Está dentro de mí (Depredador Enmascarado 2) Ragnar
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Ragnar

Kentucky.

L a observo en silencio mientras prepara las tortitas menos apetecibles de la historia durante veinte minutos. Ni esforzándose le habrían quedado con peor aspecto.

—No tienes por qué comértelas —dice un poco cabizbaja—. No han quedado muy allá.

Ya estoy masticando la mitad de una cuando llega a la isla con dos vasos de leche. Se queda helada, como si estuviera haciendo algo grande por ella. Debería escupirla y largarme a entrenar un poco más, pero es que están buenísimas.

Cocinera. Ya lo que le faltaba. A esta mujer debe odiarla mucha gente.

—¿Cómo están?

—¿Me ves vomitar?

Sonríe con demasiado entusiasmo. Me quedo mirándole la boca como un tonto, sin llegar a entender qué es lo que tiene en los labios para atraer mi atención cada una de las veces que lo hace.

—Bien —carraspea—, voy a despertar a Liam. Ojalá le gusten también y…

—Serías una buena madre, bichito —digo sin querer, traicionado por mi subconsciente.

Joder, ¿por qué mierda he dicho eso? ¿Madre? ¿A mí qué me pasa en la cabeza?

Dios, necesito matar a alguien. La sangre purifica, ¿no?

—¿Qué has dicho? —parece a punto de sufrir un aneurisma.

—No te gusta «princesa», bichito. Me he puesto ingenioso. —Me encojo de hombros, robo otra tortita de la fuente y me levanto para marcharme.

—Espera un segundo, Ragnar. No te vayas. ¿Qué…? ¿Qué sabes de Britney?

—Como te dije ayer, la comunicación es inexistente.

—Sé que no podemos hablar con ella, ni con mi hermano, ni con prácticamente nadie. Que no es seguro. Pero también sé que tendrás alguna manera de comunicarte con David.

—Sí.

—¿Y?

—Y te diré algo cuando tenga algo que decir.

Me largo antes de dejar de ser un muro de piedra inexpresivo y tener una crisis de identidad.

David

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