Lo que sucedió en la cueva #4
La siguiente vez que fue a pescar, en lugar de lanzar el anzuelo al agua, apuntó a las piedras de la orilla.
Cayó cerca de donde una gaviota reidora estaba posada.
El ave miró de reojo la bola de miga de pan enganchada al anzuelo.
Se acercó sin sospechar nada y la engulló.
El crío esperó a que la tuviera bien dentro y tiró despacio del sedal.
La cabeza de la gaviota se estiró hacia él.
El ave prorrumpió en graznidos y aleteos.
Él sujetaba el sedal con las dos manos. Le sorprendió la fuerza con que la gaviota se resistía.
Hasta alzó el vuelo. La retuvo como una cometa.
Le costó mucho subir por la trocha con la gaviota bajo el brazo. Le agarraba la cabeza con la otra mano para protegerse de los picotazos. Los ojos del ave giraban desquiciados. Del pico seguía asomando el sedal.
Metió la gaviota en el pozo, de cabeza. Era demasiado estrecho como para que aleteara, pero aun así se retorció y debatió, empeñada en salir.
La empujó con el pie. Oyó el susurro de las plumas contra la piedra mientras se deslizaba pozo abajo y un golpe seco.
Esperaba que no se hubiera roto ningún ala.
El silencio se prolongó. Imaginó la gaviota en la cámara inferior, inmovilizada o muerta, un festín para el de abajo, un festín fácil.
Por fin le llegó un sonido de revuelo. Fantaseó con que la gaviota aleteaba a ciegas y chocaba contra el techo y las paredes y se desplomaba y lo intentaba de nuevo, revolviendo con las alas el aire rancio de la cueva, provocando el pánico del hombre, que no entendía qué era aquello que había caído en su celda y graznaba furibundo y le hacía huir de manera cómica, dándose trompazos contra las paredes y yéndose de bruces al suelo cuando los pies se le enredaban con las pertenencias miserables, malolientes, quizá inservibles ya, con que había descendido a la cueva quién sabía cuándo.
Se hizo el silencio de nuevo. El crío estaba complacido; el de abajo seguía vivo.
Lo había averiguado a la vez que le daba de comer.
Pero entonces hubo otro sonido, uno que nunca antes había oído, y quizá por eso le pareció que sonaba muy cerca, como si el pozo se hubiera transformado en un megáfono.
El de abajo lloraba. El crío se quedó muy quieto, incrédulo.
Un hombre adulto llorando. Un lloro sin rabia, sin fuerza, sin ánimo vengativo.
En sus sollozos solo había desamparo y rendición, y entre ellos, con gran dificultad, ahogadas, gimoteantes, llegaron unas palabras. Por favor. Por favor. Ya basta.
¿Cómo se atrevía aquel rojo de mierda? ¿No le había prohibido hablar?
Por favor. Compasión.
Palabras ofensivas, balbucientes, babosas.
No daba crédito a lo que estaba pasando.
No sabía qué hacer. No se acordó de que la cuerda seguía allí mismo, amontonada, atada a la estalagmita, dispuesta para ser empujada con el pie y desenrollarse hacia la oscuridad inferior.
Ni siquiera la vio. Caminó arriba y abajo por la cueva tirándose del pelo, apretando los dientes, a punto de echarse a llorar él también, mareado. Salió corriendo.
La claridad del día lo hizo frenar en seco. Resollaba como al final de una carrera. Miraba la villa sin reconocerla. El puente dinamitado. El hotel Marina, con su fachada semejante al florido espejo de popa de un galeón. Su casa.
Volvió adentro. Se abalanzó al pozo como si quisiera arrojarse por él, pero lo que hizo fue gritar, que el megáfono funcionara en la otra dirección.
Gritó hasta desgañitarse, enronqueciendo la voz.
Dio patadas y puñetazos a las paredes, sin dejar de gritar.
Intentó arrancar la estalagmita a la que estaba sujeta la cuerda.
Cogió puñados de barro del suelo y los lanzó con rabia por el pozo.
Cuando se detuvo para tomar aire volvió a oír los sollozos del hombre, ahora más bajos, o quizá no, lo que sucedía era que otro sonido los eclipsaba.
El crío oyó un nuevo llanto, este agudo, poderoso y exigente, el lloro de un bebé.
Sentía la corriente de sonido subir por el pozo.
Saldría de la cueva como un chorro a presión, sobrevolaría la ría y llegaría a la villa, donde empezarían a abrirse las ventanas y la gente se asomaría alarmada, preguntándose qué atrocidad se estaba cometiendo.
Y por debajo de los lloros del hombre y del bebé aún llegó a distinguir algo más, una tercera voz que chistaba demandando silencio, a uno u otro o ambos, adulto y criatura.
Escapó aterrado.
Esa noche, escondido bajo las mantas de su cama, se preguntó si el bebé había bajado a la cueva con el hombre o si había nacido allí dentro.
Si este era el caso, la tercera voz tenía que ser la de la madre, que habría parido en la oscuridad, como un animal en su madriguera, que a lametones limpia a sus crías y averigua así si tienen todo lo que deben tener y en los sitios donde ha de estar.
Dejaría pasar unos días. Podían comerse la gaviota. Y tenían la leche de la madre.
Llevaba en la cesta pan, limones y una toalla vieja que pensó que su madre no echaría en falta. Se asomó con cautela al pozo. No oyó nada. Subía un olor fuerte.
Estaba atando el sedal al asa de la cesta cuando la puerta de ramas se abrió de golpe. Dio un brinco de sorpresa. A punto estuvo de caer al pozo. En un primer instante no reconoció la silueta recortada a contraluz en la boca de la cueva.
¿Qué estás haciendo?, preguntó su madre.
Había ido a vender jabón a Sebreño y El Carmen.
De regreso, cuando se acercaba al embarcadero del Arenal para volver a la villa, había visto a su hijo bajar de la barca.
El crío no la había visto a ella. Por el modo como cargaba con la cesta, la madre supo que llevaba algo dentro y decidió seguirlo.
No esperó a la respuesta. Le arrancó la cesta de las manos. Vio lo que había dentro. Vio el sedal. Luego miró alrededor. Más que mirar, olfateó. Se arrimó al pozo. Vio la cuerda atada a la estalagmita. Retrocedió tapándose la nariz y la boca.
¿Pero qué estás haciendo, desgraciado?
Golpeó al crío con el bastón que usaba cuando iba a vender por las aldeas.
¿Cómo se te ocurre? ¡Vas a hacer que nos maten a los dos! ¿A quién tienes ahí?
El crío estaba encogido en el suelo, cubriéndose la cabeza con los brazos para protegerse de los golpes. Ella gritaba y no medía la fuerza.
¿Quién está ahí? Vamos, dímelo. Dímelo ahora mismo o no sé lo que te hago. Te abro la cabeza.
El crío dijo que no lo sabía. Lo repitió una y otra vez, para que la respuesta penetrara la cólera de su madre. No lo sabía, de verdad. Solo era alguien.
La madre negaba con la cabeza, incrédula, con expresión de profundo asco. Amenazándolo con el bastón, le ordenó salir de la cueva. Y que no se dejara la cesta.
Antes de salir, la madre echó otra ojeada al pozo. No oyó nada. Ella misma se encargó de volver a colocar la puerta de ramas.
Ahora vas a hacer lo que yo te diga o te mato. Te juro que te mato. Crío de los demonios. Maldita la hora que te tuve. ¿Por qué me tocan a mí todas las desgracias, Señor?
Volvieron al día siguiente con el socio del padre.
La madre le había contado que el crío, mientras rondaba más allá de la cuevona de Ardines, había visto a un hombre.
No sabía quién era, pero tenía mala pinta.
Lo había visto meterse en una cueva. Luego el crío había ido a fisgonear.
En la cueva había un pozo con una cuerda para bajar y subir.
El crío la había recogido y vuelto a casa, donde ella le había dado una buena tunda por su temeridad.
Los golpes en la cara de su hijo probaban esa parte de la historia.
Tenía que ser un fugao que estaba allí escondido.
El crío lo habría visto mientras estaba fuera tomando el aire.
En primer lugar, el socio se había asegurado de que no le hubieran contado nada a nadie más. Ella le juró que no. ¿Verdad que no?, le preguntó al crío, y le asestó un pescozón. Él dijo que no sin levantar los ojos.
Cruzaron en la lancha, pero no a la vez.
Por precaución, era mejor que no los vieran juntos.
Pasó primero el socio y los esperó en el Arenal, donde se reunieron discretamente.
La madre llevaba una lámpara de carburo en la cesta; el socio, escondido bajo la ropa, un revólver, un viejo Beistegui Hermanos, calibre 32.
Era un modelo para practicar el tiro al blanco, pero sería suficiente.
Subieron en fila india por la trocha de los jabalíes. La madre abriendo la marcha, apoyándose en el bastón, luego el socio, con el mico sobre el hombro, sujeto por la correa, y el crío rezagado.
Entraron en la cueva. Ahora el socio por delante, empuñando el revólver. El mico estiraba la cabeza como si fuera el más interesado de todos.
¡Tú, el de abajo! ¿Me oyes?
No hubo respuesta. El socio empujó el rollo de cuerda al pozo.
¡Sube y no intentes nada! Te estoy apuntando.
De nuevo no hubo señales de vida.
Aquí apesta, dijo el socio. Si no sube, habrá que sacarlo o ver qué pasa ahí. Vamos, tú, abajo, le dijo al crío.
La madre se interpuso escandalizada. ¿Cómo le podía pedir eso a su hijo? A saber quién estaba allí escondido y de lo que era capaz.
Pues alguien tendrá que bajar. Si no es el crío, entonces tú, Etelvina.
La madre miró atemorizada el agujero en el suelo. ¿Por qué no él, que tenía la pistola?
No creo que quepa. Y en sitios estrechos no me meto. Ya estás bajando.
Ella dijo que no iba a poder.
No jodas. Cosas peores haces.
La madre se agarró a la cuerda. Miró a su hijo como si no fuera a verlo nunca más. Previamente, atada al sedal de pesca, había bajado la lámpara de carburo encendida.
Vamos, vamos, dijo el socio, que no es para tanto, me cago en Dios.
La madre desapareció por el pozo. El socio, el crío y el mico se quedaron mirando, inclinados hacia delante. El socio le echaba ojeadas al crío como si temiera algo de él.
Oyeron a la madre gritar.
¿Qué pasa ahí abajo?, exigió saber el socio.