Esta es tu casa
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Lo que sucedió en la cueva
L a sirena de la lonja del pescado callaba.
Habían cesado los bombardeos aéreos. También el fuego de artillería.
Durante veintidós días, las ondas expansivas se habían apropiado de las calles de la villa corriendo ahora en un sentido, de inmediato en el opuesto, entrechocando, llevando al delirio a los vecinos, haciendo añicos los cristales de todas las ventanas y flamear las cortinas en contra del viento.
El colofón había llegado hacía una hora, cuando los milicianos en retirada dinamitaron el puente sobre el Sella.
Era media tarde. El silencio penetraba hasta el último rincón, como si buscara paliar los daños causados por las ondas expansivas.
Todas las embarcaciones habían zarpado del puerto.
La explanada entre el agua y la primera línea de casas también estaba desierta.
Ni un vehículo, ni mucho menos personas, solo cascotes desprendidos de las fachadas.
Las bocacalles que daban a la ría estaban cerradas con parapetos de sacos.
Las gaviotas y los cormoranes no osaban alzar el vuelo de sus dormideros frente al mar.
Bajo los muelles, las ratas formaban cercos temblorosos, con las crías lampiñas en el centro, contagiadas del nerviosismo husmeante de los adultos.
En las casas, los vecinos que no habían podido escapar y los que nunca habían tenido intención de hacerlo permanecían mudos, a lo sumo un suspiro que no iba más allá de la habitación de al lado, o el susurro de unos dedos huesudos y ásperos al pasar las cuentas del rosario.
El silencio permitió oír desde lejos la columna motorizada.
Tan ansiosa estaba la madre que fue una de las primeras en atreverse a salir.
Bajó las escaleras llevando al crío de la mano.
En el portal le remetió la camisa en los pantalones y lo peinó con los dedos.
La cabeza bien alta. Mírame a mí, así. Las calles de Ribadesella estaban vacías.
Muchos habían huido, a bordo de buques ingleses, de embarcaciones de pesca, hacinados en camiones, a pie.
En la villa no quedaba nadie con autoridad.
Las Brigadas de Navarra desfilaron blandiendo la enseña nacional.
Un brigadista se apartó de la columna y detuvo la moto.
Le dio al crío un trozo de pan blanco. A la madre la repasó de la cabeza a los pies, sonriendo.
Ella, que se había vestido de domingo, sacó pecho.
¡Viva España!, dijo. Los balcones se engalanaban con banderas que llevaban quince meses escondidas.
Cada vez más vecinos se animaban a salir. Caminaban pegados a las fachadas. Cruzaban las calles encogidos y a la carrera. Los republicanos se habían atrincherado en la otra orilla del Sella.
Aquella tarde la madre y el crío asistieron a misa por primera vez en más de un año, una ceremonia de campaña oficiada por un capellán castrense.
La iglesia había sido cañoneada. Dentro se apilaban muebles decomisados.
A la madre le rugió el estómago mientras esperaba su turno para recibir la comunión.
Luego dejó ir al crío, que corrió por el pueblo, ávido de maravillarse.
En la Plaza del Mercado del Ganado, una sección de carros de asalto permanecía cobijada bajo los árboles.
El crío sabía que los ocultaban de la aviación republicana, pero prefirió pensar que los carros habían buscado el alivio de la sombra, como un grupo de rinocerontes tras una larga marcha.
Los brigadistas sacaron a la calle los instrumentos de la banda municipal e improvisaron una murga.
Concluía septiembre y el ambiente era de fiesta de verano.
El crío llegó a la Plaza Nueva. Bajo el quiosco de música jugaban a la brisca unos moros. Uno llevaba un mico encaramado a la espalda. Paseaba de un hombro al otro como si montara guardia. A veces se ponía de pie y oteaba, agarrado con una manita peluda al turbante.
De los hombres que rodeaban a los moros como si siguieran la partida, uno le guiñó un ojo al crío.
Llevaba cazadora de piel y sombrero de fieltro de ala ancha.
El crío se quedó muy quieto, sin saber qué hacer, un poco asustado.
Qué, ¿no vienes a saludarme? Y entonces apareció la madre, corriendo, y se lanzó a los brazos del hombre.
Estaba llorando. Se apartó de él para mirarlo mejor.
Se dobló como si le doliera el estómago, sin dejar de llorar, se llevó las manos a la frente y lo abrazó de nuevo.
¿Pero dónde estabas? Escondido. ¿Escondido?
¿Dónde? Por aquí cerca, ya sabes. Y estás bien, estás bien, repetía ella.
Creía que te habían matado, que te habían hecho a saber qué y luego matado.
Qué me van a matar esos. No digas tochuras.
Era contratista de obras, el socio del padre del crío.
Sonreía satisfecho. Se inflaba los pulmones como si hiciera mucho tiempo que no respiraba aire limpio, aunque no tenía mal aspecto, afeitado, las mejillas llenas, color bueno.
Estrechaba la mano a otros vecinos, que lo miraban extrañados.
Del padre del crío nada se sabía desde el estallido de la guerra.
Veinte días tardó en quedar asegurada la orilla izquierda.
Se acallaron las ametralladoras antiaéreas.
La Falange llevó a cabo batidas para sacar de sus escondrijos a los echados al monte.
Corrían rumores de que los huidos estaban dispuestos a todo: cruzar la ría a nado, al amparo de la noche, y prender fuego a la villa donde habían nacido y aún tenían familiares.
No había suministro de agua ni de electricidad.
La madre y el crío hacían cola en la fuente de la iglesia y acarreaban los baldes a casa.
Igual que había hecho durante el año anterior, la madre fabricaba jabón con grasa de cerdo.
La sosa le había arrasado las manos. Recorría las aldeas del concejo cambiando jabón por comida.
Así habían sobrevivido ella y su hijo. Más gente hacía jabón, pero el de la madre era el mejor.
Se servía de cuanto dispusiera a mano, era imaginativa y no tenía miedo de realizar experimentos.
Hallaba en ello un placer que no se podía arrebatar ni censurar.
Sin dejar de remover la mezcla en ebullición, agregaba corteza de limón rallada, infusión de cardo o algas secas.
Los recorridos por las aldeas tenía que hacerlos a pie.
El coche se lo habían incautado nada más empezar la guerra.
Para el crío las cosas tampoco habían mejorado tanto como querría. En el cine Divino Argüelles se habían dejado de proyectar películas. Ahora se usaba como cárcel.
Al socio del padre lo veían a diario, o casi.
Los visitaba en casa. Les llevaba una borona o una botella de anís.
Se sentaba en la cocina a hablar con la madre.
Él fumaba. Ella removía el jabón y le contaba lo que la habían obligado a hacer, descabezar sardinas en las fábricas de conservas, limpiar los baños de los barcos de refugiados.
Si el socio del padre no iba a casa, siempre sabían dónde encontrarlo.
Jugaba a las cartas en el café Apolo con el alcalde, nombrado por el comandante militar de la plaza.
El socio del padre se hacía notar porque, el día en que los nacionales entraron en la villa, le compró el mico al moro al que vieron en la Plaza Nueva.
Lo llevaba sujeto con una correa de perro.
Se pasaba el fiador de la correa por la muñeca y jugaba a las cartas con el mico subido a la espalda.
El bicho se cambiaba de un hombro al otro escapando del humo del cigarrillo.
El crío iba a la otra orilla él solo. Un servicio de lanchas transportaba a los vecinos desde el puerto a la Punta del Arenal.
Durante el trayecto el crío contemplaba los restos del puente dinamitado, ahora nada más que una percha enorme para las gaviotas.
Caminaba, por la orilla de la ría en dirección a Sardalla.
Cargaba con una cesta de pesca por si encontraba algo que llevar a casa, castañas, setas.
Al principio le decía a su madre adónde iba, pero no tardó en dejar de hacerlo.
Ella estaba vendiendo jabón por las aldeas u ocupada en la cocina, hablando sola, monólogos en tono afrentoso que repetía varias veces a lo largo del día, de manera idéntica, sin cambiar ni un solo insulto, ni uno de los resoplidos de desdén que intercalaba a modo de cesuras dramáticas.
Un sábado por la tarde oyó a su madre empezar de nuevo.
El crío cogió la cesta. ¿Adónde vas tú? Está orvallando.
Dijo que a por caracoles y salió de casa.
Bajó la escalera del edificio muy despacio, esperando que su madre abriera la puerta y comprobara si se había abrigado bien, pero ella no se asomó.
Mientras cruzaba la ría dejó de llover. La capota de nubes se abrió y se formó un arcoíris.
Nunca lo había visto tan cerca. Traslúcido, sí, pero se diría que también sólido: un nítido portal hacia cuyo centro se dirigía la lancha.
Un extremo teñía la espuma de las olas ante la playa.
El otro se hundía entre los árboles, en la zona que él acostumbraba a recorrer, más allá de la cuevona de Ardines.
Por supuesto, había oído historias sobre lo que se oculta al pie de un arcoíris.
En cuanto saltó a tierra caminó hacia allí.
Justo enfrente, al otro lado de la ría, estaba su casa.
Otras veces le había reconfortado mirar en aquella dirección y pensar que su madre le esperaba, pero quién quería mirar ahora su casa.