Capítulo 131
C uando Adrien me empuja al baño mi corazón se acelera, pero al ver que deja la puerta abierta y que si Liam abriera los ojos, nos vería, las posibilidades me perturban.
—Ni por un segundo te pienses que vamos a…
—Siéntate —tira de mí hasta que mi culo aterriza sobre la bañera.
—¿Quedarnos en este motel no es arriesgado?
—Sí.
Endurece la mandíbula y no dice nada más.
Simplemente, empieza a sacar desinfectante, pomada y tiritas de una bolsa de papel que descansa en el lavamanos.
Que me parta un rayo, el hombre que ha hundido la cara entre mis piernas tras perseguirme y desnudarme en pleno bosque, empieza a curarme.
Acaricia mi piel con mimo y dulzura, y me deja los pezones duros como piedras. Él se da cuenta y sonríe de forma arrogante antes de pasar al siguiente corte propinado por las ramas del bosque.
—¿Qué haces? —pregunto como una tonta.
—Ya sabes qué hago.
—¿Pero por qué?
—Ya sabes por qué.
Mi corazón tropieza consigo mismo.
—Cállate.
—Entonces no me hagas más preguntas.
Dejo de respirar. Tengo los pulmones vacíos en cero coma y juraría que empiezo a quedarme azul. Me estoy colando por este hombre, joder. A LO BESTIA.
—Wilomer está muerto —sentencia.
—¡¿Qué?!
—Shhh —susurra.
—¿El médico de familia? ¿Cómo sabes que está…?
Me aguanta la mirada y deja que sus ojos castaños imposibles hablen largo y tendido.
Dios mío. ¿Fue antes siquiera de venir a por mí? Su agenda debe estar petada de tareas.
Se me hunde el pecho. Intento levantarme, pero él pone las manos en mis hombros y vuelve a pegarme el culo a la bañera.
—¿Lo has matado tú?
—Deja de hacer preguntas obvias.
—Dios santo…
—Sabes la clase de hombre que soy, Clara.
—¿Un policía del FBI? ¿Un agente de la ley que no debería tomarse la justicia por su mano?
—Una respuesta cincuenta por ciento acertada —se ríe por lo bajo provocando que calambres agudos reverberen por mi sexo.
Ha matado por mí.
No debería excitarme tanto.
Y sobre todo, no debería dejar que él lo viera, pero cuando le sostengo la mirada y mis mejillas me traicionan, es evidente que sabe muy bien lo que me pasa por la mente. Agacho la cabeza.
—¿Pero a mí qué me pasa? —me recrimino en susurros.
Adrien aparta mi pelo a un lado para curar una marca de mi cuello. Si sigue siendo tan cuidadoso conmigo, lo atacaré.
—Te gusta saber que tienes a alguien que te cubra las espaldas. Eso no es nada malo, Clara.
Me pongo de pie, encarándolo.
—Cargarte a un médico porque me recetara pastillas que no necesitaba no es cubrirme las espaldas, es ir demasiado lejos.
—Hizo más que eso, te manipuló para que pensaras que estabas loca. Sabes bien la clase de escoria que era —baja el tono y su barbilla. Sus labios rozan los míos y la excitación me marea—. Pero sobre todo, sabes la clase de monstruo que soy yo.
—No, no lo sé. No te conozco.
Pone las manos en mis caderas y estoy a punto de frotarme contra él como una gata en celo, pero me vuelve a pegar el culo a la bañera.
—Ya lo harás. Que sepas que lo de escapar ha sumado más peso a tu deuda.
Pienso en el bosque. En lo que ha ocurrido. En su máscara.
—¿Y cómo pago mi deuda? —pregunto desinteresada, desviando sin querer la mirada hacia lo que tengo justo delante.
Lo que me queda más o menos a la altura de los ojos. De la boca.
Su polla.