Está dentro de mí (Depredador Enmascarado 2) Capítulo 121
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Capítulo 121

Semanas atrás, Texas.

L lego a casa tardísimo y doy de cenar a mi único compañero de vida. Mi celoso, diminuto y posesivo gato negro. El Pequeño Ayudante de Satán. Araña las veintitrés horas del día. Incluso dormido.

Lo dejo a lo suyo y voy directo al baño. Abro el agua hirviendo. Suelto la pistola sobre el lavabo, la placa va después y, por último, mi puta cordura en algún sitio del suelo.

Esta noche tampoco la necesito.

Conecto el móvil al bluetooth de los auriculares y pongo las grabaciones de Clara directamente en mis oídos. Su risa me empalma todas y cada una de las veces, y ya estoy goteando antes siquiera de quitarme los putos pantalones.

Dejo que el agua me caiga sobre los hombros con la polla en la mano. Aprieto mi glande cuando cierro los ojos y la veo.

La tengo grabada en mi retina.

Hace tiempo que sé que lo que me pasa con ella no es normal, ni parecido a nada que haya sentido antes. Mi trabajo nunca me había obsesionado así. No tiene que ver con que ella sea preciosa, sino con el resto de cosas que es.

Es un problema.

Uno que no quiero solucionar.

Una vez más, me masturbo imaginándomela. Nos veo en su jardín. A mí doblándola sobre el capó de su coche a plena luz del día, subiéndole la falda hasta la cintura y follándomela hasta que le tiemblen las piernas. Incluso después.

Me oigo metiéndosela hasta que la delgada línea entre el dolor y el placer queda difuminada. Y lo hago mientras su marido nos mira. Mejor, mientras todo el puto vecindario de pijos de mierda lo hace. Veo mi semen corriendo por sus esbeltas piernas temblorosas mientras ella sigue pidiendo más.

La imagen es lo bastante fuerte como para contraerme los huevos, arrancarme un gruñido gutural y pintar la pared con mis ganas.

Me corro dos veces, pero aun así no es suficiente. Nada lo es.

Lo lógico sería que me acostara con cualquiera capaz de satisfacer mis necesidades, pero desde que me asignaron el caso y la vi a ella, no he conseguido interesarme por nadie más.

Con una toalla en la cintura, me apoyo contra el lavamanos y entro en el móvil de Clara. Es más de medianoche, pero quiero cotillear en qué anda metida.

O solo saber si todavía está despierta.

La encuentro navegando en internet, hablando con unas lectoras un poco peculiares. Food4VillanosTatuados, MorallyGreyFucker y NoSoyTuMami_OSí .

Su conversación me daría igual de no ser por el tema que tratan. Dark romance, polvos turbios, pollas kilométricas… Se me corta la respiración cuando leo el usuario de Clara. TuMáscaraEntreMisPiernas.

— No puede ser.

Quiere que la persigan por el bosque y se la follen duro.

Quiere que la asfixien hasta casi matarla mientras la follan con violencia.

Quiere que un enmascarado meta la cara entre sus piernas y se la coma hasta desmayarse.

La polla no me da ni un solo respiro y vuelve a ponérseme dura.



Entro al trabajo antes de las cinco de la mañana y me paso el día entero estudiándola.

El. Día. Entero.

Soy el mejor alumno de la clase si se trata de ella. No entiendo cómo es posible que me paguen tanto por ser un obseso. Quizá no se han enterado todavía del peligro que represento para la sociedad. Por mí, estupendo.

Me dan las once de la noche. La planta está casi vacía.

El informe oficial sobre Kenerick Ashcroft tiene ciento cuarenta y dos páginas. El tío es pura escoria y aunque trato con esa calaña a menudo por mi trabajo, nunca había fantaseado tanto con matar a alguien como con él.

Llevo semanas en este caso. Así me justifico que las pantallas de mis seis ordenadores estén infestadas de fotos de Clara. En pilates. Con su hijo. Con otras madres.

Sola.

Le gusta el café negro, leer, pasar tiempo con su hijo, aparentar que encaja en la alta sociedad cuando en el fondo todo eso le importa media mierda, y encima…

huele de maravilla. Todavía no he tenido oportunidad de comprobarlo por mí mismo, pero fue lo que dijeron esos dos anteriores instructores de pilates que, curiosamente, perdieron su empleo al día siguiente.

Necesito olerla.

Miro la foto de la esquina de mi pantalla, esa en la que tiene un moño mal hecho y está en el coche donde cree que no la ve nadie. La polla se me va hinchando en el pantalón.

Entonces mi hermana irrumpe en mi despacho.

—Tengo malas noticias.

—Tú siempre, hermanita.

—Nos quitan el caso.

—Ya, como si fueran a dárselo a alguien.

—No me has entendido bien. Suspenden la investigación. Se acabó.

Alzo la vista del ordenador, despacio.

—¿Qué acabas de decir? —gruño.

—No es oficial todavía, se lo he oído a Marcelle en la salita del café. El cabrón de Kenerick tiene a mucha gente poderosa cogida por los huevos. ¿Recuerdas lo que descubrimos de Elia Dawson?

—¿Que él y su pandilla de exmilitares se ponen hasta el culo de droga y tienen amantes que cumplirán los dieciocho en uno o dos años?

—Sí. Pues se han enterado de que investigamos a Kenerick y nos han invitado a parar con tal de no descubrir más de sus trapos sucios.

—Yo les invito a que se coman el cañón de mi arma cuando quieran.

—Los de arriba van a frenar la investigación, Adrien. Va en serio, se acabó. Kenerick Ashcroft va a conseguir lo que quiera por culpa del sistema corrupto en el que vivimos. —Aileen sale de mi despacho con una mueca de cabreo.

—Y una mierda.

Supongo que he hecho bien al no entregar las doce páginas de personajes públicos reconocidos que le deben favores al desgraciado de Kenerick, los movimientos de capital sospechosos y demás . Esos archivos están a buen recaudo en mi disco duro personal.

Clara Volkara.

Suena bien. Muy bien.

Camino hasta el despacho de uno de los peces gordos y le hago saber que voy a tomarme vacaciones. Esa misma noche, viajo a NY.

Como no ha sido una medida inteligente, horas después me descubren y me suspenden. Uy, qué fallo. Me quitan acceso a todos los archivos de la investigación. Al menos, los que ellos tienen. Pero no saben que nada ni nadie conseguirá alejarme de mi pequeña bestia.

Nada. Ni. Nadie.

Le pido a mi equipo que no me siga, pero una semana después, Sam y Aileen llegan a Westchester.

Sus teléfonos siguen en Texas, igual que el mío, y esta vez no levantamos sospechas.

Esta vez cubrimos bien nuestros pasos. En mi caso eso incluyó hasta una pequeña tumba en el jardín delantero para mi “pobre gato”.

No cometemos errores. Empieza mi verdadero plan.

Ella .