Lo que sucedió en la cueva #5
La madre volvía a subir. La oían resollar.
Les pareció que tardaba una eternidad. El socio se tumbó en el suelo y metió el brazo para ayudarla en el último tramo.
La madre se desplomó. Estaba demudada; la ropa manchada de barro, el moño medio deshecho.
El crío se arrodilló a su lado y ella lo abrazó con desesperación.
No podía dejar de llorar. Su hijo le preguntaba si estaba bien, pero ella era incapaz de responder.
¿Qué ha pasado?, preguntó el socio. Habla ya, coño.
Ella dijo que estaban muertos.
¿Muertos? ¿Más de uno?
Ella asintió y enterró la cara en el pecho de su hijo. El socio se quedó pensativo.
Tengo que tomar el aire, musitó la madre. El crío la ayudó a levantarse y se asomaron a la boca de la cueva.
Que no os vean, dijo el socio. Es muy raro todo esto.
Reflexionó en voz alta, asegurándose de que lo oyeran, sin soltar el revólver.
Dijo que era extraño que los de abajo estuvieran muertos si la víspera el crío había visto a uno.
Y como había recogido la cuerda, al que había visto debía ser uno de los de dentro.
Y el olor no era de muertos recientes. No era que le importase que estuvieran muertos, fueran quienes fueran, pero le tocaba los cojones perder el tiempo.
Guardó silencio un momento antes de continuar.
Si era cierto que el crío había visto a alguien, a lo mejor no era ningún fugao .
Nadie se metía en una conejera como aquella sin tener a alguien que le llevara provisiones y le sirviera de enlace con el exterior.
A lo mejor había visto a esa persona, al que llevaba la comida.
En ese caso, quizá él, el socio, no había perdido el tiempo.
Quizá pudiera sacar provecho. Si descubría quién ayudaba al fugao, a los fugaos, rectificó, podría pasar la información a los de la Falange.
Así aumentaría el aprecio que se le tenía en la villa y recuperaría el trabajo de contratista.
No sería por falta de mano de obra barata.
Las cárceles estaban llenas. Solo había que saber con quién hablar.
Pero antes tenía que dar con el colaborador, algún faccioso de mierda, un rojo disimulado en el pueblo o un amigo de los rojos, lo que venía a ser lo mismo.
A los de la Falange les encantaría ponerle las manos encima.
Le arrancarían las pestañas. Le quemarían los huevos.
La madre le golpeó con el bastón. El socio cayó de rodillas y se llevó la mano a la nuca, sin saber qué había pasado. Ella le volvió a atizar y esta vez quedó tendido con la cara en el barro.
Ayúdame, dijo ella al crío. Empuja fuerte. Entre los dos.
A empujones y tirones llevaron al socio al pozo. Tenía el fiador de la correa enganchado a la muñeca; el mico avanzaba junto a él. Un último empujón y el socio se escurrió de cabeza, arrastrando al mico.
La madre retiró la cuerda todo lo rápido que pudo. Miró a su alrededor repasando la situación. La lámpara de carburo se había quedado abajo, pero no importaba. Recogió el revólver, caído en el suelo, y lo echó a la cesta. El crío ya tenía el bastón.
El revólver lo arrojaron a la ría. Caminaron hacia la Punta del Arenal sin decir palabra. Antes de cruzar a la villa, la madre se adecentó la ropa y se recompuso el moño.
Ella sabía que tenía que volver. Se debía asegurar de que el socio estaba muerto.
¿Pero cuándo? ¿Era mejor ir lo antes posible o podía dejar que pasaran unos días?
Si había sobrevivido, quizá encontrara una forma de escapar.
No, eso no sucedería. Ella había bajado al pozo y estaba segura de que no se podía subir sin la cuerda.
Pero a lo mejor el socio encontraba algún modo de llamar la atención.
Él no era un fugao, obligado a guardar silencio, a no encender luz durante la noche, a no prender un fuego cuyo humo manaría de la cueva y alertaría a toda la villa.
La primera noche la pasó en vela, escrutando la otra orilla con unos prismáticos del marido.
No vio ninguna luz. Al crío le había ordenado encerrarse en su cuarto.
Con la llegada del amanecer, siguió sin ver nada anormal.
Se dijo que cada hora que transcurriera sin que sucediera nada jugaba a su favor.
Ese día no reunió ánimo para terminar el trabajo.
Perdió el apetito. No tenía fuerzas para fabricar jabón, menos aún para ir a vender por las aldeas y los mercados.
Dejaba la comida para el crío en la mesa de la cocina y volvía a su cuarto.
Se cruzaban por el pasillo como sonámbulos.
Lloraba y rezaba pidiendo sacarse de la cabeza lo que había visto en la cueva.
Por las tardes iba a misa. Al crío lo dejaba encerrado en casa.
Por el socio nadie le preguntó. No se le echaba de menos. Seguramente todos pensaban que se había largado a algún sitio donde no lo conocieran.
Regresó a la cueva al cabo de una semana. En ese intervalo no vio nada en la otra orilla ni nadie llamó a su puerta de manera autoritaria. Si el socio seguía con vida, estaría muy débil.
Se hizo acompañar por el crío. Entre la ropa, llevaba un cuchillo. En la cesta, una linterna.
Se asomó al pozo y llamó al socio de su marido. Nadie respondió. El olor había empeorado. El pañuelo que llevaba a la cabeza se lo puso tapándose la nariz y la boca.
¿Este olor se nos va a pegar?, preguntó el crío.
Tú te callas.
Como habían hecho la otra vez, bajaron la linterna con un sedal de pesca. La mujer echó la cuerda al pozo.
Me esperas aquí. ¿Entendido?
El crío asintió.
No te vayas.
El crío dijo que no.
La madre empezó a bajar.
En esta ocasión se entretuvo más tiempo y no hubo gritos. Sin embargo, cuando subió volvía estar desencajada.
¿Qué ha pasado?, preguntó el crío.
Saca la linterna. Que no se rompa.
Hablaba escupiendo las palabras.
Ya está. ¿Qué ha pasado?
Ahora desata la cuerda.
No puedo. El nudo está muy apretado.
La madre lo apartó de un empujón, desató la cuerda y dejó que cayera al pozo.
¿No me vas a decir…?
Estaba muerto, respondió ella secamente. No he tenido que hacer nada.
Miraba el suelo cubierto de huellas. Se preguntaba si habría que borrarlas. Se preguntaba si el verdín volvería a crecer y las ocultaría. No tenía importancia. No podía seguir allí ni un segundo más.
Volvieron a ocultar la boca de la cueva. Mientras bajaban por la trocha, la madre rompió a llorar. Siguió caminando. El crío iba muy callado.
Cuando se serenó lo bastante, ella le dijo que no todos habían muerto.
El mico seguía vivo. Prisionero aún de la correa, le había enseñado los dientes, con la carita embadurnada de sangre.
A saber cómo había sobrevivido y cuánto tiempo más resistiría.
Añadió que allí abajo, en lo más profundo de la cueva, el mico le había parecido un verdadero monstruo.
La madre se lo contó porque era la clase de historia que a su hijo le gustaba.
Confiaba en que se quedara dándole vueltas y no le hiciera preguntas durante un rato.