Variación sobre un viaje en coche por Big Sur #3
El desconocido también estaba nervioso, pero no por la despensa del alcaudón, sino por la aparición del hombre, que le sacaba una cabeza y era mucho más robusto que él, aun siendo tres décadas mayor.
Dijo que había visto la casa desde la carretera y que se había detenido a echar un vistazo.
Hablaba con acento español. El hombre le hizo saber que aquello era una propiedad privada.
El desconocido alzó las manos mostrándole las palmas a la vez que retrocedía. Lo sentía mucho. Ya se iba.
Lo escoltaron, el hombre y los niños, hacia el coche.
Cuando doblaron la esquina de la casa, los detuvo una voz.
¿Qué pasa? ¿Quién es?
La mujer había salido con la silla de ruedas al porche del remolque vivienda. Los niños corrieron junto a ella. Subieron al porche por la rampa de madera. El hombre dijo que no pasaba nada.
¿Pero quién es?
El desconocido dijo que había parado para estirar las piernas y que ya se iba. Además se le estaba haciendo tarde. Sentía haberlos molestado. Hizo un vago gesto de despedida.
¿Adónde va? Acérquese, por favor. Prefiero no levantar la voz.
El desconocido dirigió una mirada de disculpa al hombre y caminó hacia el remolque. Se detuvo junto a la valla pintada de blanco que lo rodeaba. En el espacio entre la valla y el remolque crecían flores. La mujer vestía una sudadera y pantalones vaqueros e iba teñida de rubio.
¿Adónde dice que va?
Los Ángeles.
Todavía le quedan cuatro o cinco horas.
Lo sé.
Parece cansado.
Sí. Necesitaba parar un poco. Tienen ustedes un buen sitio aquí.
Ella dijo que sí en tono dubitativo, como si no comprendiera del todo a qué se refería. Lo estudiaba de arriba abajo. ¿De dónde es?
El hombre se había acercado. Carraspeó con fuerza, un aviso de que la conversación se tenía que acabar.
Cállate, viejo loco, dijo ella, aunque con cariño. No haga caso a mi marido. Estos son nuestros nietos.
El niño observaba con expresión bovina al desconocido. Se hurgó la nariz y su abuela le dio un cachete en la mano.
Disculpe. Iba a decirme de dónde es usted.
De España. En Europa.
Sabemos dónde está España.
El desconocido se presentó. Estaba pasando un tiempo en los Estados Unidos. En respuesta a nuevas preguntas de la mujer dijo que viajaba solo y que nadie lo esperaba en Los Ángeles.
En estas fechas no hay que estar solo. Suba aquí y tome algo con nosotros.
El hombre se adelantó a responder: Aún le queda mucho camino hasta Los Ángeles.
Tonterías, dijo ella. Íbamos a cenar ahora. Y este chico necesita reponer fuerzas. No disponemos de muchas comodidades, pero debemos ser generosos y compartir lo que tenemos. Es lo que siempre me enseñaron.
El visitante dudaba.
Vamos, insistió ella. Estoy harta de ver siempre las mismas caras. Le aseguro que no lo entretendremos mucho. Enseguida podrá seguir su camino.
El hombre abrió la portilla de la valla y miró al visitante dejándole claro que a él no le complacía su presencia.
Se acomodaron en sillas plegables, alrededor de una mesa de camping, el visitante y los niños; la mujer en la silla de ruedas. El hombre se quedó en pie, no sabiendo qué hacer.
¿Tú te ocupas de todo?, dijo ella. Y falta un detalle: las luces.
El hombre entró en el remolque y enchufó un cable. Se encendió una guirnalda de bombillas de colores en la cornisa del porche. Los niños sonrieron y se revolvieron en sus asientos.
Así el ambiente es más navideño, dijo la mujer.
Después de dieciséis meses de bloqueo, los marineros que quedaban en los barcos celebraron los Juegos Olímpicos del Lago Amargo.
Participaron ocho naciones en catorce disciplinas.
El Port Invercargill, el mayor de los cargueros, fue la sede de los juegos.
En la cubierta se instaló un campo de fútbol, rodeado por redes para que el balón no acabara en el agua.
Hubo regatas de botes salvavidas. También waterpolo y alzamiento de pesos.
Patrick ganó la medalla de plata en salto de trampolín.
Avanzaba hasta el extremo del trampolín haciendo el payaso, saludando al público, en calzoncillos.
Durante el instante que duraba la caída era otro, silencioso, con los movimientos justos.
Se zambullía sin alzar agua. Cuando regresaba a la superficie volvía a ser el de siempre.
La noche de la ceremonia de clausura, se acercó al hombre.
Patrick calzaba zapatos de piel de cocodrilo.
Eran una de sus pertenencias más preciadas, aunque no combinaban bien con los pantalones vaqueros cortados por las rodillas ni con la medalla que llevaba al cuello, estampada con un pistón de las máquinas del barco y pintada de plateado.
Estaba borracho. Saludó al hombre efusivamente y presumió de la medalla.
El Port Invercargill brillaba con todas las luces encendidas.
Hacía meses que por las noches no se ordenaba oscuridad absoluta a bordo.
Se recostaron en la borda y miraron la cubierta atestada de gente.
El hombre no había participado en nada. Patrick dijo verlo apagado y añadió que tenía algo que lo animaría.
Del bolsillo de la camisa sacó una foto.
Entre los barcos existía un tráfico silencioso pero continuado de pornografía.
O de cualquier cosa que ayudara a los marineros a concederse un alivio en la soledad de su camarote: revistas, novelas con pasajes picantes, anuncios de lencería, de bañadores.
El material disponible era limitado y se le aplicaba un trato de objeto precioso.
Lo manipulaban con respeto e higiene. Nada de salpicaduras.
Nada de huellas de besos sobre pechos o nalgas.
Patrick le enseñó una foto casera. La chica miraba a la cámara con las manos en la cintura y sonreía de manera forzada, como diciéndole al fotógrafo: Termina ya.
La cadera echada a un lado. Bragas blancas.
El pelo mojado, como si acabara de salir de la ducha.
Detrás, una cama deshecha, ropa revuelta y una mesilla con un despertador.
La chica no era tan guapa como las de las revistas y la foto estaba mal enfocada.
La miró en silencio. Las imperfecciones realzaban su realidad.
Las chicas de las revistas, tan perfectas en sus formas, sus poses, sus estudiados déshabillés, parecían artificiales en comparación.
La foto que Patrick sostenía en las puntas de los dedos era un testimonio de corporeidad.
Apenas nada la separaba de la chica real.
El hombre había acercado la mano para cogerla, pero Patrick la volvió a guardar.
Te ha gustado, ¿verdad?
¿Quién es?
Mi mujer.
No sabía que Patrick estaba casado. No llevaba alianza, aunque eso no era extraño entre los marineros, que a menudo la dejaban en el camarote para no perderla o, si tenían su puesto en las máquinas, para que no se les enganchara en alguna pieza móvil.
Le preguntó por qué nunca había mencionado que tenía mujer, pero entonces Patrick divisó a alguien a quien al parecer tenía muchas ganas de ver y se alejó columpiando la medalla de plata falsa.
Unos días después, el hombre fue al African Glen y le llevó a Patrick media docena de huevos en una bolsa de malla.
Aunque el barco estadounidense también recibía provisiones, parecían ser menos que las del Melampus o consumirse más rápido.
Patrick agradeció los huevos chasqueando la lengua.
Antes de ir al camarote a por libros, pasearon por cubierta.
En el African Glen también se había reducido la tripulación y, como en el resto de cargueros, los marineros con familia habían tenido prioridad a la hora de irse.
Le preguntó a Patrick por qué él, si estaba casado, continuaba a bordo.
Patrick dijo que seguía casado, pero que hacía años que no veía a su mujer ni sabía nada de ella, ni ella de él.
Le preguntó qué había sucedido. Creía que Patrick cambiaría de tema o se molestaría; sin embargo, respondió como si para él no tuviera ninguna importancia: Era una puta. Se abría de piernas para cualquiera. Le venía muy bien que yo pasara meses embarcado.
Después de escoger los libros, fueron a la sala de descanso de la tripulación, donde no había nadie más. Preguntó a Patrick por qué guardaba la foto.
Porque me gusta. Quieres que te la enseñe otra vez, ¿verdad? Te la enseño porque me has traído los huevos.
Sacó la foto del bolsillo de la camisa y se la tendió. En esta ocasión le dejó cogerla. La tomó con cuidado. Patrick se puso en pie.
Vuelvo enseguida. Cuídala, ¿eh?
De pronto se encontró a solas con la foto.
Estaba excitado y nervioso, como si se hubiera colado en el dormitorio de otra persona y fuera libre de fisgonear por unos minutos.
Las bragas blancas le daban un aire infantil, que casaba con los pechos pequeños.
Tenía los pezones muy oscuros. Se la imaginó con otra ropa interior, más adulta.
Se alegró de no saber su nombre, que quizá no fuera el apropiado para ella y mermara el efecto de la foto.
El mero hecho de que tuviera nombre lo excitaba; las chicas de las revistas carecían de él. Tuvo una erección.
¿La has visto bien?, preguntó Patrick, a su lado.
Le devolvió la foto. Patrick se dejó caer en un sillón, sonriente.
¿Lo has disfrutado? ¿No has ido al váter? No te hagas el tonto. ¿Has ido con la foto? Te he dado tiempo suficiente.
La respuesta fue negativa, rotunda y ofendida, tanto que hizo reír a Patrick.
Has desperdiciado la oportunidad. La próxima vez te tocará pagar.
Así descubrió que Patrick alquilaba la foto de su mujer.
Dejó en la mesa un bol con guacamole, otro con nachos y una botella grande de Sprite. En otro viaje llevó vasos y una jarra de agua.
Comed, dijo la mujer. Luego hay más.
El hombre se sentó a la mesa. Apenas había espacio para todos. Por turnos mojaron los nachos en la salsa. Vio que el visitante miraba a su alrededor, seguramente buscando servilletas, que no había. El visitante se sirvió agua de la jarra. Los demás tomaron refresco.