Capítulo 148
—S am te traicionó y has dejado a mi hijo con Ragnar, ¿cómo has podido? —Le recrimino en un susurro herido—. Te vi apuntarle con una pistola.
—Dudé, pero no volverá a pasar —se frota las manos y reparo en que tiene los nudillos destrozados, ensangrentados, con heridas abiertas—. He tenido tiempo de sobra para volver a mis cabales mientras tú dormías.
Odio que mi estómago se retuerza con dolor al ver lo magullados que los tiene, cuando lo único que debería albergar por él es odio asesino. Una de las paredes tiene sangre y no me cuesta mucho sumar dos y dos.
—¿Qué pretendes?
—Voy a contarte toda la verdad.
—¿Qué verdad?
—Ya lo verás, pero primero tienes que pagar tu deuda. Y para eso voy a hacerte suplicar.
—Ya te he suplicado que me sueltes.
—No de esa manera. —Sé que sonríe bajo la máscara aunque yo no le vea la boca.
Lo siento en mis carnes.
Adrien me da la espalda y camina hacia una estantería con herramientas.
—Quiero que te quites la máscara de una vez, Clara, y me supliques que te haga mía. Porque ya lo eres. Y voy a marcarte para que nadie pueda dudarlo. Imja .
Marcarme dice. Ha perdido la cabeza.
Aprovechando que me da la espalda, bajo la mirada y veo lo que había estado sintiendo. Mi miel mojándome la cara interna de los muslos. Soy una calenturienta que se traiciona a sí misma por placer. Es evidente que me merezco lo que me pase.
Fuerzo las cadenas intentando romperlas. La rabia y la frustración se vierten a litros sobre mi cuerpo cuando no consigo nada.
—Yo tengo una C por ti en mi garganta, como ya sabes —continúa. Adrien se acerca de nuevo, ahora sujetando una pequeña y fina barra de metal que termina con la forma de una letra con pinchos y tinta oscura—. Tú vas a tener una A por mí junto a tu preciosa águila.
—No te atreverás.
Oigo su risa. Me da que sí se va a atrever. Joder, joder, ¡JODER!
Camina más allá de lo que mi visión alcanza y cuando la trae, la A está al rojo vivo. Pero mientras mis ojos viajan hasta su arma, los suyos caen a mi sexo.
—Mírate, tan desesperada por que te toque —acaricia mi muslo con la mano libre de manera ascendente, sin llegar al epicentro de mi necesidad.
—No vas a marcarme.
—No lo haré… hasta que tú me supliques que lo haga.
La excitación que me produce la férrea seguridad que tiene en sí mismo me sacude los ovarios y me hincha el clítoris.
—Estás loco. Yo nunca te pediré eso.
Sus ojos sonríen con perversión de psicópata.
—¿Sí? Bueno —se relame—. Eso ya lo veremos.
Tira del collar y vuelve a cortarme la respiración, haciendo que mi sexo pulse frenético.