Capítulo 159
O bedezco y él deja de bloquear mis fuentes de oxígeno, permitiéndome dar la bocanada que tanto necesito. Clavo las rodillas en el suelo, pero antes de que pueda recuperar el aliento, ya tengo su erección a un palmo de mí. Tiemblo de pies a cabeza.
Ni en un millón de años me cabrá en la boca.
Pero ni siquiera ahora deseo que la secuoya sea un pequeño roble.
Si me tiene que matar, que me mate.
—Has sido una chica muy mala, vajza ime e egër .
—Mucho —digo sin mirarle a los ojos, mordiéndome el labio para contentar a mi orgullo tragándome el gemido.
Siento cómo mi sexo reclama su miembro, cómo me echa en cara que ayer no le dejara follarme hasta hacerme sangrar. Antes me aterraba estar loca y ahora, que sé que lo estoy, ya no hay quien me pare.
Adrien me mueve la barbilla para que le mire.
—No voy a ponerme un condón.
—Ni siquiera te pedí que lo hicieras anoche. Fuiste tú el que quiso —alzo una ceja con arrogancia, yendo un poco de farol.
En cuanto pasen unos días y las anticonceptivas hagan su trabajo, no volverás a usar uno. Palabra.
Gruñe por mi respuesta y yo aprovecho su descuido para meterme su polla en la boca de una sentada. Pobre de mí, criatura inocente. Abro los ojos y ni siquiera ha entrado la mitad de la puta secuoya.
—Clara —vocifera cogiéndome del pelo.
¿Alguna vez dejará de ponerme tanto oír mi puto nombre en sus labios?
Furiosa de todo lo que me hace por dentro, uso la lengua y mi saliva para metérmela un puñado de centímetros más . El delicioso sabor salado que me inunda la boca viene de la mano del ardor de mi mandíbula por tener que abrirse tantísimo.
Le haría un monumento a las venas de su polla, aunque me dé coraje reconocérmelo .
Adrien me tira del pelo y me obliga a mirarle a los ojos.
—Despacio.
Órdenes a mí.
Obedezco. Sí. Durante unos instantes masajeo su miembro hasta la base con las dos manos mientras el resto de su largura entra y sale de mi boca resbalando por mi lengua.
Pero en cuanto baja la guardia, succiono con fuerza y hundo su erección en mi boca mucho más. Los sonidos animales que emite masturban mis terminaciones nerviosas sin piedad. Estoy goteando y me encantaría usar mis manos para aliviarme.
—Qué bien lo haces, Clara.
Mis pezones se endurecen con sus halagos y acabo gimiendo. Pero ni siquiera entonces me pierdo detalle de cómo me mira. El fuego que emiten sus ojos consigue que me vea en la imperiosa necesidad de frotarme más las piernas.
—Sé que quieres tocarte, pero no puedes. Así me has torturado a mí durante semanas.
¿Yo? El cuerpo me arde.
La necesidad causa dolor entre mis piernas. DOLOR. ¿Por qué cuando te prohíben algo se convierte en un manjar mucho más suculento?
Me imagino sus dedos hundiéndose en mis pliegues, el bendito monstruo que tiene por polla haciéndome suya.
Frustrada y enfurecida, acelero el ritmo de mi boca y ahueco las mejillas para que el cretino tenga menos espacio y se corra como un adolescente que no aguanta ni dos segundos duro.
—Hostia puta — brama—. Sí, joder .
Nopiensesencorrerte.
Nopiensesencorrerte.
Nopiensesencorrerte.
Nopiensesencorrerte.
Imaginar cómo va a ser que él se corra en mi boca tampoco ayuda a excitarme menos. No paro de oírle en mi cabeza. Oírle rompiendo en un orgasmo que aún no ha llegado.
Tengo los muslos tan mojados que voy a acabar sentada en un charco.
Las lágrimas se desbordan de mis ojos sin parar al tiempo que sus caderas se mecen follándome la cara justo como quiero que haga.
—Estás hecha para mí, çmenduria ime.
Asentiría si tuviera la opción. Reprimo las arcadas como puedo, pero es evidente que a él le gusta ver lo que me esfuerzo. El muy sádico encuentra placer llevándome a un límite peligroso. Me hundo en un mar de adrenalina.
Confío en él más de lo que lo he hecho nunca en nadie.
Estoy completamente loca.
Con la siguiente embestida gimo y mi cuerpo se sacude de forma involuntaria en una ristra de pequeños espasmos. Su polla se tensa en mi boca, endureciéndose todavía más.
No debería saber tan bien. NO DEBERÍA. Con esfuerzo, la hago llegar hasta el puto fondo de mi garganta. Dudo si va a asfixiarme. Mi resistencia es una cuerda a punto de partirse en dos.
Tengo la boca llena. Con la necesidad apoderándose de mí intensifico el roce de mis piernas. Él ruge como un monstruo y me tira más del pelo, castigándome, pero eso me pone todavía más.
¿A quién podría temer después de Adrien Volkara?
Él es el animal que libera la bestia que hay en mí.
Saca su miembro de mi boca hasta la punta y vuelve a embestir hasta llegar al fondo de mi garganta, usándome a su antojo. Mi coño revive lo de anoche, imaginándose tener la suerte de mis labios.
Es demasiado. No puedo más. ¡No puedo más!
La cuerda se rompe. Se me ponen los ojos en blanco y empiezo a correrme. Pierdo la batalla de orgullos y pocos instantes después, su semen se derrama en mi boca. Adrien se aferra a mí con todo lo que tiene mientras sigo sus movimientos. Sus últimas acometidas bruscas y severas.
Emite sonidos guturales como un animal al que están matando y es lo más erótico del puto universo. Mi placer estalla en todas direcciones mientras su semen gotea por las comisuras de mis labios, resbalando por mi barbilla hasta mi cuello.
Desearía tener una A ahí también.
Sigo corriéndome, igual que él. Ni siquiera sé dónde estoy, solo sé que mi cuerpo ya no me pertenece.
Cuando el orgasmo termina para los dos, Adrien retrocede un paso y jadeante me pide que abra la boca, que quiere ver su semilla en mi lengua. Pero no puedo.
Ya me lo he tragado todo.