Está dentro de mí (Depredador Enmascarado 2) Capítulo 105
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Capítulo 105

S on alrededor de las seis de la mañana cuando me siento en uno de los sofás de un bar de carretera cualquiera.

Solo lo hago porque desde aquí se ve la puerta del motel, donde está Sam leyendo un libro viejo, y podría ver con mis propios ojos si Liam saliera.

Hay camioneros que están de paso, un par de adolescentes que tienen pinta de haber huido de casa en plan Romeo y Julieta, y tres camareras de avanzada edad con un cigarro en la boca y una sonrisa sarcástica en los labios.

Nosotros nos sentamos alejados de todo y con un solo gesto de cabeza, Adrien pide dos cafés como a mí me gustan.

Ocupa el asiento frente a mí y su olor me intoxica.

No puedo evitar fijarme en lo grande que es.

O en cuantísimos tatuajes tiene, la C de su garganta incluida.

En definitiva, no puedo evitar pisparme de lo atractivo que es.

Lo cual me cabrea.

Se inclina hacia mí y alarga la mano hasta que su pulgar está en mi ceño fruncido, relajándolo. Es un gesto tierno para el que no estoy preparada así que le doy un manotazo para apartarlo.

—Deja de tocarme sin permiso.

Sonríe de lado como el cretino que es.

—Me encanta verte sacar las uñas.

—¿Sí? Pues es genial porque no vas a ver otra cosa. Tienes dos minutos antes de que me excuse al baño y salga por la ventana.

—Puedes escapar tanto como quieras, yo siempre te encontraré.

—¿Estás diciendo que tengo que matarte para librarte de ti?

— Vajza ime e egër…

Me suben los calores por el cuello directos a mis mejillas. Me gusta demasiado oírle hablar en la lengua de su tierra.

¡Y reconocérmelo me cabrea más!

—¿Voy a tener que aprender albanés para entender los sonidos que salen por tu boca? —escupo, pero no tuerce el gesto.

No hace mueca alguna. No muestra irritación u ofensa.

El control facial que tiene es de nivel DIOS.

—¿Qué quieres desayunar, pequeña bestia?

Tengo hambre, pero si me meto comida en la boca, entonces dejaré de sentir su sabor en la lengua y no quiero.

Es evidente que es una reacción al trauma y que mi cuerpo asocia el beso al mordisco que me propinó en mi cocina, el que me alertó de que nada iba bien, el que me… salvó.

El mismo que ahora me mantiene prisionera en este estúpido sofá.

—¿Y bien?

—Cualquier cosa que me quite este sabor de boca —estrecho la mirada y cojo la carta.

Aun así, no me pasa por alto su gesto de pasarse la lengua por el interior de su boca, como si estuviera relamiéndose. Estoy a punto de salir ardiendo por combustión espontánea.

Pedimos tortitas con fresas y nata porque es la recomendación de la casa y volvemos a quedarnos a solas.