Capítulo 123
P asamos el día en la carretera. Sufro varios micro-infartos al ver los faros de distintos coches venir directos a nosotros, pero resultan ser conductores un pelín temerarios y no asesinos a sueldo.
Me mantengo ocupada buscando la manera de entretener a Liam, que es pequeño y no quiero que acabe agobiado o claustrofóbico perdido.
Sí, mis intentos no tienen nada que ver conmigo, ni con lo que estuve a punto de hacer con la mano de Adrien en la parte trasera de este mismo furgón, ni con lo que ocurrió después en la gasolinera, cuando dijo «me bebería un tanque entero de gasolina antes de hacerte daño».
—Veo veo. —Carraspeo.
—Mamá, eres malísima. —Liam se carcajea y se balancea en el asiento.
Le paso un brazo por encima de los hombros y lo atraigo hacia mí en una especie de llave-ninja-de-rencor-maternal.
—Esta vez no lo vas a adivinar, ya verás. Te vas a arrepentir de llamarme facilona. Veo veo.
—¿Qué ves? —se sigue riendo.
—Algo redondo de color azul. —Me río también porque su risa es de lo más contagiosa—. Va, adivina.
—El cielo.
—¿En serio, hijo? Un poco más de fe en tu madre. —Le hago cosquillas.
—Tampoco es que hayas puesto el listón muy alto… —se burla Sam desde el asiento de atrás, ganándose una mirada asesina.
—No. Es. El. Cielo. Además, ¿desde cuándo el cielo es redondo?
—¿Ese coche de ahí, mami? —propone Liam.
—No es azul, tesoro. Y además, ¿qué tiene de redondito?
—Las ruedas.
—Anda que tú, vaya preguntas —dice Britney.
Ok, así que incluso la simpática está poniendo la oreja. Genial. No es incómodo para nada.
—¿Está dentro del furgón? —pregunta Aileen tras el volante.
—No vale ayudar —le recrimino—. Pero sí.
—Aquí no hay nada azul —gruñe Britney con las piernas encima del salpicadero—. ¿También eres daltónica o qué?
—No, solo yo —dice Liam—. Danos otra pista, además de redondo.
—Empieza con la letra «i» —cedo, porque sí soy un poco facilona.
El furgón se llena de un tenso silencio.
—Qué difícil —admite Aileen.
—No vale si está en tu cabeza, ¿sabes, rica? —pregunta Britney—. Es curioso que no lo sepas.
Lo curioso es que la presencia del único que no se ha pronunciado es la que me está aplastando contra el asiento. ¿Por qué será?
—No está en mi cabeza.
—Aquí no hay nada redondo que empiece por la letra «i» y que además sea azul… —se queja Liam rebuscando hasta en mis bolsillos.
—¿Te rindes?
—Yo sí —dice Sam.
—Aquí no hay nada azul.
—¿Eso es que te rindes?
Liam exhala de forma dramática y deja caer sus hombros.
—Vale, me rindo.
—Tu iris.
El coche estalla en quejas.
—¡Eso no vale, mamá! ¡Yo no los veo!
—¿Y a mí qué me cuentas? El juego se llama «veo veo», no «ves ves».
Liam abre la boca en puro shock por el jaque mate que le acabo de hacer, pero como es un niño, en vez de aceptar su derrota con honor, me lanza un letal ataque de cosquillas.
Todos los involucrados en el juego se ponen de su parte.
Los muy insoportables.