Está dentro de mí (Depredador Enmascarado 2) Aileen Volkara
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Aileen Volkara

Kentucky.

B ajo tan temprano a preparar el desayuno que ni siquiera ha amanecido. Está lloviendo a cántaros, pero a mí nunca me ha molestado la lluvia.

Abro la nevera porque me niego a alimentar a Liam con los huevos revueltos de Ragnar que dejan mucho que desear y saco todo lo necesario.

Pienso preparar las tortitas más sanas que ha comido jamás.

Acabo de coger un bol grande para mezclar los ingredientes cuando desvío la cabeza hacia la puerta de la cocina y veo a Ragnar comiéndome con los ojos.

En concreto, trepando por mis piernas con lentitud hasta llegar a mi culo.

Entonces soy plenamente consciente de la razón por la que había estado evitando que me viera en este diminuto pijama que enseña más de lo que tapa. Gracias, ropa de gasolinera.

Lo lógico sería que me ofendiera y le soltara un par de gritos, pero no puedo respirar. No porque él vaya solo con unos pantalones de entrenar bajos, ni porque esté sudado después de hacer ejercicio y su cuerpo duro lleno de tinta sea un regalo para los ojos.

Sino porque Ragnar nunca me ha mirado así.

Peor: nunca he visto a Ragnar mirar a nadie así.

No es deseo. Ni odio. Es otra cosa.

—¿Te puedes controlar? —Intento sonar borde, pero mi voz retumba estrangulada.

En cuanto sus ojos se alzan hacia los míos se vuelven serios.

—Ayudaría que no fueras desnuda por la casa.

—No voy desnuda —me bajo un poco más los pantalones, pero eso hace que enseñe un poco más de tripa.

Cada célula de mi cuerpo lo siente moverse a mi alrededor mientras coge un vaso de agua. Mi anatomía entera arde de la tensión del momento, una que no debería existir. La inequívoca presión aplasta mi pecho hasta que Ragnar se detiene frente a mí, con la isla de por medio.

—Voy a enseñar a Liam a pelear —dice llenándose el vaso y bebiéndoselo de un trago.

Las gotas de la lluvia resbalan por su cuerpo y ahora las del agua también lo hacen de su mandíbula.

—Y una mierda.

—No te estaba pidiendo opinión.

—Es un niño.

—¿Se ha dado cuenta de eso usted solita, agente Volkara? Pero qué chica tan brillante —dice burlón y condescendiente, algo que ni de coña debería perturbar mi paz.

Pero aquí estoy, mordiéndome el interior de la mejilla.

Piropos.

¿Quién hubiera dicho que podían ser un arma letal?

Tendrá que ver el hecho de que el dueño de esas palabras nunca dice nada agradable.

—¿Te estás poniendo roja?

—Lo que voy a poner es un arma en tu boca como no dejes ya de flirtear conmigo.

—Suelo ser yo el que mete cosas en bocas ajenas.

—Deja de sexualizar nuestras conversaciones.

—No tendrás la suerte de que te toque, princesa, tranquila. Estoy aquí por mi aprecio a tu hermano, nada más.

—Genial. Pero vuelve a llamarme princesa y te corto la lengua.

Sonríe. Cualquiera diría que ese gesto le queda mejor a él que a nadie. Pero yo no. Antes de decir eso me pego un tiro en la cabeza.