Variación sobre un viaje en coche por Big Sur #2
Se levantaba en la llanura de hierba áspera que nacía en el arcén de la carretera.
Era una construcción de tres plantas, toda ella de madera, con revestimiento de listones solapados y ventanas en mansarda en el tejado.
La fachada delantera, orientada al océano, se hallaba recorrida por un amplio porche desde donde sus ocupantes debieron de disfrutar antaño de las puestas de sol.
El abandono la había convertido en un monumento a la decrepitud.
La madera se había agrisado. Los marcos de las ventanas apenas conservaban unas escamas de pintura azul.
Lo que más le interesaba, a juzgar por lo atento de sus miradas, era el agujero que atravesaba el tejado, justo en el centro, abarcando ambas vertientes, como si algo de grandes dimensiones hubiera caído del cielo, estrellándose contra la casa.
La luz declinante dejaba ver un apretado frente de vigas y travesaños de madera.
Los bordes estaban bien definidos; las vigas, seccionadas limpiamente.
La periferia había sido saneada para evitar desplomes añadidos.
En el terreno circundante no había escombros ni fragmentos de madera.
El remolque vivienda se hallaba a unos cien pasos, asentado sobre bloques de hormigón. El desconocido volvió a mirar hacia allí antes de acercarse a una ventana de la casa y escudriñar entre las tablas que la cegaban. Solo vería muebles viejos y polvo.
Prosiguió su exploración. Dobló una esquina de la casa, perdiéndose de vista. Entonces el hombre se acordó de los niños.
Tenía que esforzarse para recordar qué día era.
Preguntaba a sus compañeros de tripulación, que asimismo dudaban.
Al menos ellos tenían a su familia. Por fin llegaron barcazas que, vía el Cairo, traían y llevaban correo.
Las cartas de los familiares representaban hitos de los que él carecía.
Hacía años que no sabía nada de su madre, desde que ella se había vuelto a casar.
En el comedor le hablaron de un electricista del African Glen, el barco estadounidense. Era uno de los afortunados a los que evacuaron al principio del bloqueo. Le gustaba leer y había dejado libros en su camarote.
Para entonces ya era posible la circulación entre los cargueros.
Aquella tarde, concluido su turno de trabajo, pidió permiso para ausentarse.
Se asomó a la borda. Cerca del Melampus pasaba un bote salvavidas de otro barco.
Le habían confeccionado un mástil y una vela.
Lo pilotaba un único marinero, sentado en la popa con el codo descansando en la regala y un cigarrillo colgando de los labios.
El hombre le hizo una seña, como a un gondolero, y el bote se desvió hacia el costado del Melampus.
Preguntó si lo podía llevar al African Glen.
El timonel asintió. Poco después lo dejaba en la escalerilla del barco estadounidense.
El hombre preguntó al timonel si podía recogerlo al cabo de un par de horas y le ofreció un paquete de tabaco.
En cuanto subió a cubierta, un marinero salió a su encuentro. El hombre se sintió ridículo al explicar por qué estaba allí. El marinero le dijo que si quería libros o cualquier otra cosa debía hablar con un tal Patrick. Seguramente estaría en la sala común.
Fue fácil reconocerlo. Patrick estaba hundido en un sofá, hojeando un catálogo de muebles de dormitorio muy manoseado.
Tenía el párpado izquierdo caído y el mismo lado de la mandíbula deformado, fruto de una fractura durante una pelea, como más tarde supo.
El tabique nasal sufría una acusada desviación.
Era algo mayor que el hombre, rondaba la mitad de la treintena, pero cuando levantó la vista y le preguntó quién era y qué necesitaba, reveló una dentadura de anciano indigente.
Patrick se había apropiado de los libros del electricista y los alquilaba.
Guio al hombre hasta su camarote. En el suelo, alineadas junto a un mamparo, había varias cajas de libros, los del electricista y los de otros marineros que se habían largado.
El hombre podía elegir los que quisiera.
Dos libros por un paquete de tabaco. Patrick no tomaba nota de los títulos que la gente se llevaba, pero aseguró tener buena memoria y que a él nadie le tocaba las pelotas.
El hombre estuvo de acuerdo con las condiciones.
La mayoría eran novelas policíacas. A medida que extraía libros de las cajas, los depositaba en el suelo, clasificándolos en montones según sus gustos.
Escogió El tesoro de Sierra Madre, de B.
Traven, y Lejos del mundanal ruido, de Thomas Hardy, que sostuvo con las manos temblorosas.
No podía creer que hubiera encontrado una novela así en aquel camarote, atestado de objetos con los que practicar trueque y que apestaba a encierro y ropa sudada.
Patrick echó un vistazo a las portadas y cogió el tabaco.
A partir de entonces, acudió al African Glen una vez por semana, a veces dos, a por libros.
Las visitas abrían grietas en la irrealidad creciente.
Los pasillos del Melampus rielaban con ondas de convección y en el extremo brotaba una charca plateada.
Los marineros se hipnotizaban a sí mismos mirándose en el espejo mientras se afeitaban.
Las figuras que hacían ejercicio en cubierta al amanecer eran fantasmas de antiguas tripulaciones.
Fuera de los turnos de trabajo, Patrick parecía no hacer nada.
Nunca se quejaba de aburrirse. El estatismo y la incertidumbre afectaban a los hombres de dos maneras: los crispaban o los sumían en la desidia.
Patrick pertenecía al segundo grupo. Su indolencia superaba cuanto el hombre había visto desde el cierre del canal.
Se diría que la actitud de Patrick no era fruto de la resignación, sino que disfrutaba del estado de las cosas.
Se burlaba de los empeños por ocupar el tiempo, que se había tornado una sustancia blanda, pegajosa y ardiente, como azúcar derretido.
El hombre compartía, en una medida menor, ese parecer.
Un día salió a la cubierta del Melampus y se topó con un centinela que escudriñaba con prismáticos un horizonte tan vacío como siempre.
Llevaba al hombro un arco casero y una aljaba con flechas.
En la siguiente visita al African Glen, se lo contó a Patrick y se rieron con ganas.
A Patrick le encantaba hablar. Recitaba los pabellones de los barcos donde había navegado y nombres de capitanes y oficiales, todos tiránicos según él.
Narraba aventuras vividas, trufándolas de opiniones personales, como que vistos de espaldas los filipinos parecían mujeres, o que no le gustaban las prostitutas con tatuajes, si bien le volvían loco las que tenían marcas de golpes, o que después de estar con una puta había que lavarse la polla con manzanilla.
Un día charlaban apoyados en la borda del barco estadounidense.
El hombre había escogido sus libros y aguardaba a que un bote pudiera devolverlo al Melampus.
El lago estaba cubierto de miles de manzanas que la tripulación de un carguero había sacado de las bodegas y arrojado al agua cuando empezaron a pudrirse.
El hombre señaló su barco y explicó que Melampus fue un adivino y sanador de la antigua Grecia.
Según Heródoto, obtuvo sus poderes de los egipcios.
El hombre comentó lo irónico de que el Melampus hubiera ido a parar a Egipto.
El carguero pertenecía a la naviera Blue Funnel, donde era costumbre bautizar los barcos con nombres clásicos: Áyax, Patroclo, Agamenón…
El otro barco de la compañía atrapado en el lago era el Agapenor.
Agapenor fue uno de los griegos que se ocultaron en el interior del caballo de Troya.
Patrick guardó silencio, mirando los barcos, hasta que dijo: ¿Sabes lo que hago cuando me tropiezo con alguien que se cree mejor que yo? Me imagino cómo es cuando está a solas.
El hombre preguntó a qué se refería.
Me imagino cómo es cuando está cagando. Primero me imagino su cara, toda roja mientras hace esfuerzos en el váter, con los pantalones por los tobillos.
Después imagino cómo se queda allí sentado un rato, fumando un cigarrillo y echando la ceniza entre las piernas, con cuidado de que no le caiga en la polla.
Luego se levanta, coge el papel y se limpia el culo, un poco inclinado hacia delante.
Echa un vistazo a lo que ha puesto y tira de la cadena.
A ti también te he imaginado así. Creo que es mejor que te lo diga, por si acaso.
¿Por qué te vas tan deprisa? ¿Te he revuelto las tripas? ¡Oye! Perdona, ¿eh?
Encontró al desconocido junto a un cúmulo de maleza que parecía brotar tanto de la tierra como de un ventanuco situado a ras del suelo. El niño y la niña estaban con él. Los tres miraban fijamente algo que había entre la vegetación.
Se sobresaltaron cuando preguntó qué estaba pasando.
El niño, de seis años, lo miró sin traslucir ninguna emoción.
Tenía la boca abierta y el labio inferior brillante de saliva.
Vestía una camiseta de los Estudios Universal, demasiado grande, y unos vaqueros manchados de tierra.
La niña era un año menor y llevaba un vestido con un estampado de flores descolorido, bajo el que asomaban unas rodillas asimismo manchadas de tierra.
Ambos calzaban zapatillas de deporte Nike, mucho más caras que el resto de su ropa, y los dos tenían rasgos hispanos.
No lo hemos hecho nosotros, dijo ella.
El hombre se situó entre los niños. Apoyó una mano en un hombro de la niña, que estaba temblando.
Seguían mirando un arbusto de espino que un alcaudón había convertido en su despensa. De las espinas colgaban las presas de la pequeña ave rapaz: restos de lagartijas y de roedores, vaciados y desmembrados.
No hemos sido, dijo el niño.
Lo sé. No pasa nada. ¿Y usted quién es?