Elia Dawson
E nciendo un cigarro, pero no me calma, así que estampo mi puño contra el mueble bar. Mis nudillos rabian y la sangre brota al cuarto puñetazo, y empiezo a calmarme. Me hago una raya de cocaína y ocupo mi silla siendo persona otra vez.
—¿No se supone que Sam está con nosotros? —pregunta mi mano derecha, Jhame, el único con huevos para estar en mi despacho cuando estoy cabreado.
No me gusta perder a mis hombres y hace varios días perdí a tres de ellos. Y encima se llevaron una de las putas motos, regodeándose. Pienso arrancarle la piel a tiras al puto cabrón de Adrien Volkara.
—Lo está.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Tiene demasiadas ganas de volver a mandar como para rajarse ahora.
—¿Y quién cojones ha evitado que llenemos de balas a los Ashcroft que quedan vivos y al puto Volkara?
—¿Alguien que no esté de nuestra parte? —Me relleno el vaso de ron mirando la foto de la academia de mi futura esposa.
Repaso su expediente por enésima vez y me cabreo con la puntuación de tiro que le puso la academia. Se quedaron cortos. Siempre se quedaron cortos con ella.
Mi venganza tiene dos partes.
Primero, haré mía a Aileen y conseguiré que se case conmigo. Siempre me han gustado las mujeres fuertes de armas tomar y esa diosa es única en su especie.
Cada noche del resto de mi vida me la follaré hasta que pierda el sentido y por el día torturaré a su hermano sin llegar a matarlo del todo.
Por respeto a Aileen, iba a limitarme a inutilizarlo. Apartarlo de todos los casos hasta que corriera la voz de que ya no servía para nada y que sus días de gloria habían acabado. Pero el cabrón no sabe acatar órdenes.
Así que, como no ha aceptado la suspensión, pienso suspenderlo yo de la puta vida.
—Es evidente que trabajar en el FBI es una puta maravilla —refunfuña.
—Sé paciente, Jhame. Todo llega.