Lo que sucedió en la cueva #2
Una trocha abierta por jabalíes subía la ladera.
Avanzó agachado por el túnel vegetal. El suelo estaba embarrado y recorrido por babosas.
De los espinos colgaban cerdas de jabalí.
El olor a ramas rotas y a tierra revuelta mareaba.
Por el túnel circulaban corrientes de aire, ahora cálidas, como salidas de una madriguera de animales, ahora frescas y húmedas, como exhaladas por la ría.
Cada vez que una de las corrientes lo alcanzaba, las cálidas de frente, las frescas por la espalda, él se detenía a la espera de no sabía qué, hasta que se acordaba del arcoíris y continuaba adelante.
De entre el brezo y el laurel silvestre llegaban charloteos y aleteos de pájaros.
En ocasiones el sonido se iniciaba de súbito, alarmada el ave por las pisadas del crío, y un instante después menguaba, alejándose, pero otras veces el sonido persistía, acompañado de un frufrú frenético de hojas, como si el ave hubiera quedado atrapada por algo que no le permitía emprender el vuelo.
Apartó ramas para abrir un ventanuco. La ladera del macizo de Ardines formaba un seno.
La trocha remontaba un costado y el extremo del arcoíris apuntaba hacia el otro.
Le decepcionó descubrir que no alcanzaba el suelo.
Sin embargo, allí había algo, debajo de los colores, a modo de pequeño consuelo, muy oscuro en comparación.
Un hombre caminaba entre la maleza. Boina y abrigo negro, un morral con mucho bulto, y se apoyaba en un bastón.
El crío lo reconoció. Era Salus, el carpintero de ribera.
Antes de la guerra era habitual que recorriera los alrededores del pueblo buscando troncos adecuados para las piezas que tuviera que fabricar.
En el morral solía llevar sus plantillas, los calibres y el hacha.
Había regresado al trabajo. Volvía a haber embarcaciones en el puerto.
El crío se quedó muy quieto. El hueco entre la vegetación no era lo bastante grande como para llamar la atención del carpintero.
Salus se detuvo en una terraza natural de la ladera y miró a su alrededor.
Lio un cigarrillo y lo fumó con parsimonia, sin dejar de observar el camino por donde había llegado, la ría y la villa.
Luego introdujo las manos en la apretada vegetación de la pared de la ladera y separó una parte, como un gran almohadón marrón y verde, pensó el crío, o la pieza de un rompecabezas, o una puerta escondida, y donde antes había habido madera y hojas y espinas ahora se abría un espacio negro, la boca de una cueva.
Esto no sorprendió tanto al crío. Las cuevas abundaban en la zona.
Muchas se habían usado como refugio durante lo que iba de guerra.
En la cueva de Berbes, todos los vecinos corrían a cobijarse en cuanto asomaba la alcahueta, el avión de reconocimiento de la Legión Cóndor.
El maestro había trasladado allí la escuela para no perder tiempo con tanto ir y venir.
La boca donde se metió Salus tenía la anchura de una puerta como las de las casas y era más baja. El carpintero se tuvo que agachar. Luego tiró del entramado de vegetación para ocultar de nuevo la entrada.
Mientras el crío esperaba, desapareció el arcoíris.
Sabía que en la cueva no había ningún tesoro porque Salus nunca había poseído nada valioso.
Dormía en un rincón del taller que tenía en el puerto, con un cuchillo debajo de la almohada por miedo a las ratas.
Su mayor pesadilla era que, una noche en que hubiera bebido demasiado, las ratas lo rodearan y comenzaran a devorarlo, y que él, anestesiado por el vino, no se despertara a tiempo de sacudírselas de encima.
Esto lo sabía el crío porque se lo había contado su padre, a quien Salus le caía bien.
El padre le había regalado al carpintero un abrigo que le empezaba a quedar estrecho.
Otra vez unos guantes de lana. También lo invitaba a un último vaso de vino cuando ya nadie estaba dispuesto a hacerlo.
El carpintero no tardó en salir. Primero asomó la cabeza y, como había hecho antes, observó largamente los alrededores. Cuando se alejó, la cueva volvía a ser invisible. Todo estaba como antes, con la salvedad, se fijó el crío, de que ahora el morral del carpintero abultaba menos.
De repente tuvo miedo de que Salus lo descubriera. Bajó por la trocha lo más rápido que pudo y regresó a casa.
A finales de octubre, tras la caída de Gijón, la guerra era una tormenta que se alejaba.
Continuaban oyéndose truenos, pero cada vez más débiles.
Solo llegaban noticias de derrotas republicanas, de carreteras colapsadas por soldados en retirada, de desorganización y de mandos en fuga.
Por lo que respectaba a Asturias, ya estaba todo dicho.
En diciembre se levantó la prohibición de celebrar mercados.
El primer día se soltó un toro. El dueño quería venderlo porque le quedaban pocas vacas que cubrir.
Luego se dijo que el animal estaba loco; era hijo de hermano y hermana.
El toro, de más de mil kilos, se enrabietó y arrambló con el cercado.
Antes de que la guardia civil lo abatiera a tiros, arroyó a un vecino.
La noticia corrió por todo el concejo. El vecino había muerto en el acto. Salus no se volvería a preocupar por las ratas.
Hasta entonces, el temor a encontrarse con el carpintero había mantenido al crío lejos de la cueva.
Por las noches, se dormía pensando en lo que Salus escondía allí, aunque no era eso lo que más le interesaba.
¿Cómo sería la cueva de profunda? ¿Estaría comunicada con alguna de las otras que había en el macizo?
Si entrara por la boca camuflada con ramas, ¿por dónde saldría?
En ella podría tener un refugio secreto, podría ser su segunda casa, donde no debería obedecer las órdenes ni oír los lamentos de nadie.
Sin embargo, tras enterarse de la muerte del carpintero, no fue a la cueva de inmediato.
Había oído hablar de los fugaos. Allí debía de haber alguien escondido.
Salus le llevaba comida y noticias acerca de cómo estaban las cosas en la villa.
No había otra explicación. Debía de ser algún republicano de los alrededores.
El crío imaginó que aquel hombre, fuese quien fuese, se asomaría fuera de la cueva al amparo de la noche.
Saldría a respirar aire fresco y a contemplar la villa.
No se alejaría de la entrada, siempre atento a cualquier ruido, siempre angustiado.
Cuando se le acabara la comida y se resignara a que Salus no iba a volver, no tendría más opción que irse, y entonces la cueva quedaría libre.
El crío dejó que pasara una semana. Luego otra. Para entonces el fugao, si lo había, ya se habría marchado. Se figuró que había conseguido escapar. El socio del padre también jugaba a las cartas con los falangistas y no había oído que hubieran apresado a nadie por la zona.
El barquero que lo pasó a la otra orilla miró la cesta de pesca y le guiñó el ojo, dando por supuesto que el crío tenía una caña escondida en algún sitio.
Estaba prohibido pescar en la ría, por todos los cadáveres que, decían, había aguas arriba.
No obstante, algunos vecinos hacían caso omiso.
En dos ocasiones, cuando el crío volvía a casa, la guardia civil le había ordenado que les enseñara lo que llevaba dentro: una vez, castañas; otra, cardos.
Subió por la trocha de los jabalíes. Mientras se acercaba a la cueva, no dejó de mirar por encima del hombro.
Antes de retirar el entramado de ramas que servía de puerta, se agachó y, como había visto hacer a Salus, dedicó un buen rato a asegurarse de que no hubiera nadie cerca.
Apartó la puerta y entró. Escondidas bajo la ropa llevaba dos velas y una caja de cerillas.
Aun así, no se atrevió a cerrar la puerta por completo.
La luz del exterior le daba confianza. Las piernas le temblaban.
Estaba en una sala de dos metros de ancho y cuatro de largo.
No había nadie. Se tranquilizó. El techo era bajo, erizado de estalactitas de un palmo de largo.
Un adulto habría tenido que caminar encorvado.
Las paredes se hallaban cubiertas por una sustancia blanquecina, parecida al residuo que queda cuando se escupe sobre un ladrillo caliente.
En el suelo de barro crecía una tupida alfombra de verdín, de un color intenso y brillante, en la que, con total claridad, se apreciaba el sendero de huellas que iba desde la entrada al fondo de la cueva.
En la parte más profunda las paredes se arrimaban una a la otra y el techo perdía altura.
Las estalactitas eran más grandes y abundantes, y al pie de las paredes se alzaban estalagmitas.
En el suelo se abría un pozo. Se acercó.
La luz del exterior no permitía apreciar cómo era de profundo.
Quizá llevara a otra sala. Encendió una cerilla y de inmediato la apagó, asustado.
El fogonazo le había mostrado la cuerda que salía del pozo.
El extremo estaba atado a la más gruesa de las estalagmitas.
Alguien había teñido la cuerda de negro para disimularla.
El crío se acordó de las manos del carpintero de ribera, siempre manchadas del alquitrán que usaba para calafatear.
Se quedó muy quieto. Oyó algo. Ruido en el pozo. Algo se movía allí abajo. Le pareció distinguir un susurro. Y luego, muy clara, una voz.
¿Salus?