Capítulo 110
A ileen me mira con reproche y la mirada entrecerrada, pero giro la cara antes de que tenga oportunidad de preguntar.
—Creo recordar que se me sobornó con un desayuno —dice Sam, en absoluto afligido.
—Vamos, tenemos que hablar.
Vuelvo al puto bar y la camarera me mira extrañada.
—El desayuno que te has pedido estaba muy bueno, pero no creo que pudiera comerme otro —me comenta.
No creía que fuera a comérselo ni siquiera cuando le he dicho que no lo habíamos tocado, pero supongo que las leyes culinarias de un bar de carretera van al margen de todo.
Ocupamos los mismos asientos y siento que podría arrancarle el brazo a alguien de un jodido mordisco. Sam y Aileen piden algo de la carta, y yo taladro la habitación del motel en la que está Clara.
Se ha tenido que comprar los pantalones más minúsculos del puto mundo, ¿no? Ahora estoy cabreado con ella, dolido, y con una erección.
Sabía, por todas las palabrotas que soltaba cuando estábamos a solas, por los gritos, por los mensajes y los libros, y por la forma que tenía de recogerse el pelo cuando creía que nadie la veía, que no era tan fan de las normas que ella misma se había impuesto.
¿Pero esos shorts? ¿En serio?
—¿Por qué estás que muerdes? —pregunta una voz femenina que no puede hacerme sentir bien, porque no es la de Clara.
—No sé de qué hablas, estoy como siempre.
—Sí, Aileen, esta siempre ha sido su encantadora personalidad, ¿de qué te extrañas?—Sam se ríe de su propio comentario.
Sam fue mi mentor cuando entré en el FBI, pero al llegar a los cincuenta dijo que estaba cansado de liderar y que quería empezar a tomárselo con más calma.
Pasar más tiempo con sus nietos y demás.
No le importó cuando me hicieron jefe de equipo y lo recluté.
Es mi mejor arma a la hora de encontrar algo en la dark web.
Mi hermana pequeña siempre ha sido un grano en el culo. Es de las que piensan que todos los hombres son idiotas hasta que se demuestre lo contrario, tiene una puntería de cojones, es buenísima a la hora de planear estrategias de ataque y del todo insoportable el noventa por ciento del tiempo.
A sus treinta y tres, ya he asumido que la cosa no va a cambiar.
—Adivina quién va a venir —pide Aileen Volkara con un hambre descomunal, arrasando con su plato.
—Nadie —respondo en un gruñido mareando mi café—. Todo nuestro equipo está siguiendo mis órdenes de mantenerse alejados y fingir que no saben nada de lo que hacemos.
—La vida sería mucho más sencilla si las personas se quedaran justo donde dicen que van a quedarse, ¿verdad? —pregunta Sam antes de hincarle el diente a sus tortitas con nata y fresas.
—Bueno, ya que no quieres jugar a las adivinanzas, te lo diré yo. Britney.
—Será una broma.
—Dice que en la central todos están alterados y que no la escuchan como tú, que está harta de quedarse al margen y que no estará satisfecha hasta que ande siguiéndote a donde sea que vayas. —Sonríe con malicia, sabiendo lo que está cabreándome.
Me levanto y hago una puta llamada porque tener a Britney aquí no hará que nada sea más fácil.