Está dentro de mí (Depredador Enmascarado 2) Capítulo 118
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Capítulo 118

S e nos hace de noche en la carretera.

Un poco después de medianoche paramos en una gasolinera para asearnos un poco y casi lloro de ilusión cuando Adrien me pone un cepillo de dientes en las manos.

Para ser una persona que hasta hace dos días ponía a lavar la ropa interior si estaba un poco sudada, estoy llegando a límites que jamás hubiera deseado conocer.

Adrien, Liam y Sam se van al baño de hombres, separado del nuestro solo por una pared. Aun así, aprecio el gesto de Aileen de dejar la puerta abierta. ¿He dicho ya que no soporto separarme de mi hijo?

—Vamos, deprisa —dice Aileen poniendo pasta de dientes en mi cepillo mientras Britney se desnuda en cero coma, quedándose en ropa interior frente al espejo.

Desvío la mirada de su cuerpazo que, sin lugar a dudas no ha pasado por dos embarazos.

Asearse en los baños de una gasolinera no es ideal. De hecho, en la lista de cosas poco ideales, esa está anotada en el último párrafo, justo antes de «dormir con cucarachas». Pero no podemos parar en ningún motel, así que es lo que hay. Además, solo tenemos unos minutos.

—¿Cuántos años tienes, Clarita? ¿Treinta y cinco? ¿Más? —Britney me mira subida en sus tacones y agradezco que vaya a cambiarse a algo más mundano porque lo mucho que me irrita que vaya mejor vestida que yo va a acabar conmigo.

—Vamos, no parece mayor que nosotras. Además, tú ya sabes su edad —le pica Aileen.

—Mi cabeza olvida la información irrelevante.

—Tengo treinta —me enjuago la boca que ahora me sabe a deliciosa menta.

—Nosotras tenemos tres más —explica Aileen—. Adrien tiene treinta y seis.

—¿Y eso a ella qué le importa? —pregunta Britney desnudándose por completo.

Desvío la mirada porque no tengo interés alguno en verla como su madre la trajo al mundo, pero ni siquiera me hace falta para saber que es odiosamente perfecta.

De la clase de chica rubia que apenas tiene vello, siempre tiene la piel ligeramente bronceada y ha sido bendecida por Ulises, Zeus y medio Olimpo.

Qué ascazo.

Antes de salir, cuando cogí la camiseta, me metí mi collar de perlas en el bolsillo, así que me las pongo.

Es lo único que me queda de mi antigua yo. Y lo único que a mi antigua yo le quedaba de mi verdadera personalidad. La unión entre las dos Claras.

—Te queda muy bien —Aileen sonríe y no sé si se da cuenta de que las chicas tan guapas como ella no suelen ser tan simpáticas.

Menos todavía una superwoman del FBI que se ha cargado a un tío hace menos de veinticuatro horas. Un policía. Porque la policía también nos busca… para matarnos. «Muerto el perro se acabó la rabia». Esas fueron las palabras de Britney, y por mucho que me horrorice, son la pura verdad.

—Mi hermano no me lo perdonará si soy yo quien te desnuda, así que no me obligues a hacerlo —dice Aileen, burlona.

—¿Qué pasa? ¿Te avergüenzas de tu cuerpo, Clarita? Sin todas esas marcas caras no eres nadie, ¿eh? —pregunta ya terminando de vestirse.

—¿Puedes dejar de ser una bruja dos minutos, por favor? —le rebate Aileen lanzando dagas con la mirada a su compañera mientras me estampa la ropa de deporte contra el pecho.

Me desnudo.

Hago todo lo que está en mi mano para que la ropa no toque el suelo sucio, aunque no sé si volveré a ponérmela. Pasan pocos segundos desde que me quedo en ropa interior, hasta que Britney se va del baño resoplando.

—Esa es su manera de admitir que estás buena. Y lo estás.

—Gracias —digo roja como un tomate. ¿Por qué me está dando vergüenza esto?

—¿Acabas de decirle que está buena? —la voz ronca y masculina de Adrien suena desde la puerta.

Aparece con el pelo mojado y oliendo muy bien. ¿En serio? ¿Repito que estamos en una gasolinera o ya estamos flipando todos?

—No voy a robártela, no te sulfures —se burla de manera amistosa—. No tardéis.

—Tienes un reloj en el culo.

—Sí, el que a ti te falta —responde Aileen refrescándose al mojarse el pelo. Se marcha del baño mientras se trenza su larga melena granate—. ¡Sesenta segundos!

—Apóyate en mis hombros —pide Adrien y veo sus intenciones de quitarme la ropa interior.

Soy lo bastante idiota como para sentirme atraída por su carácter dominante que parece cargado de intenciones… divertidas, de esas que me gustan.

—No.

—¿Cómo dices?

—¿Por qué iba a…?

Tira de mí y vuelve a ponerme a un palmo de su boca.

—Porque te mueres por saber qué se siente al tenerme postrado a tus pies, mi pequeña bestia.