrar en el remolque, el hombre se tuvo que levantar y apartar su silla, y también la mujer hubo de desplazar la silla de ruedas. El visitante se disculpó repetidas veces y dijo al hombre que no hacía falta que lo acompañara.

Voy a preparar café, respondió él.