Capítulo 147
M e despierto por el tintineo de las cadenas que envuelven mi cuerpo. Estoy atontada, como si mi cabeza tuviera dificultades para despertar del todo.
Cloroformo. Cloroformo. Te drogó con puto cloroformo.
Poco a poco voy enfocando pedazos del sótano recubierto de madera clara en el que me encuentro. Más bien parece un cobertizo rural, pero sé que estamos bajo tierra porque las ventanas son pequeñas y se encuentran en la parte alta de la pared.
Mis ojos consiguen enfocar y entonces veo las pizarras policiales. Esos típicos corchos están por todas partes y se encuentran llenos hasta arriba de… mí. Fotos mías en mil momentos diferentes. Hay palabras escritas en pósits.
Refinada.
Elegante.
Obsesiva.
Celosa.
Posesiva.
Oscura.
Brillante.
Preciosa.
—Poco a poco, pequeña bestia —dice su voz dulce.
Una ingente cantidad de adrenalina se vierte en mis venas cuando le veo con claridad.
Adrien va sin camiseta, con unos pantalones negros de tiro muy bajo medio desabrochados y… Con. La. Puta. Máscara. Puesta.
Y eso ni siquiera es lo peor. Me encuentro atada de cada extremidad, con el cuerpo expuesto y abierto formando una X. Desnuda. Encadenada y aferrada a una sofisticada estructura que me sujeta por la cintura y me deja suspendida en el aire, a un palmo del suelo.
—Has estado varios días durmiendo, debías tener cansancio acumulado.
—¿He estado durmiendo aquí?
—No, en mi cama. A pesar de los esfuerzos de las cadenas que te cogen de la cintura, tus extremidades se resentirían de estar tantas horas aquí. Acabo de traerte.
Esto tiene que ser una broma. Una retorcida y sin gracia.
Debí fiarme de la voz que me gritaba que huyera de él. Debí ignorar lo que sentía y seguir los pasos de la lógica que me alertaba de que un acosador enmascarado no podía traerme nada bueno.
—Adrien, libérame.
—No puedo hacer eso, Clara. Primero necesito que entres en razón.
—¿Y por qué estoy desnuda?
—Porque razonas mucho más cuando lo estás.
—Eso no es cierto.
—Vale, es un capricho mío. —Sus ojos aceleran por las autopistas curvas de mi cuerpo con regocijo y la parte más oscura y perturbada de mi cabeza permite que se me endurezcan los pezones, incluso cuando el miedo en mi interior se dispara.
—¡Ayuda! —Chillo.
Lo hago hasta que me quedo sin aire.
Él se acerca y me coge de las mejillas con una sola mano.
—Estamos en mi piso franco, aquí nadie podrá molestarnos. Por favor, no te jodas las cuerdas vocales, oírte gemir mi nombre es uno de mis mayores placeres.
Intento darle un cabezazo, pero se aleja de mí con orgullo en la mirada. Es una pena que le guste ver mi lado salvaje.
—Adrien… —jadeo con los ojos llorosos—. ¿Por qué haces esto? Creí… creí que tú no me harías daño. No así.
—No voy a hacértelo.
—¡Me has quitado a mi hijo!
—Si inclinas la cabeza podrás rozarte la oreja izquierda con el hombro y ver que te falta un pendiente. Esta vez no he sido yo.
No lo hago. En vez de eso forcejeo con las cadenas intentando liberarme.
—Liam te lo quitó antes de irse voluntariamente con mi hermana, para llevarse un pedazo de ti consigo. Nadie lo obligó a nada.
Me detengo cuando un resquicio de alivio nace en mi pecho y me atraviesa.
Lo rechazo, porque odio lo que ha hecho. Pero saber que no se lo llevaron a la fuerza o drogado, me alivia un poco. Menos mal que no le hicieron daño. A ver sé que son policías y quieren ayudarnos, ¡pero les odio por mantenerme al margen!
Adrien reduce la distancia y me coge de la cintura, elevándome un poco de tal manera que mis articulaciones descansan de inmediato.
—Esta conversación puede ser larga y tediosa, y más difícil de lo necesario… —baja el tono a apenas un susurro—. O no. Será decisión tuya.
Me suelta y mis articulaciones se quejan.
Adrien se inclina y levantándose lo justo la máscara, saca la lengua, la desliza con brevedad por la piel de mi pecho, sin llegar a alcanzar mi pezón. Notar su piercing me produce escalofríos. Y deseos ardientes de abrir más las piernas. Y eso es decir mucho.
Saca algo del bolsillo trasero de su pantalón y me lo pone. Un instante después tengo un collar nuevo rodeando mi garganta, uno hecho de una cadena dorada que… Espera.
Dios, dios. Es un collar de asfixia sexual.
¿Qué pasa? ¿Venía de regalo con el puto cloroformo?

—Vamos, pequeña bestia, pregúntame si he imitado tu juego —susurra colocándose bien la máscara. Coge el corazón que se encuentra en la punta del collar y tira de él hasta que la cadena se aprieta tanto en mi cuello que dejo de respirar—. Pregúntame si te he tocado mientras dormías.
Intento apretar las piernas, moverme para comprobarlo. Si su inmensa polla hubiera estado dentro de mí imagino que mi sexo lo recordaría y parece estar bien. ¡Aun así mis latidos no se calman!
—No lo he hecho.
—¿No?
—Me gusta demasiado oírte pidiendo más.
Me arde la cara. Hace bien en no soltarme porque ahora sería capaz de arrancarle la cabeza.