Esta es tu casa Variación sobre un viaje en coche por Big Sur
14%

Variación sobre un viaje en coche por Big Sur

L o despertó un bocinazo en la carretera.

Se había quedado dormido en la silla, con el libro en las manos.

Giró la cabeza para mirar por la ventana.

El cuello se le había agarrotado. Al moverlo hizo un ruido como si tuviera arenilla entre las cervicales.

Siempre se sentaba en el mismo sitio, desde donde podía ver la carretera de Cabrillo y el camino que partía del arcén y llegaba hasta la casa grande.

Una camioneta cargada con tramos de tubería se alejaba en dirección a San Simeón.

En el camino, junto al buzón, había un coche detenido.

Debía de haber frenado de golpe, provocando el bocinazo furioso de la camioneta.

Tenía que quitar el buzón. Ya nadie lo usaba.

Recibían la correspondencia en un apartado de correos.

Su mujer también se había quedado dormida, mientras él le leía en voz alta.

El hombre no recordaba cuál de los dos se había dormido primero.

El remolque vivienda estaba silencioso. La mujer tenía una manta sobre las piernas.

Él no se la había puesto. Debían de haber sido los niños.

Habían abrigado a su abuela y salido a jugar para dejarlos dormir tranquilos.

Vio abrirse la puerta del coche. Alguien se apeó y se aventuró unos pasos por el camino.

Con las manos apoyadas en la cadera, contempló la casa, la carretera, que en aquel tramo discurría recta, bordeando la costa, y el remolque vivienda.

El hombre vio la postal californiana a través de los ojos del desconocido: las olas, largas y paralelas, que hacían que el océano pareciera una piel de cebra, y los pelícanos que se lanzaban en picado y se zambullían entre los surfistas, obstinados estos en seguir en el agua, a pesar de la fecha.

Al levantarse le crujieron las rodillas.

Se colocó a un lado de la ventana y se asomó con cuidado.

El visitante no se había movido, dudaba.

El hombre contó en silencio hasta treinta, luego se dirigió al armario junto a la cama.

Por costumbre caminaba con un ademán intimidatorio, los brazos separados del cuerpo, la espalda encorvada, la cabeza, y en particular la barbilla, impulsadas hacia delante, pero a causa de la edad ya solo parecía un hombre recién levantado, sin flexibilidad en las articulaciones, que caminaba descalzo sobre un suelo frío.

Del estante superior sacó un viejo joyero de madera. Lo abrió con la llavecita que llevaba en el bolsillo. Encajó el revólver entre el pantalón y su espalda y lo cubrió con el faldón de la camisa de franela. Devolvió el joyero a su sitio.

Llevaban un mes atrapados en el Gran Lago Amargo cuando terminó de leer el último libro de su equipaje, Phineas Finn, de Trollope.

No era la primera vez que se quedaba sin lectura a bordo.

Estaba acostumbrado a releer los libros.

Los escogía pensando que tendría que hacerlo.

Pero la incertidumbre acerca de cuánto tiempo seguirían fondeados le desanimó.

Se imaginó leyéndolos una vez tras otra, hasta saberlos de memoria.

Phineas Finn ni siquiera le había gustado.

Podría coger un bote, remar hasta otro barco y mendigar lectura.

Había tres cargueros más con bandera británica y uno con bandera estadounidense entre los catorce barcos inmovilizados.

Uno más, también de los Estados Unidos, se hallaba bloqueado al norte, en el lago Timsah, otro de los apartaderos del canal de Suez.

Sin embargo, aunque la situación se había calmado lo bastante como para que la tripulación pasara ante los ojos de buey o se moviera por cubierta sin miedo a ser alcanzada por un disparo, no lo había hecho tanto como para emprender travesías por el lago con una razón tan frívola.

El barco relucía. El capitán del Melampus tenía ocupados en labores de mantenimiento a todos los marineros que le quedaban.

Las máquinas se ponían en marcha periódicamente.

El capitán quería el carguero dispuesto para salir de allí en cuanto fuera posible.

Era el único que seguía creyendo que eso fuera a suceder.

Aunque los egipcios habían asegurado que abrirían el canal en dos o tres meses, las navieras habían reducido al mínimo operativo las tripulaciones de los barcos bloqueados.

Aparecieron helicópteros y se llevaron a los marineros casados, a los más jóvenes y a los más viejos.

A cambio, otros helicópteros trajeron vino, cerveza, carne congelada y mesas de ping-pong.

Los egipcios les habían ordenado aguardar.

Tampoco había otra alternativa. El canal se encontraba cortado al norte y al sur.

Habían hundido embarcaciones para bloquearlo, las dragas que antes mantenían el calado constante.

En la orilla occidental se extendía una raquítica franja verde entre el borde del agua y la tiranía paisajística de la arena.

En la orilla opuesta aún había menos que ver, solo un segmento blanquecino, de donde los primeros días se elevaron columnas de humo negro.

Los MiG egipcios no habían llegado a despegar.

Los Mirage israelíes trazaron círculos sobre la base militar.

Uno efectuaba un pase rasante abriendo fuego con las ametralladoras y se reunía con los demás.

Siempre de uno en uno, como si hubieran prefijado turnos para repartirse la labor y dilatar el espectáculo.

Los marineros habían contemplado el baile de los aviones con las caras cubiertas de sudor pegajoso. Llovía olor a queroseno quemado.

No tardó en añorar aquella visión, que le recordaba lo que eran el movimiento y la velocidad.

En las noches sin luna a veces se oía un quedo chapoteo de remos, sin que ninguna luz revelara la presencia de una lancha.

Los marineros daban por supuesto que eran comandos egipcios o israelíes que entraban o salían del terreno del contrario.

Él los envidiaba. Hacían algo. El Melampus y los demás barcos no participaban en nada.

Llegaron rumores de que el canal, lejos de abrirse, se cerraba con nuevos barcos hundidos, con escombros, con bobinas de alambre, con un pontón dinamitado, como un albañal donde los vecinos arrojaran sus desperdicios.

Interrumpida la circulación no solo de naves, sino, en apariencia, también del agua, parecía increíble que el lago no se evaporara, que los barcos no acabaran acostados sobre una costra quebradiza por la que las tripulaciones podrían huir a pie.

Se especulaba sobre conversaciones que tenían lugar en despachos europeos, entre armadores y compañías aseguradoras y reaseguradoras, entre armadores y políticos, entre armadores y asesores privados.

Se pasaba lista a la carga de los barcos, por si su valor podía fomentar la presión diplomática.

Hierro, huevos, prendas de algodón, juguetes para la cadena de grandes almacenes Woolworths…

El carguero búlgaro se negaba a informar sobre el contenido de sus bodegas.

La opinión general era que se trataba de armas.

Nadie sabía si, en caso de que fuera cierto, eso podía ser beneficioso.

Por supuesto, habían intentado ir a tierra en botes, pero los soldados egipcios nunca tardaban en aparecer.

No importaba que escogieran un tramo de orilla donde no había nada.

Los soldados emergían de la arena. Durante las primeras semanas amenazaban a los marineros con sus fusiles, los increpaban en una lengua que sonaba a Antiguo Testamento.

Más adelante se limitaron a mirarlos en silencio, con las armas colgando de la mano.

Tenían peor aspecto que los marineros. Era como si el tiempo transcurriera más raudo en tierra que en el lago.

Los uniformes de los egipcios se hicieron jirones.

Algunos ni siquiera llevaban uniforme. Vieron a uno con nada más que las botas y una canana con munición cruzada sobre el pecho.

Salió de detrás de un matojo rígido como el coral y miró el bote que se acercaba.

Les dio la espalda, se acuclilló y se puso a defecar.

Que en la radio se refirieran al conflicto como la guerra de los Seis Días parecía una afrenta personal, como si los contendientes se hubieran confabulado para burlarse de los barcos bloqueados en el lago.

El desconocido tenía unos treinta años. Quizá fuera una avanzadilla, alguien que no despertara sospechas, enviado para explorar el terreno.

El hombre había viajado lo bastante como para saber que no era estadounidense: su forma de moverse, su ropa, la admiración atemorizada con que miraba a su alrededor.

El Chevrolet detenido en el arcén era un utilitario como los que alquilaban los turistas, una réplica de los coches usados en Europa.

Nadie en Big Sur tendría un vehículo así.

La prudencia con que el visitante se movía podía provenir de las historias que había oído acerca de los Estados Unidos: propietarios de viviendas que, sin alerta previa, abren fuego contra los intrusos.

Al mismo tiempo le despertaba dudas, y le tentaba, la ausencia de barreras, de una linde definida.

Y sobre todo, a juzgar por la dirección de sus miradas, la casa atraía poderosamente su atención.

El desconocido dirigió un vistazo al remolque vivienda, donde las luces estaban apagadas.

El hombre y la mujer se habían quedado dormidos cuando aún era de día, y ahora estaba anocheciendo.

También le despertaba dudas la camioneta con tracción a las cuatro ruedas aparcada junto al remolque.

El desconocido debió de pensar que, aun así, no había nadie. Caminó hacia la casa.