Está dentro de mí (Depredador Enmascarado 2) Ragnar
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Ragnar

C onduzco y Aileen sigue inmóvil en el asiento del copiloto de mi coche. Sin pestañear. Sin dejar de mirar a Britney, que va en moto detrás de nosotros. Al llegar a una trifurcación, no toma la misma dirección que nosotros.

—¿Y si la matan?

—David no dejará que eso pase.

—¿Y si los matan a los dos?

—Entonces estrenaré mi smoking de funerales.

—No me tomas en serio.

—Cierto, no tengo smoking de funerales.

—Necesito pedirle que se quede con nosotros. Ve a buscarla.

—No.

— Ragnar .

Un calambre inapropiado e involuntario cae directo en mi polla por oírla decir mi nombre en ese tonito enfadado.

—Aileen, estás dejándote llevar por tus emociones. Vuelve en ti.

Guarda silencio porque tengo razón y es lo bastante orgullosa como para no admitirlo. Es una gran agente del FBI. La mejor. Y ha visto cosas peores que esta.

Pero se le empiezan a secar los ojos otra vez por quedarse mirando un punto fijo, reviviendo sus peores pesadillas. Aprieto el volante intentando lidiar con mi propia rabia.

Me imaginaba llegando al motel y que todos estuvieran muertos en un charco de su propia sangre. Me la imaginaba a ella muerta, blanca, con los ojos así de abiertos, como ahora.

— Grita.

—No necesito ponerme a gritar.

—Sam te utilizó como un títere. Se rió de ti en tu cara, igual que en la de Adrien. Para él vuestra vida valía un mísero ascenso. Grita, Aileen. Desahógate. Te doy treinta segundos.

Empieza a chillar con todas sus fuerzas.

Suelta todo lo que tiene dentro y más, dejándose la voz.

—¡Cabrón! ¡Hijo de puta! —golpea el salpicadero con los puños—. ¡Te mataría si no estuvieras ya muerto! ¡Traidor! ¡Malnacido! ¡Desgraciado! ¡Menudo cabrón!

Cuando vuelve a pegar la espalda al respaldo del asiento, exhala, pero no sé si con alivio.

—¿Mejor?

—Sí, mejor —jadea y durante unos segundos, solo oigo su respiración agitada.

Intento no centrarme en ella, pero mi cabeza me pregunta si ese sonido lo hace también cuando folla. Joder, como si a mí me importara una mierda. Conduce, Ragnar.

La carretera está vacía y su silencio es peor que un polvo a medias. Sobre todo porque no deja de mirarme, creyendo que no me doy cuenta.

—Deja de taladrarme con la mirada.

—Has… Has venido. No solo nos has salvado, te has puesto una soga al cuello para librarnos de Sam. Te has sacrificado.

—Qué va. Ha sido casualidad. Estaba por la zona.

—¿Haciendo qué?

—Metiéndome en mis asuntos. Deberías probarlo.

—Gracias.

—No me las des.

—Ya lo he hecho.

Exhalo irritado.

—No podía desperdiciar la oportunidad de cargarme a un traidor. Lo he hecho por mí.

—Ajá —desvía la cabeza mirando por la ventana.

—No irás a ponerte pegajosa ahora, ¿verdad, pelirroja?

—No —guarda silencio, aunque para ser honesto, prefiero cuando me insulta.

Esta vez no rompo el silencio. Pienso en las escasas palabras que he compartido con su hermano antes de separarnos.

«—Si dejas que Elia Dawson toque a mi hermana te arrancaré la cabeza de los hombros.

—Pasarán por encima de mi cadáver.

Asiente y me aguanta la mirada.

—Ragnar, yo…

Me doy la vuelta y me largo». No tenía ni tiempo ni ganas de escuchar su disculpa.

Entiendo que Sam era alguien muy importante para él, pero la duda ha cruzado por su mente y digamos que soy de los que disfrutan guardando rencor.