Britney
Central. Texas.
P ierre, Katherine, y una estúpida becaria que no deja de temblar son las únicas personas conmigo en la sala de interrogatorios. Llevo aquí días. Ni siquiera sé cuántos. Apenas he comido o dormido, pero me preocupa más que me agujereen el cráneo con una bala.
—¿Vais a sacarme de aquí de una puta vez? —digo tirando de las esposas que me atan a la mesa en la que descansa un maletín negro que no quiero ver abierto.
Katherine se inclina sobre la mesa y si fuera un hombre, se me habrían puesto los huevos de corbata.
Es una mujer aterradora. A sus sesenta y cinco años, Katherine fue quien mandó a su propio hijo a una misión suicida sabiendo que acabaría muerto. Era un mal agente, pero ella es una grandísima hija de puta sin escrúpulos.
—¿Cómo podríamos hacerlo antes de estar seguros de que podemos fiarnos de ti, Britney? —Sonríe como si supiera toda la verdad, como si esto solo fuera su pasatiempo.
Como si fuera una psicópata de cuatro años que disfruta arrancándole las patas a una araña.
—¡Os lo he contado todo! ¡Habéis mirado los registros de conversaciones! —Golpeo la mesa—. ¡Yo siempre ayudé a Sam!
—¿Y por qué nunca te mencionó en sus conversaciones con Elia? —pregunta Pierre, luego suelta una risita airosa—. Bueno, sí te mencionó poco antes de la hora de su muerte. Un poco sospechoso, ¿no te parece?
—Y conveniente —añade Katherine.
—Sam quería protegerme de los hermanos Volkara. ¡Adrien sospechó de mí desde el primer día que me uní a ellos! ¡Sam no quería dejar pistas!
Comparten una mirada y la becaria me alcanza un vaso de agua. Llevo horas hablando con la lengua más seca que si estuviera rebosante de avena integral, así que cuando la acerca a mis labios, doy un buen trago.
Escupo el líquido en cuanto toca mi lengua, pero parte de este se cuela en mi garganta, quemándomela.
—¡¿Qué narices…?! —chillo.
La única respuesta es el repiqueteo de los tacones de Katherine mientras se acerca, le quita el vaso a la becaria y se apoya en la mesa. Inclina la cabeza hasta que su cara está a un palmo de la mía.
He mirado a la muerte a los ojos en infinidad de ocasiones y, aun así, nunca he tenido tanto miedo como ahora. Katherine me acaricia el pelo, apartándome los mechones que el sudor me ha pegado a la cara.
—¿No te gusta el tequila, cielo?
—No hagas esto, Katherine —suplico.
—Tengo que hacerlo. ¿Sabes por qué? —sonríe de nuevo, pero en cuanto el gesto se borra de su rostro, mi alma abandona mi cuerpo—. Porque no he creído ni una sola palabra que haya salido de tu boca desde que pegaste tu bonito culo a la silla. Ni. Una. Sola. Palabra.
Me abre la boca a la fuerza y vierte en mi boca el contenido que quedaba en el vaso.
Toso al atragantarme con el tequila. Katherine inclina tanto el vaso que el contenido me entra incluso por la nariz.
La becaria, ahora en la esquina, es una mujer de veinticinco años que ha currado muy duro para llegar al FBI y parece que está a punto de desmayarse.
Quizá gane esa competición, el corazón no me puede latir más deprisa.
— Pierre —dice Katherine volviendo a apartarme el pelo de la cara—. Creo que nuestra agente preferiría otro tipo de ayuda para que se le suelte la lengua. El tequila no parece ser de su agrado.
Pierre abre el maletín y veo dos jeringuillas y varias bolsitas con polvo blanco.
—No —susurro intentando alejarme de la mesa.
La imagen de mi madre se aparece ante mí.
«No seas como yo, Britney. No te parezcas a mí».
Mamá. Socorro. Ayúdame.
—¿Qué pasa, cielo? ¿La cocaína no te va? Era la droga favorita de tu madre.
—Por favor —susurro.
—El efecto de la cocaína en polvo que se disuelve e inyecta, es mucho más rápido, lo que aumenta el riesgo de sobredosis, arritmias, infartos, ictus y convulsiones, ¿lo sabías?
—¡No hagáis esto! ¡He vuelto aquí por voluntad propia! —vocifero haciéndome daño en las muñecas de tanto tirar—. ¡¿Por qué iba a hacerlo de estar aliada con ellos?!
—Vamos, Britney. Ambas somos mujeres bellas, pero no tontas.
Sé que Ragnar, Aileen y Adrien tienen muchos aliados por aquí.
—Katherine se acerca a una de las paredes y pulsa el botón central para que la ventana oscura, que conecta con la sala contigua, se vuelva transparente.
Veo a David. Le han partido la cara y la tiene llena de sangre, hinchada de forma monstruosa.
Creo que ni siquiera está consciente—. Y voy a encargarme de todos uno a uno.
—¡No! ¡No lo hagas! ¡Yo no soy como ellos! ¡Nunca quebrantaría la lealtad al FBI!
Me coge la cara y la acerca a la suya.
—Y si eso es cierto, nos encargaremos de que no salgas de rehabilitación hasta que estés limpia.
¿Pero sabes? Dudo muchísimo que sea verdad.
Porque tu padre no te quiso una mierda y eres una puta que ha vendido su cuerpo con tal de comprar el cariño de los hombres.
Pero hay uno que nunca has conseguido tener.
Y estoy segura de que estuviste muy dispuesta a darlo todo por Adrien Volkara.
—¡No! ¡No, por favor! ¡Katherine!
—Vamos, Pierre, nuestra agente ha trabajado duro y sin descanso, se merece una buena dosis.
Me revuelvo, tanto como me permiten las esposas, pero me sujetan entre los tres mientras Pierre me inyecta el veneno que mató a mi madre.
La adrenalina se dispara en mis venas. El placer que me azota es mejor que un buen orgasmo y la caída de una altísima montaña rusa, juntos. Mis labios se abren en un grito sordo y mis pulmones se vacían de aire.
Voy a desear estar muerta.