Capítulo 117
E s mediodía cuando paramos en un área de descanso con un pequeño centro comercial. Iba a volverme loca si pasaba dentro del furgón un solo segundo más, pero ha sido Britney quien lo ha dicho. Sam y Liam se van a quedar en el vehículo mientras compramos provisiones.
La idea de dejarme a mí en el coche a solas con Liam no le ha gustado nada a Adrien, pese a que la he propuesto con mucho entusiasmo. Y aunque sé que mi hijo está a salvo con un experimentado agente del FBI, no me fascina la idea.
Pero ahora mismo Adrien Volkara es un puma rabioso y no parece una buena idea discutir con él.
—Tenemos dos minutos —gruñe entre dientes—. Si tenéis ganas de ir al baño os aguantáis.
Antes de entrar al pequeño centro comercial pasamos junto a un bar donde hay un puñado de tíos tomando algo en la terraza. Todos me miran al pasar y me silban como si fuera un trozo de carne que quieren probar.
—Menudo pedazo de pastel —dice la clase de hombre al que se le ve la raja del culo cuando se agacha.
Dejo de verle cuando Adrien se coloca delante de mí, a modo de barrera humana.
—¿Quieres que te arranque todos los dientes y te obligue a tragártelos?
Su pregunta es en un tono de lo más normal, lo cual lo hace todavía más escalofriante.
—¿Es celoso tu novio, ricura? —pregunta otro, rozándome la pierna y manoseándome.
Adrien le pone la mano encima y oigo un crujido muy fuerte. Después un grito. Le ha roto la muñeca.
—¿Quién te ha enseñado a tratar a las mujeres? ¿Un violador?
—Sí, claro, cárgatelo. Eso no llamará la atención de las autoridades —murmura Aileen sarcástica, empujándonos a ambos desde detrás.
Nos vamos de allí recibiendo un puñado de miradas asesinas, aunque ninguno es lo bastante tonto como para levantar el culo de la silla.
Entramos en una tienda similar al veinticuatro horas de ayer, una en la que venden comida, todo tipo de refrescos, algo de ropa, calcetines…
—¿Necesitas ir al baño? —pregunta Adrien cerniéndose sobre mí en el pasillo de las galletas saladas.
—Antes has dicho…
—Las reglas no se aplican a ti. —Me coge de la mejilla y no resisto la tentación de apoyarme en su palma.
Veo belleza en su forma más cruda y animal.
¿Estoy enferma? Puede. Sí. Seguramente.
Adrien está fuera de sí desde el susto de ayer, pero cuando me acaricia, lo hace con mucha delicadeza. Y sé que no es momento para ponerle ojitos a un hombre peligroso, pero ganas no me faltan.
—Puedo aguantar hasta que pongamos gasolina de aquí a una o dos horas, tranquilo —carraspeo—. ¿A dónde vamos? ¿Puedo saber a…?
—Ahora mismo a un piso franco de Aileen. Estamos cogiendo el camino largo, así que…
—Toma. —Britney pasa por mi lado y me estampa un conjunto contra el pecho de malos modos—. A ver si así dejas de hacer el ridículo y llamar la atención por tener medio culo al aire.
Se me ponen rojas hasta las orejas. Pero qué insoportable es esta tía, por dios. No hace ni dos minutos que la conozco, pero ya la detesto.
Miro lo que me ha dado. Es un conjunto deportivo de camiseta blanca y pantalón negro. Por cómo lo mira Adrien creo que le ha salido el tiro por la culata.
Voy a echar a andar, pero su muñeca me rodea y me freno.
—No te fíes de ella —susurra solo para mí.
—¿Crees que…?
—No lo sé. No voy a cometer errores contigo. Ni con Liam.
Mi corazón se salta un latido con esas últimas tres palabras.
—Vámonos —dice Aileen empujándonos hacia la caja y aunque no oigo lo que el dependiente le dice a Britney, no me pierdo ni una sola palabra de lo que responde ella, girándose hacia Aileen.
—¿Quién es la diva con gustos exóticos que salió con este engendro y le subió el ego lo bastante como para que crea que puede hablar conmigo?
Madre mía.
El dependiente, lejos de sentirse ofendido, parece desearla todavía más.
Salimos de allí en cuatro minutos. Lo cierto es que los últimos metros hasta el furgón los hago corriendo.
—Por favor, cálmate un poco —oigo a Britney burlarse de fondo, pero no me importa.
—Mami.
—Ya estoy aquí, tesoro. ¿Estáis jugando al ajedrez?
—Más bien Liam me estaba dando una paliza —dice Sam subiéndose las gafas por el puente de la nariz.
—¡El alumno ha superado al maestro por primera vez!
—Seguro que no por última —dice Sam.
¿Quién diría que el amigable hombre con el portátil en el regazo es quien no para de alterar las cámaras de seguridad de las gasolineras que vamos dejando atrás?
Sam es quien está encargándose de borrar el rastro y encima es un amor con Liam. Menudo hombre más entrañable se ha puesto a trabajar en el FBI.
A Adrien le pega muchísimo. Y a Aileen, que tras su sonrisa perfecta se esconde una mujer de armas tomar con reflejos de ninja. Incluso a la arpía de Britney. Pero a Sam no.
—En marcha.