Está dentro de mí (Depredador Enmascarado 2) Capítulo 119
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Capítulo 119

I nsiste en llamarme bestia y mi corazón insiste en no sentirse ofendido con el tema. A mí han tenido que drogarme. La adrenalina de la huida ha causado estragos en mi cabeza porque le permito que me desnude por completo, lo cual indica que me merezco un trono en el sanatorio mental más próximo.

Se le endurece todo el cuerpo, incluso los grandes bíceps llenos de venas que me sostienen. Todavía más al quitarme el sujetador. Nunca he estado más excitada.

¿Y por qué parece que solo respira si me mira pero que es justo eso lo que lo está ahogando?

Humedece la camiseta que me he quitado, le pone un poco de jabón y me la pasa por el cuerpo.

—¿Qué estás haciendo? —jadeo, palpitando sin querer.

—Sam se ha llevado a Liam al coche. No va a entrar nadie.

—No tienes derecho a tocarme así.

—Si quieres que pare puedes pedírmelo.

La tela mojada baja por mi vientre llenando el suelo de gotitas.

—Eres…

—Además, solo te estoy limpiando —murmura clavando su mirada en la mía al llegar a mi sexo.

—No juegues conmigo.

—¿Jugar? —mira mi sexo y sacude la cabeza—. No sabes lo que odio saber que él te tocaba.

—Me follaba muy duro. Probablemente mientras tú estabas en el jardín, observándonos bien calladito —digo, con toda la intención de enfadarle y hacer que pare.

Porque hacerle parar es mucho más fácil que apartarlo yo misma. Porque solo me ha hecho falta un puto beso para darme cuenta de lo jodidamente difícil que es para mí resistirme a meterle la lengua en la boca. O dejar que me la meta él.

Por desgracia, Adrien no se aparta. Al revés, aprieta su mano y el calambre de placer me arranca un gemido bruto y puro.

—No hagas eso. No me lo pongas más difícil, Clara.

—Será posible. ¿Es que no eres tú el que…?

—¿El que se está aguantando las ganas de ensuciarte? Sí. Soy yo. —Aprieta su mano y me muerdo el labio para no gemir con fuerza.

Me siento sucia. Mentalmente inestable.

—No te he dado permiso para que me ensucies. ¿Pero sabes a quién le di permiso? A mi marido.

Y luego intentó matarme. No puedo fiarme de nadie. Ni siquiera de ti.

Veo su rostro endurecerse y tensarse. Adrien aparta la mano de mi coño mojado y me recrimino lo mucho que le echa de menos.

De repente se inclina hasta mi cuello y me muerde. Fuerte. Hasta arrancarme un sonido de queja. Luego lame el lugar exacto de mi cuello que ha maltratado y me quema hasta la última célula de mi ser.

Otro de mis fetiches. El dolor.

—Insistes en tomar el camino difícil, çmenduria ime. —Asiente maldiciéndome con la mirada—. Te seguiré al mismísimo infierno, si así lo deseas.

El corazón se me va a salir del pecho. ¿Por qué las palabras de un perturbado me suenan tan románticas? Debería estar llamando a la policía, pero claro, parte del FBI quiere matarme, así que supongo que eso sería una idea de lo más estúpida… incluso para una insensata como yo.

Le quito la tela de las manos, la mojo un poco, añado algo de jabón y la paso por mis axilas con rapidez.

Él me observa y yo me voy poniendo más roja.

—Date la vuelta.

—No —dice con la vista clavada en mi sexo, respirando con dificultad.

Me voy a ahogar.

—Que. Te. Des. La. Vuelta —gruño con sequedad.

Nunca he hablado tan mal a nadie. Yo antes era una persona correcta. ¿O fingía serlo? Todavía no he decidido si saca lo peor de mí o lo que realmente escondía debajo, ¡pero me exaspera! ¡De eso estoy segura!

Adrien rueda los ojos y se da la vuelta. Menuda espalda, dios. Eso tampoco juega a mi favor.

Me visto más rápido de lo que lo he hecho en toda mi santa vida. La ropa de deporte es mucho más ceñida de lo que pensaba, aunque por suerte es elástica. Apenas me caben las tetas. ¿Britney pretendía hacerme parecer una morcilla embutida o qué?

—Puedes girarte —le digo para solo entonces percatarme de que ya me estaba mirando a través del espejo y se ha quedado con los labios entreabiertos y la mirada imposible cargada de deseo.

—Joder, çmenduria ime .

En serio, nunca he deseado tanto saber idiomas como ahora.

Esas dos palabras pronunciadas por su lengua suenan maravillosas, sucias, letales como una serpiente venenosa que se enrosca en tu garganta sin piedad.

—¿Qué significa? —musito.

Antes de que pueda contestar, oímos un claxon no muy lejos de aquí. Su mano se entrelaza con la mía. Otra vez será. Trotamos fuera de los baños y en pocos segundos ya estamos subidos en el coche.

—Necesitas dormir un poco. ¿Quieres que conduzca yo? —se ofrece Aileen.

—Que lo haga Britney —responde Adrien.

—Vale, pero no te mataría pedirlo por favor —dice ella bajándose de su asiento, refunfuñando.

—Yo también estoy agotado —dice Liam bostezando.

De todas las reacciones que podrían esperarse en un niño de nueve años que está huyendo con su madre después de ver su casa arder en llamas, tanta serenidad es sin duda una de las últimas de la lista.

Empiezo a preguntarme cuántas cosas vio en su padre que no pude ocultarle.

Britney y Sam ocupan los asientos del conductor y copiloto, Aileen y Liam los siguientes, y Adrien y yo los últimos.

Tengo la impresión de que acaban de encerrarme en la jaula con el león más hambriento.