Capítulo 132
S iento que la garganta se me abre. Noto cómo un temblor me recorre el cuerpo mientras las ganas se apoderan de más parte de mi raciocinio. La mano de Adrien Volkara acaricia mi mejilla y me alza la cabeza para que le mire. Entonces en tono áspero y de amenaza dice:
—Cuando te la meta hasta el fondo de la garganta no será para pagar nada, Clara, sino porque me estés suplicando hacerlo.
El capullo no da su brazo a torcer ni cede un ápice de su control, pero eso no es lo que más rabia me da, sino las ganas que tengo de suplicarle.
Lo delicioso que imagino que sería sentir su sabor en mi lengua, ya que se niega a permitirme sentirlo entre las piernas…
Nunca he sentido tanta desesperación por alguien y debería estar mucho más asustada que cachonda, pero así están las cosas.
—¿Y entonces cómo la pago? —pregunto demasiado orgullosa como para intentar convencerle de que ya me muero de ganas.
Ya se ha negado a follarme en el bosque. Mi dignidad no puede seguir recibiendo palos. No contesta hasta poner la última tirita.
—Duerme conmigo.
—¿Qué?
—Me has oído. Eso saldará una pequeña parte de tu deuda.
Me deja muda. Tonta. Sudada y pegajosa. ¿Loca? Sí, eso también.
Sonríe poco a poco, evidenciando que le encanta confundirme.
—¿Va en serio?
—Sí. Deja de mirarme como si esperaras que me salieran dos cabezas.
—De acuerdo, pero quiero curarte antes de dormir. —Tiene las manos y los antebrazos comidos de arañazos.
—No —tira de mí y volvemos al dormitorio.
Será odioso el muy cabezón.
Su irritante manera de dar por terminada una conversación a medias lo habría empujado a la guillotina si yo siguiera siendo la antigua señora Ashcroft.
Liam descansa en su cama y antes de que tenga oportunidad de tumbarme a su lado, Adrien me empuja hacia la que está vacía.
—Solo dormir —confirmo, porque puede que mi moral esté por los suelos, pero si se está haciendo ideas equivocadas con mi hijo en la habitación, se va a llevar un buen codazo en la cara y un rodillazo en los huevos.
—Sí, çmenduria ime.
—¿Y eso qué significa?
Sacude la cabeza negándose a traducírmelo. Un mal día para no tener móvil.
Ya tumbada, me coloco mirando a Liam, pero Adrien me da la vuelta obligándome a encararlo a él. Sí, así seguro que duermo.
Dios, qué guapísimo es. Los ángulos de su rostro son filos letales. Sus labios no se quedan atrás, pero sus ojos… Son los de un asesino, Clara. Ubícate de una vez.
—¿Siempre haces eso con las chicas con las que te acuestas? ¿Las persigues con tu máscara? —me oigo preguntar en un susurro antes de poder frenarme.
—Nunca lo había hecho.
—No te creo —miento, negándome a hacerme ilusiones de ser especial para él.
Mi marido me dejó claro antes de morir que jamás podría ser especial para nadie.
—Sí, sí me crees —coge mi mano y la entrelaza con la suya, quemándome con el contacto—. La creé para ti.
Soy incapaz de parpadear durante cinco minutos enteros. O quizá quince. No entiendo cómo no se me caen los globos oculares.
—Yo tampoco lo había hecho nunca.
—Ya lo sé.
Se me encienden las mejillas, las orejas y hasta el cuello. Otra vez la sonrisa arrogante se dibuja en sus labios.
—¿Desde cuándo habías querido hacerlo?
—Hace muchos años —se le dibuja una mueca pensativa en la cara—. Quizá desde siempre.
—¿Pero?
—Pero no es algo que puedas hacer con cualquiera, a menos que quieras acabar en la cárcel.
—Dudo que tú acabaras en la cárcel.
—Yo también —dice arrogante—. Supongo que a lo que me refiero es…
—Sé a lo que te refieres —me precipito arrojándome al vacío.
Pero él no lo desmiente.
Quería que fuera yo.
Antes de cerrar los ojos, pone una mano en mi cadera como si quisiera asegurarse de que no voy a ir a ninguna parte. No lo haré.