Esta es tu casa Primera noche #4
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Primera noche #4

El llanto de la niña había bajado de intensidad.

Mientras le acariciaba el pelo para tranquilizarla, Emilia se sentía profundamente bien.

Se sentía parte de la familia, en una medida mayor a la experimentada hasta entonces.

Se las había apañado para que los niños no sufrieran daño y había sido testigo de una muerte en la casa, aunque solo fuera una muerte menor, de una criatura de la que se recordaría no tanto lo que había sido en vida como las dramáticas circunstancias de su fin.

El niño preguntó si no iban a llamar a su padre.

Emilia lo sopesó. Decidió que enviaría un mensaje a Jon diciéndole que antes estaba ocupada acostando a los niños. Por eso no había respondido. Añadiría que todo iba bien y que hablarían por la mañana.

Os diré lo que haremos. Vamos a recoger y a limpiar. ¿Me ayudáis? ¿Somos un equipo?

Ellos asintieron y Emilia se alegró. Era imposible que se durmieran de inmediato. El trabajo rebajaría la emoción y les ayudaría a conciliar el sueño.

Seguro que la luz volverá pronto. Entonces nada parecerá tan grave. Llamaremos a vuestro padre por la mañana.

Markel había oído la conversación en la cocina. La mujer no era la madre de los niños. Entonces, ¿quiénes eran sus padres? Jon y Katharina no tenían hijos.

Estás cansado, dijo la silueta en las escaleras. ¿Por qué no te acuestas un rato? Te buscaré una habitación donde estés cómodo.

¿Quién es la mujer?

Alguien que lo ha pasado mal y que también se merece un descanso. Ha protegido a los niños y la casa. Estoy orgullosa de ella.

Markel se rio, desdeñoso.

¿La casa?, preguntó, y abrió los brazos en un gesto con el que pretendía abarcar los destrozos; los que se hallaban a la vista y los que no.

La silueta no dejó de dirigirse a él de modo amable, aunque en su tono se trasparentó una vena de dureza.

Esta casa ha sufrido daños mucho mayores y siempre ha contado con manos atentas y expertas para sanarlos. ¿Para qué quieres la piedra?

Markel se había olvidado de ella.

No la necesitas. Puedes dejarla en la consola que hay a tu espalda.

Así, muy bien. ¿Sabías que una noche, durante una tormenta, la rama de un árbol se clavó en el tejado?

Una rama tan grande que parecía un árbol.

Atravesó el techo de una habitación, justo encima de una cama donde, por suerte, en ese momento nadie estaba durmiendo.

En otra ocasión, mucho antes, en otra habitación, un bebé dormía en una cuna al pie de una ventana abierta.

Empezaron a entrar avispas, docenas, puede que cientos, aunque esto quizá sea exagerar, y se posaron en la colcha que cubría al bebé.

Formaron una segunda colcha, que bullía y se ondulaba.

¿Lo imaginas? Y el niño se despertó y se movió.

Y aun así no le pasó nada. Las avispas alzaron el vuelo y salieron por la ventana, sin que ni una sola le hubiera picado. ¿Habías oído estas historias?

Markel negó con la cabeza, sin caer en que, a oscuras, la silueta no podía verlo.

Te las contaré mañana. Esas y otras. ¿Te gustaría?

Él asintió.

Te las contaré todas. Prometido.

Y añadió: Seguro que también tienes muchas preguntas, pero antes es mejor que descanses.

Él volvía a mirar hacia la cocina. La mujer y los niños estaban hablando. Quería oír qué decían. Tal vez fuera importante.

Déjalos tranquilos. Tienen trabajo que hacer. Yo me encargaré de ti. ¿Te parece bien?

No lo sé.

Esta casa siempre te ha gustado.

Sí. Yo quería vivir aquí.

¿Lo sigues queriendo?

Creo que sí.

Acompáñame a tu habitación. Además de preguntas, tendrás hambre. Te prepararé algo de comer. En este momento no me es posible, pero cuando te despiertes, lo tendré resuelto.

No obstante, él seguía siendo reacio. Le atraía lo que pasaba en la cocina.

Los niños que jugabais aquí no dejabais de perder juguetes en el jardín. Aparecían mucho después, al segar la hierba o podar los setos. Los jardineros los recogían. En algún sitio hay una caja repleta. Tal vez encuentres alguno de los tuyos.

La silueta comenzó a bajar las escaleras y Markel la siguió.

Él iba a tientas, agarrándose al pasamanos.

La silueta seguía llevando las manos a la espalda, un gesto formal que, por fuerza de la costumbre, se había convertido en natural para ella, lo mismo que caminar con la cabeza bien alta.

Seguramente, pensó Markel, era una de esas personas que hacen gala de ir así por la vida, con la cabeza lo más alta posible, en todo momento y al margen de lo adversas o ingratas que sean las circunstancias.

A él le amedrentaban tales personas. En su talante veía una reprobación a todos quienes no se hallaban dotados para desenvolverse de igual modo.

La silueta llegó al pie de las escaleras, giró a la derecha, hacia donde Markel recordaba que estaba el despacho del padre de Jon, y, de inmediato, a la derecha de nuevo.

A Markel le sorprendió con cuánta desenvoltura se desplazaba en la oscuridad, que en el piso de abajo era mayor.

La silueta llegó al extremo del tramo de pasillo y se detuvo a esperarlo.

Su contorno se recortaba contra la pared del fondo, oscuridad sobre oscuridad.

Dobló a la izquierda. Markel se tranquilizó.

Conocía el camino. La silueta lo conducía a la habitación donde él se alojó en su última e infausta visita; infausta a la postre, pues durante los primeros días había sido feliz en la casa. Así lo quería recordar.

Caminaba tanteando la pared. Lo guiaba el faro negro de la silueta.

Ya debían de estar llegando. El pasillo, recordaba, concluía en un cuarto de baño con suelo de mosaico blanco y negro y sanitarios verde menta, de estilo art decó, donde siempre había un olor que le hacía pensar en una marisma, entre rancio y salado, para nada incómodo.

A la izquierda del cuarto de baño estaba su habitación.

Se sentía muy cansado. Agradecía la oportunidad de tumbarse.

Más aún la de volver a despertar en aquella habitación a la luz del día, con su amplia ventana, frente a la que crecían dos cipreses tan juntos que parecían un único árbol.

Entonces podría conocer a la mujer y a los niños.

Se presentaría, el primo de Jon, primo segundo, para lo que necesitéis…

A lo mejor os puedo echar una mano sacando los muebles rotos…

¿Cuánto tiempo llevaban caminando? Tenían que estar a punto de llegar.

De pronto la silueta dobló a la derecha y él apretó la zancada para no perderla de vista.

No recordaba aquel recodo. Avanzaban por un tramo tan oscuro como el anterior y, al parecer, incluso más largo.

Se dijo que, en algún momento, se había desorientado.

Avanzar a ciegas agrandaba las distancias.

Aunque no despegaba la mano de la pared, no tocó ninguna puerta, ningún cuadro, nada salvo una superficie desnuda, rugosa y fría.

El pasillo volvió a girar a la derecha. Si sus recuerdos eran mínimamente veraces, no podían seguir en la casa; esta no era de dimensiones tan extensas ni de distribución tan intrincada.

Aún tendrían que caminar más y dejar a su espalda unos cuantos recodos hasta alcanzar su destino, pero antes de que eso sucediera, la silueta le dijo, sin interrumpir el paso, que se encontraría muy cómodo en el sitio reservado para él, donde se podría quedar durante todo el tiempo que deseara, pues aquella era su casa.