Está dentro de mí (Depredador Enmascarado 2) Capítulo 158
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Capítulo 158

Horas después, en alguna parte del país…

M e despierto notando unos lametones en la punta de la nariz y al abrir los ojos, veo que no son de Adrien. Acaricio al adorable gatito, pero mis ojos se desvían pronto en otra dirección: hacia el cuerpo duro que tengo contra mí.

Se le marcan los abdominales incluso dormido.

Debería ser ilegal ser tan odiosamente atractivo.

Su erección mañanera me roza el ombligo y se queda con mi atención. Tanta, que casi no veo que está lleno de pequeños arañazos.

—A mí no me sacas las uñas, pero con él te has quedado a gusto, ¿eh? Gatito malo.

Me vuelve a lamer la punta de la nariz y como alegato es bastante persuasivo.

Me envuelvo en una sábana y bajo a la primera planta con él colmándolo de besos para buscar su comida y que desayune.

En cuanto intento dejarlo en el suelo se aferra a mi mano.

Me arranca una carcajada cuando descubro que mis piernas, mis dedos y hasta mi pelo le valen con tal de no soltarme.

—Vaya, vaya, así que también eres posesivo-a-primera-vista…

Lo mimo y lo soborno con un poquito más de comida.

Funciona. Sobre todo porque también le doy un poco de leche. Yo también quiero, pero la que busco no sale de un tetrabrik.

Aileen me compró pastillas anticonceptivas días atrás.

Cuando me las dio, la miré como si se hubiera vuelto loca.

Tendría que haber sabido que ese hombre conseguiría que me bajara las bragas hasta los tobillos tarde o temprano.

Intento no mirar la gasa de mi muslo, pero ignorar el elefante en la habitación no hará que desaparezca.

Saco las pastillas de entre mis cosas y me tomo una con un largo trago de agua.

Cuando me aseguro de que el precioso gatito negro está servido y lo bastante distraído como para no ver cómo me escabullo, vuelvo a subir al dormitorio para ser yo la que desayune.

Eres viuda desde hace dos días y ya te estás follando a otro.

Nadie en Westchester lo vería con buenos ojos.

Dirían que tú provocaste que Kenerick se volviese loco.

Tus padres odiarían ver en qué te has convertido.

Encima has perdido la mansión de tu familia. Y a Liam.

—No he perdido a Liam —digo en voz alta, porque mi culpa necesita oírlo.

Has visto las pizarras del sótano.

Nadie en el FBI podría haber previsto que un agente de la unidad táctica se obsesionaría hasta ese punto con la mujer que estaba intentando proteger. Es una obsesión insana, digna de un psicópata y debería darte más miedo del que te da.

Pero si puedo reconocerme la verdad aunque sea en voz baja…

No me importa nada de eso.

Porque yo soy peor.

Y por primera vez no me estoy escondiendo.

«No soy un buen hombre. He matado a mucha gente». Un escalofrío recorre mi columna al recordar sus palabras. «Wilomer está muerto. Sabes la clase de hombre que soy, Clara».

Mi excitación va en aumento y me doy hasta miedo. La culpa sigue ahí, sí, intentando que vuelva a ser la antigua y perfecta señora Ashcroft, pero mi marido no se merece que le llore y cuando mis pasos decididos me llevan hasta el dormitorio estoy más que lista para…

No importa para qué tipo de actividades esté lista porque encuentro la cama vacía.

—¿Adrien? —camino despacio hacia el centro de la habitación, inclinándome para ver si la luz del baño contiguo está encendida.

El corazón se acelera. Ni siquiera oigo sus pisadas. De repente, aparece a mi espalda, me arranca la sábana del cuerpo y me tapa la boca y la nariz.

Tengo un déjà vu de la noche del incendio.

—¿Sabes lo que me ha hecho despertar y creer que te había pasado algo? —gruñe en mi oído, verdaderamente enfadado.

Intento hablar, pero no se me entiende. Cuanto más trato de inhalar sin éxito, más me arden los pulmones. Le muerdo para que me suelte, pero no lo hace. Aprieto más y no cede. Su sangre moja mis labios y entonces él me obliga a bebérmela.

Intento resistirme para no convertirme en la clase de persona que disfrutaría con algo así, pero las palpitaciones de mi entrepierna aseguran otra cosa.

Me rindo y hago lo que quiere.

Su erección, que sigue ahí, ahora se frota contra mí sin barreras como si la rabia no pudiera interferir en el deseo.

Sus labios se acercan a mi oído cuando creo que estoy a punto de desmayarme por la falta de oxígeno, susurra:

—De rodillas.