Capítulo 155
L a oigo gemir.
Lo lógico sería que todos los disparos que he presenciado en mi vida me hubieran dejado sordo. Y un poco sí lo estoy. Pero su voz la escucho tan clara que casi me revienta los tímpanos.
Está tocándose. Y gimiendo fuerte para que la oiga.
Sigo el sonido de su voz, abriendo todas las puertas a mi paso. Subo los escalones al piso de arriba de tres en tres, sin poder obviar el detalle de que Clara ha pasado por la puerta que da a la calle y ha decidido no huir de mí.
Es mía.
Por fin es mía.
Entro en la habitación que creé para ella, tengo una en cada piso franco. La polla se me hincha en los pantalones cuando la veo en la cama abierta de piernas, metiéndose el mango del cuchillo por el coño mientras se mira a sí misma en el espejo.
Casi me desplomo, joder, qué puta fantasía.
La imagen se me graba a fuego en las retinas y sé que es lo que veré en mi lecho de muerte.
—No vas a ser tú quien lo haga —gime mi pequeña bestia, retorciéndose de placer, meciendo las caderas a gran velocidad.
Por encima de mi cadáver voy a dejar que me arrebate la posibilidad de darle placer.