Capítulo 108
M e obligo a comer un poco, pero al segundo bocado creo que voy a ponerme enferma.
—Necesito salir de aquí.
—¿A dónde quieres que te lleve? —pregunta con esa voz que jura que es capaz de hacer todos mis sueños realidad.
Es como sentarse a la mesa con Satán, tengo la sensación de que en cualquier momento se abrirá el suelo y el inframundo me hará su prisionera.
—Solo necesito un poco de aire y soledad. —Me levanto del sofá y huyo.
No hay otra forma de describir lo rápido que camino. Pero su cuerpo se eleva a mi espalda escasos instantes después, respirándome en la nuca, robándome el oxígeno directamente de mis pulmones.
—Sabes que no voy a irme a ninguna parte sin Liam, ¿de verdad no puedes darme ni un minuto a solas?
—Hace no demasiado dudabas si te estabas volviendo loca. Voy a limitarme a asegurarte que estás en tus jodidos cabales.
—No sé si eso es un golpe bajo o un gesto bonito.
Sonríe y es toda una desgracia. Es imponente, elegante, sexy a rabiar, una maldición para la especie masculina y otra para la femenina. Todos querrán ser él y todas querrán tenerlo. Salvo yo. ¡Yo solo quiero que me deje puto-en-paz!
Me revuelvo incómoda y me alejo, pero a cada paso que doy él se acerca uno, y estamos en las mismas. Es un baile de lo más irritante.
—Para de hacer eso.
—¿Qué pasa? —apoya las manos sobre sus piernas y agacha la cabeza para estar a mi altura, para mirarme directo a los ojos. Dios, esos faros castaños son insoportables —. ¿No te gusto sin la máscara? ¿Si me la pongo me pedirás que entierre la cara entre tus piernas?
Una ola de calor y adrenalina zumba por mis venas.
—¿Q-q-qué? —musito.
—No estás sorda. Me has oído.
—¿Le…? ¿Tú has leído mis mensajes?
Los de mis amigas lectoras.
Mis peores vergüenzas.
¡Mis confesiones vulnerables!
—No. Dime que no.
—Sí.
—¡¿Quién te daba derecho a invadir así mi privacidad?!
El castaño claro e imposible de sus ojos se vuelve líquida lava candente cuando me atraviesa con ellos. Se acerca más y más, y dejo de respirar.
—No tienes de qué avergonzarte por querer que te folle un hombre con máscara. Anhelar que te persiga, te abra las piernas a la fuerza y te estudie en mitad de la calle como si fueras un mapa de carreteras. Que beba de ti y aun así sigas goteando durante horas.
Esto no puede estar pasando.
¡NO PUEDE ESTAR PASANDO!
—Deja de… no .
— He leído tus fantasías, Clara.
—Cállate.
—Todas, Clara.
—No sigas hablando. Y deja de pronunciar así mi nombre. —Mi cuerpo choca contra el lateral de la cafetería y no tengo escapatoria.
Me enjaula con su ser, su olor. Su mirada me aplasta contra el suelo.
—No soy un buen hombre. He matado a mucha gente. —Pone ambos brazos alrededor de mi cuerpo.
Están llenos de tatuajes y de músculos adornados con venas abultadas.
—Trabajas para el FBI. Matar está en el contrato.
—Sí, pero yo siempre he ido un paso más allá. Por eso me salté las normas y seguí con el caso tras ser suspendido. Por eso me acerqué a ti, pese a que eso lo ponía todo en riesgo.
Su boca está cerca de la mía. Tengo las bragas tan empapadas que si me sentara en cualquier superficie, me resbalaría.
—Me salvaste la vida. Salí de esa mansión con vida gracias a ti.
Me coge la cara con una sola mano y mi sexo gotea sin freno.
—Eso no cambia nada. No soy un buen hombre —pronuncia esas cinco palabras con un énfasis aterrador y se acerca tanto a mis labios que casi los roza.
—De acuerdo. No lo eres.
—No. Pero moriría con tal de hacer realidad hasta la última de tus fantasías. Aunque solo fuera una vez.
Mi cuerpo me hace dudar. Cuando le pongo las manos encima no estoy segura de si lo que pretendo es acercarlo a mí o alejarlo de un empujón.
Me lo imagino poseyendo hasta el último rincón de mi cuerpo aquí y ahora.
Me lo imagino cumpliendo hasta la última de las fantasías que he compartido con mis amigas lectoras y que ahora él sabe.
Las máscaras, follar con público, la asfixia…
Finalmente la rabia hace su trabajo y lo empujo apartándolo de mí.
Mi visión se vuelve borrosa y están a punto de saltárseme las lágrimas.
—¡Eres igual que Kenerick!
El empujón no le ha molestado, pero mis palabras tienen pinta de haberle escocido.
—¿Disculpa?
—Quieres algo de mí, igual que él, pero yo no te importo. Usas tu atractivo para conseguir lo que quieres y manipularme. Eres como él.
—No tienes ni puta idea de lo que…
—No quiero escucharte ahora. Si no vas a dejarme en paz, ¡al menos cállate! Voy a entrar a ese veinticuatro horas para comprar algo de ropa y no me vas a dirigir la palabra. Necesito deshacerme de esto que llevo puesto porque está manchado ¡DE PUTA SANGRE!