La sombra

Mis labios están ennegrecidos, mi piel derretida adorna mi esqueleto y tengo los ojos inyectados en sangre, pero él me sonríe y me mira como si fuera preciosa.
Mío.
Mío siempre.
—¿No te parezco horrible? —pregunta Kenerick.
Me atrae hacia sí hasta que estoy apoyada contra su pecho.
Le rodeo el cuello, manchándome de su sangre. Su cuerpo está bañado en ella.
—Tus marcas son mejores que las mías —le prometo—. Las de la superficie escuecen menos que las que van por dentro.
Rozo su mejilla y lo atraigo hacia mí. Me besa y gruñe de gusto y ansia.
—Hazme tuya —pido.
—Siempre.
Nathalie ya no tiene hambre.
Nathalie está contenta.
Nathalie quiere quedarse justo aquí.