Capítulo 122
U na hora después, paramos a poner gasolina y me ofrezco para ser yo el que lo haga. Que Clara salga del furgón detrás de mí es una grata sorpresa.
Puede que tenga que ver con el rock que zumba de los altavoces pese a ser solo las siete de la mañana, pero aun así es una grata sorpresa.
Sobre todo porque se le nota en la cara lo mal que lleva la frustración sexual y que, con toda seguridad, se ha pasado la última hora con ganas de meterse la mano entre las piernas.
—No pienso pasar de un hombre controlador a otro, sobre todo si no sé si me está salvando o si solo quiere ser el siguiente en tratarme como una marioneta —dice manteniéndose alejada de mí, algo que odio más que sus palabras.
—Creía que las comparaciones con ese hijo de puta habían acabado. Y hasta donde yo sé, solo ibas a follarte mis nudillos. —Todavía la siento latiendo contra mí.
Mi polla sigue húmeda haciéndose ideas equivocadas.
—No eres él —dice con cierta disculpa en sus inocentes ojos azules—. Pero no te conozco lo suficiente para saber de qué eres capaz y ahora mismo deberías repugnarme, darme mucho miedo.
—Debería repugnarte, pero no lo hago. Aunque sí te doy miedo —me regodeo.
—He estado años casada con un hombre que no existía. Estar tan ciega de amor casi me mata y…
—No te engañes, no querías a Kenerick. No de verdad. —Saco la manguera del depósito, me acerco y ella retrocede—. ¿Cómo podrías si tú no fuiste nunca tú misma con él?
—¿Q-q-qué vas a hacer?
—Lo que pasa es que te sientes sucia por desear tanto a un hombre como yo y hacerlo cuando el cadáver de Kenerick aún está caliente.
Culpable. Y apostaría a que, en el fondo, te recriminas no haberme dejado hacerte mía cuando creías no estar en tus cabales, porque eso te habría permitido disfrutar sin remordimiento.
—Me acerco más, vertiendo gasolina en el suelo a cada paso, alejándonos del furgón.
— Para .
—Porque para la Clara que tenía un palo metido por el culo, un vestido pijo y un collar de perlas, esto está muy mal.
—Sube la mano para darme un bofetón, pero no se lo permito—.
Esa Clara no eres tú. Y hasta que no empieces a fiarte de tu propio instinto serás manipulable.
Tanto como para que te hagan creer que estás loca y te fuercen a dudar hasta de tu propia sombra.
—¿Y tú qué sabes quién soy yo de verdad? ¿Acaso te conoces bien a ti mismo siquiera? Porque si vas a matarme ahora…
—¿Crees que quiero hacerte daño? —detengo mis pasos, alargo el brazo, la cojo de la cintura y de un tirón, la pego a mí—. Me bebería un tanque entero de gasolina antes de hacerte daño.
— Adrien .
—Casi te pierdo y no estoy bien de la puta cabeza, reconozco que esa es una combinación peligrosa. Pero no me hace falta que te pongas una máscara para admitirme a mí mismo lo mucho que te deseo.
—Yo…
Dejo la manguera en su sitio y entrelazo su mano con la mía.
Ese roce ya me satisface. El alivio me intoxica con el más mínimo contacto. Ella es lo único que consigue que el resto deje de doler.
—¿Qué te dice tu instinto cuando te toco, Clara?
Sus ojos se agrandan y pasan a ocuparle toda la cara.
Tiene pinta de no estar respirando.
—No lo sé.
—¿No lo sabes o no quieres saberlo?
No puede desviar la mirada y yo tampoco. Pero no contesta.
Me regodeo en la desilusión que inunda su rostro cuando la suelto.
—Sube al coche, Clara.
No le da tiempo a hacerlo. Un vehículo oscuro y machacado entra en la gasolinera a toda velocidad. Se lanza directo hacia nosotros. Las ruedas chirrían. Pongo a Clara detrás de mí, ya con el arma en la mano.
Estoy a punto de disparar cuando el coche frena.
A esta corta distancia veo cómo al hombre tras el volante se le cae la hamburguesa con queso que llevaba en la mano. Alza ambas en señal de rendición y empieza a echar marcha atrás, retrocediendo muy despacio. Su puta madre.
—Joder —musita Clara a mi espalda.
—¿Estás bien?
—S-s-sí. Es solo que parecía…
—Ya. Sube al coche.
—¿Todo bien? —pregunta mi hermana sacando la cabeza por la ventanilla, pero mi corazón todavía bombea con fuerza.
—Perfectamente, Aileen. ¿Y Sam?
—Estirando las piernas.
La vejez te vuelve insensato.
Le hago un gesto a mi hermana para que lo lleve de vuelta al coche mientras me acerco al establecimiento para pagar, convenciéndome de que hacerlo con un arma en la mano daría la impresión equivocada.
Me ofrezco para conducir cuando vuelvo.
Dios sabe que no dejaré a Clara en paz si la tengo cerca.