Lo que sucedió en la cueva #3
Reaccionó sin pensarlo. Recogió la cuerda.
Le pareció que no acabaría nunca. A sus pies se amontonaron metros y metros, o esa fue su impresión.
Mientras tiraba todo lo rápido que podía, creyó oír algo más, movimientos en el pozo, un gruñido.
A lo mejor el que estaba abajo intentaba impedir que le arrebatara su vía de escape.
El otro extremo de la cuerda salió del pozo.
El crío lo dejó caer al suelo y apartó el montón a un lado empujándolo con el pie.
El corazón le iba muy rápido, no le dejaba escuchar.
No dijo nada. Quien estaba abajo tampoco.
Y en el silencio de este, el crío reconoció el miedo.
Lo imaginó agazapado en la oscuridad, a la expectativa, con la cabeza alzada hacia el pozo.
Recordó cómo había llamado a Salus y en su cabeza la voz sonó teñida de temor.
También de ansiedad y cautela, pero por encima de todo de temor.
Quien estaba abajo tenía miedo. Él estaba arriba y no lo tenía.
Dejó las velas y las cerillas junto al montón de cuerda.
Salió de la cueva sin apresurarse. El verdín del suelo acalló los pasos. Volvió a cerrar la puerta de ramas.
Si después de dos semanas sin recibir comida el fugao continuaba en la cueva, no tenía ningún sitio adonde ir, o estar fuera era demasiado peligroso para él, pensó el crío.
Lo imaginó pálido, barbudo, desgreñado. Si tenía alguna luz, solo se atrevería a encenderla de día, para no arriesgarse a que el resplandor, por débil que fuera, llamara la atención de alguien.
Se movería a tientas en la cámara inferior de la cueva.
Si se le había acabado el agua, lamería la humedad que rezumaba de las paredes.
Si se le había terminado la comida, comería verdín, comería arañas, comería murciélagos y los disfrutaría tanto como disfrutaba él cuando, antes de la guerra, su padre llevaba un pollo a casa.
Imaginó que rezaba, pero se acordó de que los rojos no creían en Dios. Aunque a lo mejor sí lo hacían cuando las cosas se ponían difíciles. ¿No decía eso su madre? ¿No se lo había oído repetir cientos de veces? Ya os llegará la hora en que recéis, y entonces nadie os hará caso.
Ató un sedal de pesca al asa de la cesta y la bajó por el pozo. Si el hombre intentaba trepar, el sedal se rompería. El crío perdería la cesta, pero el hombre perdería mucho más.
Dentro de la cesta, las dos velas y la caja de cerillas. La cesta llegó abajo. Esperó hasta oír el chasquido de una cerilla. Luz no vio. Contó en silencio hasta diez. Del fondo del pozo no llegó ningún sonido.
En la cesta también había metido una nota, escrita en papel de estraza: no ables si qieres comer si ablas me boi.
El crío se cuidó de no decir nada él tampoco. Si el de abajo descubría que solo era un crío, no tendría miedo.
Subió la cesta. El de abajo había pasado la primera prueba. Las velas y las cerillas no estaban.
La víspera, el socio del padre había ido de visita a su casa.
Les seguía llevando regalos, que la madre agradecía, aunque cada vez eran más modestos, no como en los días siguientes a la llegada de las Brigadas de Navarra.
Ahora, como mucho, medio balde de carbón, un frasco de achicoria.
El socio intentaba volver a trabajar como contratista.
Aseguraba que era un momento de grandes oportunidades, aunque nadie las regalaba.
Concluida una lucha, empezaba otra. Los arribistas se pisoteaban sin compasión entre ellos arguyendo superioridad moral.
El crío había oído cómo el socio le decía a la madre que no dejada de toparse con dificultades.
Pese a su buena relación con los falangistas, corrían infundios en su contra, poniendo en duda su afección al nuevo régimen.
No obstante, el socio iba a misa a diario y confiaba en que el alcalde, amigo suyo y antiguo ayudante de Obras Públicas, terciara en su favor.
Seguía teniendo el mico. Como la madre no le permitía meterlo en casa, lo dejaba en el rellano de la escalera, atado a un barrote del pasamano. Había intentado enseñarle a repartir las cartas para divertir a sus compañeros de partida, pero no lo había conseguido.
El crío salía a mirar al mono. No le gustaba estar en casa cuando iba el socio de su padre. A la madre tampoco le complacían sus visitas; el crío se lo había oído decir. Continuaba tratando con él por los regalos y porque confiaba en sonsacarle algo sobre su marido.
El último regalo del socio habían sido seis patatas. La madre ordenó al crío que las pelara, lo que él hizo sacando las peladuras bien gruesas, con mucha parte blanca.
Metió las peladuras en la cesta y la bajó de nuevo.
Comerás. Pero no mejor que yo y mi madre.
De noche miraba por la ventana hacia el otro lado de la ría. Se imaginaba al hombre en una oscuridad dentro de otra oscuridad. Si había resistido, tenía que ser alguien fuerte y con entereza, una persona que sabía esperar sin perder los nervios.
Nunca había pensado en nadie con tanta intensidad. Moldeaba un retrato del fugao a partir de lo poco que sabía. Nunca lo había visto y solo lo había oído hablar una vez, pronunciando una única palabra, y aun así era más real que muchas de las personas con que se cruzaba a diario en la villa.
La Navidad aumentó la tristeza de la madre. No se resignaba a la muerte de su marido. Desoyendo todos los consejos, se empecinaba en pensar que podía volver algún día o, al menos, que ella averiguaría lo que había sido de él.
El crío dejó caer por el pozo un polvorón de bellota.
La madre se tragó una vez más el orgullo y mandó al crío al comedor infantil de Auxilio Social. Muchos niños escondían parte de la comida para llevarla a casa. Él la llevaba a la cueva.
En ocasiones se quedaba como absorto junto al pozo, del que subía un olor rancio, a veces a mierda. Sabía que el hombre estaría a la espera de recibir cualquier cosa, mordiéndose la lengua para no suplicar algo de comer. Al cabo de un rato se iba.
Más que lamentarse por no saber nada del padre, la madre despotricaba.
Dicen los rojos que es mejor ser la viuda de un héroe que la mujer de un cobarde.
Hasta en eso se equivocan. Hablaba así cuando regresaba de vender jabón, con los pies doloridos y sintiéndose estafada.
Se quejaba de las requisas oficiales, cuando entraron en su casa y se llevaron los cubiertos, cuando la pararon por la calle y le exigieron el anillo de boda, a punta de ametralladora, a ella, a ella. Su reserva de aversión era inagotable.
Tú sabes algo, le decía al socio, refiriéndose al marido. De algo te puedes enterar, ¿no? Y él negaba con la cabeza y repetía una vez más que era mejor mirar adelante, fatigado del tema y atosigado por sus propios problemas.
La gestión del alcalde no había sido ineficaz, sino inexistente.
A finales de diciembre fue destituido por falta de celo y multado.
El jefe local de la Falange elaboró una propuesta de nombres para formar una nueva gestora municipal.
El socio trató por todos los medios de ser incluido, pero, de nuevo, surgieron voces en contra, cuestionando su solvencia moral.
Para aplacar a la madre, el socio demandó favores y consiguió que recuperara los muebles que le habían arrebatado y que seguían amontonados en la iglesia.
Los cargaron hasta la casa cuatro presos de la cárcel instalada en la lonja del pescado.
La madre supervisó cómo los subían por las escaleras.
La madera estaba desportillada; los tapizados descoloridos y rotos; la ampulosidad ultrajada.
¿Para qué? ¿Para qué?, preguntaba ella, más agraviada aún.
Los presos tenían la mirada ida y ella les decía qué miráis, fuera de aquí, avergonzada de su casa venida a menos.
Cubrió los desperfectos de los muebles con almohadones y tapetes de ganchillo e invitó a tres amigas a tomar el té.
Los rojos se habían llevado la cubertería, pero conservaba las tazas buenas.
Las cuatro habían hecho lo posible por arreglarse, aunque les habían incautado las joyas.
Una de las invitadas había llevado seis onzas de chocolate.
Otra, cuyo marido tenía contactos en el estraperlo, una lata de melocotón en almíbar.
Recordaron cómo los rojos las obligaron a fregar de rodillas el suelo del casino y desatascar los retretes. Dos tuvieron que posar la taza. Otra cerró los ojos y se cubrió la boca con un pañuelo.
Bajando la voz, la madre les contó algo que el socio de su marido le había dicho.
El anterior sábado, unos de la Falange habían ido de ronda por las tres cárceles de la villa.
Escogían a los presos que les parecían más farrucos y les rapaban la cabeza.
A las presas también. Con unas tijeras para esquilar ovejas.
Una invitada se recostó en el sillón con una sonrisa ensoñadora.
Ay, qué prestoso habría sido verlo.
Bajó en la cesta otra caja de cerillas y una botella de sidra. Subió la cesta. Bajó la cesta con un jersey de lana de su padre y una nota:
sidra o gersei.
Cuando llovía, imaginaba el macizo de Ardines como una gran esponja que se iba empapando de agua, con el hombre en el centro.
Le robó una pastilla de jabón a su madre y la dejó caer por el pozo.
El pan negro que le daban en el comedor infantil lo guardaba para pescar. No tenía caña, solo sedal y anzuelo. Escondido entre los juncos de la orilla pescaba muiles, grandes y pesados, estúpidos, fáciles de coger. Olían a barro. Los tiraba por el pozo.
Un día, tras arrojar un par de peces, no oyó nada abajo. El hombre no hablaba porque se lo tenía prohibido, pero algún ruido podía hacer, ¿no?, para que él supiera que seguía vivo. En ese momento no se le ocurrió cómo salir de dudas.