Capítulo 142
T enía a Clara dormida contra mi pecho, pero tras oír el disparo salto de la cama con el seguro del arma quitado y listo para matar.
Veo el cuerpo de Sam tendido en el suelo y la sangre se me hiela en las venas.
Mi mentor.
Él no. Joder, él no.
No necesito comprobar si la herida tiene salida, le veo la parte posterior del cráneo.
—¡Hijo de puta! —chilla Britney.
—¡Baja el arma, Britney! —Aileen apunta a la cabeza de mi mejor amigo, pese a que Ragnar no las está apuntando, y me faltan segundos para interponerme.
—¿Qué mierda ha pasado aquí? —pregunto recorriendo el perímetro con la mirada, sin ver a ningún asesino a sueldo a la vista, ni nadie de quien debamos preocuparnos.
Los tres hablan a la vez, pero solo descifro tres palabras de mi hermana.
—¡Lo ha matado!
Me giro hacia Ragnar con ganas de oírle negarlo, pero no lo hace.
—Sí, lo he hecho.
Puede que tenga una gran puntería, puede que la cantidad de muertes con las que carga a su espalda sea más o menos tantas como las mías, pero lo desarmo con rapidez y le apunto con dos armas a la cabeza.
—Arrodíllate.
—¡Adrien, no lo hagas! —pide Aileen cogiéndome del brazo, cuando hasta hace un segundo ella misma parecía dispuesta.
Ragnar obedece sin un ápice de miedo o rencor en la mirada. Casi resulta desafiante, como si estuviera poniéndome a mí a prueba.
Mi hermano. Mi mejor amigo ha asesinado a mi mentor a sangre fría.
—Explícate.
—Sam te ha traicionado. Creí que se había vuelto descuidado con la edad, o que había perdido el interés en ser competente, como Britney. Pero no estaba cubriéndoos las espaldas a conciencia.
—¿Disculpa? —grazna la mencionada, que sigue armada y apuntándole.
—¿Tienes pruebas de eso?
—Hoy a las cuatro y cuarto de la mañana teníais que estar en la bifurcación de la carretera del este a dos kilómetros de aquí. Allí es donde os espera Elia Dawson. Razón por la que tenemos que irnos de aquí pero ya.
—¿Y eso tú cómo lo sabes?
—Porque David —uno de sus hombres de mayor confianza—, empezó a hacer el trabajo que no hacía Sam, colándose en su ordenador. Tirando de los hilos encontramos conversaciones entre Sam y Dawson.
Britney bufa, Aileen grita y yo bajo el arma.
Me quedo frío como un témpano. Ni siquiera reacciono.
El hombre que ha sido lo más parecido a una figura paterna que he tenido nunca me… me vendió. Iba a ser el responsable de la muerte de todos nosotros. Me lleno los pulmones de rabia en vez de oxígeno. De traición.
—Sam estaba aliado con Elia Dawson —repite Aileen, destrozada.
—No exactamente —corrige Ragnar poniéndose en pie—. Elia Dawson está con el FBI. Podréis encontrar más pruebas en el portátil de Sam. Pero no ahora, tenemos que largarnos de aquí.
Ninguno va a por el portátil de Sam a buscar los mensajes en código, las coordenadas, la cita de las cuatro y cuarto de la mañana, la de hace días que por poco nos mata… No, porque le creemos.
—¿Por qué lo hizo? ¿Lo sabes? —pregunto—. ¿Amenazaron a su familia? ¿Sus nietos?
El verde de los ojos de Ragnar se vuelve gélido, casi gris, cuando niega con la cabeza.
—Quería ser jefe.
Me ha traicionado por una puta posición.
A mí.
A todos.
—¿Y qué iba…? ¿Iba a matarnos sin más? —tartamudea Britney.
—A los Ashcroft sí, desde luego —baja el tono, pero su enfado se oye a gritos—. Dawson quiere a Adrien muerto porque no puede controlarlo y le ha tocado mucho los huevos. Pero a ti, Aileen… A ti te quiere para él.
La ira casi no me deja oírle bien. Pero en el batiburrillo de amargura, sed de venganza y también asesina, sí oigo un solitario «¿mami?». Me giro hacia la puerta y veo a Clara, petrificada frente al cuerpo sin vida de Sam.
No parece asustada. Mi pequeña bestia se está volviendo fuerte ante la muerte. Me acerco a ella con la mirada borrosa del enfado, sin importar que la suela de mis botas se manche de la sangre de un traidor.
—No salgas aquí, tesoro —le dice Clara a Liam, pero mirándome a mí.
—Nos ha traicionado —digo cargando mi arma.
Solo desvío la mirada de sus ojos para cerciorarme de que el cañón apunte a la cabeza de Sam.
—Lo siento mucho, Adrien.
—Yo también.
Disparo al cráneo del muerto cinco veces. Una por cada uno de nosotros.
De estar aún con vida, te lo arrebataría todo, traidor.