Esta es tu casa Explotación
12%

Explotación

L a madre de Jon se sentía mal. Pasaba mucho tiempo encerrada en su cuarto.

Siempre parecía cansada y triste. Hablaba lo imprescindible, en tono distante, como por obligación.

Aun así, la rutina no cambió. Jon tenía once años.

Iba al colegio y las comidas seguían estando en la mesa a la hora acostumbrada, así que dedujo que lo que sucedía no podía ser grave y que, fuera lo que fuera, solucionarlo era tarea de los mayores.

Vivían en Ribadesella, en una casa con demasiadas habitaciones para ellos tres, a un kilómetro del pueblo. La distancia no era grande, pero entre la casa y el pueblo mediaban la ría y una carretera pobremente iluminada, y la impresión, sobre todo a partir del anochecer, era de desamparo.

El padre de Jon dirigía una cantera de carbonato cálcico en los Picos de Europa. Se iba a trabajar cuando Jon aún no se había levantado de la cama y muchos días regresaba cuando el niño llevaba dormido largo rato.

En la cantera no había secretaria y el ruido de las máquinas dificultaba oír el timbre del teléfono.

Muchos clientes preferían llamar a la casa.

La madre, además de ocuparse de las tareas domésticas, tomaba nota de los pedidos.

Cada vez que sonaba el teléfono, abandonaba lo que estuviera haciendo y corría a responder.

El padre había instalado un timbre supletorio para asegurarse de que se oyera en todos los rincones.

Producía un sonido violento y áspero, motivo siempre de sobresalto.

La madre pasaba el día sola. Tenía pocas amistades en el pueblo. Cuando el humor y la voluntad de hacer cosas le flaquearon, el padre dedujo que se aburría.

Un sábado por la mañana, el padre fue con el niño a una tienda de electrodomésticos.

Jon no pudo creerlo cuando le oyó pedir información sobre reproductores de vídeo.

La tienda tenía la concesión de Phillips, por lo que el dependiente le recomendó un reproductor 2000, el formato desarrollado por la marca.

Aseguró que era técnicamente superior al VHS y al Betamax.

Había menos películas que para los otros formatos, aunque eso cambiaría en breve, prometió.

En un rincón del local había un pequeño expositor de películas. Compraron el reproductor y alquilaron dos películas. El aparato de vídeo iba a ser una sorpresa para la madre.

Esa tarde, Jon oyó a sus padres discutir en su habitación.

Ella no volvió a salir hasta la hora de la cena.

Mientras el padre instalaba el aparato, lo rodeaba un aura casi palpable de agravio.

Jon asistió al proceso en silencio, sin acercarse demasiado.

Sabía que era mejor no hacer preguntas ni meter prisa.

El aparato tenía una cantidad abrumadora de botones.

Desprendía un intenso olor a plástico, que se volvía aún más fuerte cuando estaba en funcionamiento.

La madre no quiso ver ninguna de las películas.

Que Jon supiera, nunca tocó el aparato de vídeo.

Al cabo de pocos días, el niño había visto todos los títulos aptos para menores de la tienda de electrodomésticos. En la villa no había más sitios donde alquilar películas. Sus padres parecieron olvidarse del aparato de vídeo.

Una noche un vehículo se detuvo en la entrada de la casa y tocó el claxon.

Era un día laborable. Jon y su madre se disponían a cenar.

El padre no había vuelto de la cantera. La casa estaba a media altura de una ladera rocosa, con vistas al Sella.

La entrada, cerrada por un portón enrejado, se encontraba junto a la carretera que bordeaba la ría.

Desde allí, se subía a la casa por una rampa de adoquines.

La madre se asomó a la ventana de la cocina.

Ordenó a Jon que la esperara. El niño no se despegó de la ventana.

Vio una furgoneta que aguardaba con las luces encendidas.

Cuando su madre se acercó, un hombre salió del vehículo.

Hablaron a través de los barrotes del portón.

La madre levantó la aldaba y la furgoneta subió la rampa.

Un momento después, la madre entró en la casa y le dijo a Jon que se pusiera el abrigo y la acompañara.

Bajaron a la cochera, un espacio amplio bajo una de las terrazas de la casa. El hombre había abierto las puertas traseras de la furgoneta. La zona de carga estaba repleta de cajones de madera con películas de vídeo. La madre le hizo a Jon un gesto apremiante. Debía escoger una.

El hombre había encendido un cigarrillo y estiraba las piernas por la cochera.

Se informaba en las tiendas de electrodomésticos de quiénes habían comprado un reproductor de vídeo.

A continuación visitaba las casas ofreciendo un servicio de alquiler de películas a domicilio.

Su ruta abarcaba todo el oriente de Asturias.

Jon escogió Acorralado , con Sylvester Stallone. Hasta que la furgoneta regresó, al cabo de una semana, vio la película todos los días.

En siguientes visitas de la furgoneta, alquiló Piraña; Mad Max 2: El Guerrero de la Carretera; Saturno 3, donde Harvey Keitel fabricaba un robot asesino en una estación espacial y Farrah Fawcett enseñaba los pechos; y La carrera de la muerte del año 2000, con David Carradine y, de nuevo, Sylvester Stallone.

Todas las vio varias veces. Aprovechaba las horas en que su madre estaba en su cuarto, con la puerta cerrada y a veces con la persiana echada, aunque fuera de día.

De lunes a viernes, la furgoneta se podía presentar en la casa por las tardes; los sábados, por la mañana. En alguna ocasión apareció muy tarde; Jon ya estaba a punto de irse a dormir y bajó a la cochera en pijama y bata para devolver la película que tenía alquilada y elegir otra.

Alguna vez el padre le pidió que buscara algo para él.

La tarea no era sencilla. Solo le gustaban películas como Doce del patíbulo y Los violentos de Kelly, sobre misiones suicidas en la Segunda Guerra Mundial, de las que no había muchas en la furgoneta.

La madre nunca pidió ninguna película. Sin embargo, ni ella ni él se las negaban a su hijo y no se hacían de rogar si quería más de una.

El conductor llevaba el pelo largo y siempre iba poco abrigado.

Solía mirar hacia otro lado con desapego o disgusto.

Al mismo tiempo, nunca parecía tener prisa.

Fumaba mientras Jon hacía su elección, sin impacientarse si tardaba demasiado.

No hacía recomendaciones. Si se le interrogaba acerca de alguna película, decía que no la había visto.

Jon continuaba yendo al cine los fines de semana con sus amigos.

No obstante, prefería las películas de la furgoneta.

Acudían a él por sí mismas, llamaban a la puerta de su casa.

Nunca había oído hablar de aquellas películas, títulos antiguos o de serie B, cuyo disfrute no podía compartir con sus amigos, como sí sucedía cuando iban al cine, pero que, en ocasiones, eran descubrimientos deslumbrantes. Parecían hechas en exclusiva para él.

Nunca se sabía cuándo la furgoneta podía tocar el claxon ante el portón de la casa.

En teoría, las películas se alquilaban por una semana.

Sin embargo, la furgoneta podía regresar al cabo de pocos días o tardar varias semanas.

Y las películas cambiaban continuamente.

Si quería ver de nuevo una que le había gustado, era poco probable que estuviera en la furgoneta en una visita posterior.

La imprevisibilidad de las visitas y contar con una sola oportunidad para alquilar las películas hacían que las consumiera con una atención excepcional.

Una vez la furgoneta tardó más de un mes en volver. Tenía alquilada La bestia bajo el asfalto. La vio hasta aburrirse. Un sábado por la tarde, en un cuaderno del colegio, empezó a escribir un cuento basado en la película.

En La bestia bajo el asfalto, una niña va con sus padres de vacaciones a Florida, donde, como recuerdo, le compran una cría de aligátor.

De regreso en su casa, el padre, en un arranque de enfado por la suciedad causada por el reptil, se deshace de él tirándolo al váter.

El aligátor sobrevive en las alcantarillas.

Se alimenta de restos de animales utilizados en un laboratorio que experimenta con hormonas de crecimiento.

El reptil se desarrolla hasta alcanzar un tamaño insólito.

Cuando ya no encuentra alimento suficiente en las alcantarillas, sale a la superficie y provoca el caos.

A Jon le gustaba que un hecho cotidiano, librarse de una mascota no deseada, desencadenara una serie de sucesos que concluía en una tragedia a gran escala.

También le parecía sugerente que a pocos metros bajo el familiar entorno de la ciudad se escondiera algo monstruoso.

En su cuento, la cría de aligátor era arrojada a un río que discurría junto a un pequeño pueblo. No lo terminó. Sin embargo, le mantuvo entretenido hasta que regresó la furgoneta.

Se aficionó a escribir cuentos a partir de películas.

Las que más le inspiraban no siempre eran las que más le habían gustado.

Una parte importante del catálogo de la furgoneta consistía en películas de explotación, que imitaban los éxitos del cine de Hollywood, pero con menos presupuesto y talento; películas como 1990: Los guerreros del Bronx, que saqueaba 1997: Rescate en Nueva York , de John Carpenter, o Starcrash, que bebía tanto de Barbarella como de, claro está, Star Wars.

Las promesas no satisfechas de aquellas copias aguijoneaban su imaginación mucho más que los logros de los títulos originales.

Hubo veces en que el estímulo de escribir no surgió de las películas sino de las ilustraciones de sus carátulas, tan vistosas como engañosas.

Colocaba la manoseada caja de la película delante de él, sobre la mesa.

Interrumpía la escritura cada poco rato para contemplarla, como un pintor estudiando su modelo.

No acababa ningún cuento, frustrado por el mal resultado o porque una nueva idea le forzaba a abandonar lo que estaba escribiendo y a embarcarse en otro proyecto. Más adelante, durante una limpieza general, su madre tiraría aquellos cuadernos repletos de narraciones inconclusas.

Un año después de que el padre comprara el aparato de vídeo, abrió sus puertas el primer videoclub en Ribadesella.

Estaba en la Plaza Nueva. Había más películas que en la furgoneta y más recientes.

Los viernes, después del colegio, Jon iba con sus amigos a por una película y la veían en la casa de alguno de ellos.

La fila más alta de los expositores era para las películas porno, que en la furgoneta ocupaban unos cajones al fondo del vehículo, tapados con mantas viejas.

En el videoclub también se podían alquilar copias piratas de películas en cartel.

No estaban expuestas. El dueño las escondía debajo del mostrador y la calidad siempre era ínfima.

La accesibilidad y la oferta del nuevo videoclub, y la posibilidad de la experiencia compartida, entusiasmaron a Jon al principio.

Ni siquiera se dio cuenta de que la furgoneta había dejado de ir a su casa.

Cuando al cabo de varias semanas se lo comentó a su padre, este se encogió de hombros.

Dijo que ahora la furgoneta tenía competencia. Seguramente no la verían más.

Pero volvió. Fue un par de meses después, una tarde de finales de julio en que hacía mucho calor.

El claxon sonó en la entrada de la casa y Jon y sus padres se miraron, interrogándose sin palabras.

El portón estaba abierto y, como solía hacer en tal caso, la furgoneta subió directamente a la cochera.

Jon bajó con su padre. Dejaron a la madre preparando la cena.

Ella no estaba mejor, pero tampoco había empeorado. Eso sucedería después.

No encontraron al conductor fumando un cigarrillo, como era su costumbre. Había levantado el capó y miraba el motor. Las puertas traseras estaban abiertas. Dentro no había tantas películas como antes.

El padre preguntó si había algún problema. El conductor dijo que la furgoneta se calentaba demasiado. Había repuesto dos veces el agua del radiador esa tarde y la temperatura seguía subiendo. Apenas había podido llegar hasta allí.

En otra visita, el conductor había visto abierto el sótano de la casa, al que se accedía desde la cochera.

Dentro estaban las herramientas del padre.

El conductor se preguntaba si le podría echar una mano.

El padre dijo que debía de haber un poro en la refrigeración.

Tenía algo con lo que ayudarlo, pero no en el sótano.

Subió a la casa y volvió a bajar con un bote de pimentón rojo.

Vertió la mitad del contenido en el depósito de agua.

El pimentón taponaría los poros, explicó.

Le pidió al conductor que pusiera el motor en marcha y acelerara para que se difundiera por el circuito.

El padre dijo que con eso llegaría a su casa sin problemas y que la furgoneta incluso seguiría funcionando una temporada. Le regaló el resto del pimentón y le recomendó llevar el vehículo a un taller.

Como agradecimiento, el conductor les dejó coger las películas que quisieran sin cobrarles nada. También dijo que estaba saldando la mercancía. Si querían quedarse con alguna película, se la dejaba a buen precio. El padre respondió que no querían ninguna.

A Jon le costó dar con dos que le apeteciera ver. Todas las buenas habían desaparecido. El conductor le animó a coger alguna más. Por educación, Jon eligió otra, al azar.

La furgoneta bajó la rampa marcha atrás. Jon bajó también, para cerrar el portón. La furgoneta nunca volvió.

De las tres películas que Jon había elegido, vio solo una.

Escribió un cuento basado en ella. Este sí llegó a terminarlo.

En septiembre la biblioteca municipal organizó un concurso infantil de narrativa y Jon presentó su cuento.

Le concedieron el segundo premio. Recibió un diploma y un lote de libros.

Ninguno le gustó. Eran demasiado infantiles.

Poco después, su padre cambió el aparato de vídeo por otro de formato VHS, para el que el número de películas era mucho mayor.