Capítulo 161
L as ramas del oscuro bosque se me clavan en las plantas desnudas de los pies, junto con las piedras y la tierra del sendero, pero no dejo de correr. Mi pulso late frenético y mis pulmones arden por la falta de oxígeno, pero siento que no lo necesito.
El miedo y la adrenalina zumban por mis venas a partes iguales, impulsándome.
«Si te encuentro te follaré sin condón».
«Si te encuentro te follaré sin condón».
«Si te encuentro te follaré sin condón».
Mi cabeza elige ese momento para recordarme que es un psicópata. Uno que ha renunciado a su carrera en el FBI, y a su vida entera, por la obsesión tóxica e insana que tiene conmigo. Y que ahora está muy cabreado por oírme pronunciar el nombre de Kenerick cuando estaba metiéndome los dedos.
De repente, escucho un eco a mis pisadas. Unas que son más veloces que las mías. El miedo y la excitación se follan en mi cabeza.
Me arden los cuádriceps. ¡No puedo ir más deprisa!
Cometo el terrible error de mirar por encima de mi hombro. El cuerpo tatuado, duro y desnudo de Adrien Volkara se cuela entre los árboles convirtiéndose en mi sombra. Lleva puesta la máscara, ¡la puta máscara! ¿Cómo ha tenido tiempo de cogerla siquiera?
Lo averiguo pronto: es muchísimo más rápido que yo.
Hago grandes esfuerzos para que no me alcance. Son inútiles. Nunca tuve la más mínima oportunidad.
Cuando me da caza, estoy segura de que me voy a ir de boca contra el suelo, pero rodea mi muñeca y evita que eso pase. De un tirón fuerte, me aplasta contra sí y un instante después tengo la cara aplastada contra un árbol.
—Eso ni siquiera ha supuesto un reto.
—Adrien, Adrien… —intento buscar palabras coherentes que lo hagan entrar en razón, pero estoy poseída y ni siquiera sé si quiero encontrarlas.
—¿Lista para recibir tu castigo? —aplasta su húmeda erección contra mí y mi cuerpo contra el árbol, haciéndome daño.
—No puedes dejarme embarazada.
Me mete un dedo en el coño, hasta el fondo, y un instante después, me lo mete por el culo. Es brusco y me deja temblando.
Instantes después su polla dura se abre paso a través de mi culo. Me penetra un puñado de centímetros de golpe. Ni siquiera entiendo cómo la tiene ya tan dura.
Mi vagina se contrae muerta de envidia, pero yo grito dolorida, rabiosa y cachonda. No estaba preparada y ni siquiera me importa. El dolor y el placer se mezclan nublándome la visión.
—No debería dejar que te corrieras en una semana —su voz áspera suena muy cabreada, pero yo solo sé que su glande palpita dentro de mí con la violencia con la que me folla—. Relájate o te haré más daño del que disfrutarás.
Ahueca mis caderas, alcanza mi clítoris y lo pellizca.
Me tiemblan las piernas y veo luces blancas tras los párpados. Se convierte en una araña nacida para mi placer. Me mete los dedos mientras embiste mi culo con tanta fuerza que se me saltan las lágrimas.
Un peligroso hombre enmascarado me está follando duro contra un árbol. Y me encanta. Mis pezones se rozan contra el árbol y sé que voy a acabar sangrando, pero no me importa si así puedo rozar con los dedos el orgasmo que merezco.
—Adrien, ¡Adrien!
Va a recolocarme los órganos como si tuviera un puto máster en diseño de interiores.
Saca los dedos de mi vagina castigándome sin el premio. Agarra mis caderas y me usa para su propio placer.
—No va a entrar —jadeo—. La tienes inmensa.
Gruñe por la puñalada en forma de piropo que acabo de lanzarle.
¡Pero mi ataque da resultado! Paso a estar a cuatro patas y a su merced.
El placer me encharca las venas a medida que me penetra.
Se me ponen los putos ojos en blanco sintiendo que Adrien Volkara me está arrebatando la virginidad que no sabía que tenía.
Acelera sus embestidas hasta que me llena por completo.
De ese momento en adelante, se dedica a hacerme pagar cada letra de mi castigo sacando su secuoya hasta la punta y embistiéndome hasta el fondo de mi anatomía.
—¡Dios! —miro por encima del hombro y la imagen es demoledora.
La máscara, las venas del cuello marcándosele del esfuerzo, cada puto músculo en tensión…
Su cuerpo queda a ras del mío, sin una sola brisa de separación entre nosotros.
Mis caderas se mueven contra él de forma frenética.
Ansiosa. Necesitada. Descontrolada. Soy una hiena hambrienta que ha nacido para que él y solo él la trate así.
Entre jadeos, Adrien suelta palabras en albanés que no comprendo, pero que suenan a hechizo mágico.
—¿Vas a correrte, çmenduria ime?
—Sí.
—¿Voy a dejar que te corras?
—S-s-sí. Por favor. Por favor.
—¿Y si te hago daño para que no lo consigas? —me pellizca con fuerza y me clava las uñas—. ¿Y si nunca vuelvo a permitírtelo?
El horror me sacude hasta los huesos.
¿Y si me usa para su placer y nada más? Podría echarme a llorar, joder.
—Por favor, por favor… —suplico.
Se está follando hasta mi cerebro, ¡así no puedo ni pensar!
—¿Qué nombre no vas a volver a decir?
No lo pronuncio.
Me muerdo el labio y estoy dispuesta a arrancármelo antes de pronunciar un nombre que no sea el suyo.
—Adrien, no pares. No pares, por favor… —gimo haciéndole jaque mate en su propio juego.
Acelera el ritmo satisfecho hasta que la tensión se rompe y estallo. No reconozco el grito que sale de mí y me raspa la garganta. Pero reconozco aún menos mi cuerpo reaccionando al brutal orgasmo. Nunca he sentido nada parecido.
Su polla se hincha más y estoy a punto de desmayarme. ¡No hay más espacio! Adrien guía nuestras caderas y dejo que haga lo que quiera conmigo mientras me corro con una violencia desconocida.
Siento cómo se corre dentro, cómo la calidez me inunda mientras palpito y grito sin control. Hace que mi vagina se muera de celos por no ser la protagonista, que mi corazón tiemble y arda por él, y que las mariposas negras me muerdan el estómago por dentro.
Jadeantes, tira de mí y me pone sobre su pecho.
Le encanta jugar con la línea de fuego y a mí también, pero no la cruza. Mi corazón se salta quince latidos cuando miro esos ojos castaños preciosos. Solo puedo pensar en una cosa. «Me bebería un tanque entero de gasolina antes de hacerte daño».
Oyendo su voz en mi cabeza, le beso el tatuaje del cuello que lo empezó todo.
Tardamos un largo instante en ser capaces de decir nada, de recuperar el aliento.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Tienes un par de minutos —sonríe con arrogancia metiéndome la lengua en la boca.
—¿Qué ocurrió con la obra que estaban haciendo junto a la cafetería a la que iba tras mis sesiones de pilates? Después de que me salvaras, desapareció.
—Digamos que los trabajadores con manos de mantequilla ya no podrían dejar caer objetos peligrosos.
—¿Le cortaste las manos? ¡Fue un accidente!
Me estrecha contra él con fuerza afianzando el miedo que zumba por mi cuerpo, aprisionándolo entre los dos.
—Le corté los antebrazos. No podrá volver a cargar objetos pesados nunca más. Fui misericordioso y tú tienes la culpa.
Debería echar a correr. Ahora.
Pero no quiero hacerlo.
—¿Estás asustada?
Asiento.
—¿De mí? ¿O de ti misma?
No soy capaz de responder, pero sé la respuesta. Me siento a horcajadas sobre él y me hundo en sus labios mientras la respuesta retumba a gritos en mi cabeza:
De los dos.