CAPÍTULO 35 #2
Le cogí la muñeca izquierda. Se la giré hacia la luz, como hice aquella noche, y ahí no había nada: piel, un reloj, una vena. Ni una marca. Han pasado seis meses.
—Vámonos —dije—, que esto empieza a ser un museo.
Subimos por la rampa en vez de por el ascensor, sin motivo, y salimos a la calle Zurbano con el sol todavía alto y un camión de reparto bloqueando el carril.
Y dos horas después cenamos en Casa Lúa sin una sola carpeta encima de la mesa.
Lo noté físicamente. Seis meses de cenas en las que en algún momento uno de los dos decía «déjame enseñarte una cosa» y sacaba un teléfono o un papel, y de repente no había nada entre el mantel y nosotros más que un plato de setas y dos copas.
—Está rarísimo —dije.
—Muy raro.
—¿De qué habla la gente?
—De sí misma. Es espantoso.
Empezamos por lo fácil y lo fácil duró cuarenta minutos: el consejo, la auditoría, la cooperativa de Ciudad Real, si Hugo iba a pedirme un aumento (iba), si Elena me iba a invitar al cumpleaños de Martina (iba, con jugosas amenazas).
Y después Nicolás dejó el tenedor.
—Exclusividad —dijo.
—Directo.
—Tengo treinta y siete años y acabo de ver cómo un tío destruye catorce meses de su vida por no decir una frase a tiempo.
Voy a decir las frases. —Se echó atrás en la silla—.
No estoy con nadie más, no quiero estar con nadie más y no quiero que tú estés con nadie más.
Si eso a ti te resulta prematuro o asfixiante, dímelo y lo hablamos, pero no quiero que lo adivinemos.
—No es prematuro.
—¿Y asfixiante?
—Un poco. —Bebí—. Pero no por ti. Me resulta asfixiante estar de acuerdo. Llevo seis años teniendo esta conversación de una manera en la que yo era la que ponía las condiciones y el otro decidía si le valían. Esto es distinto y me tiemblan las manos.
—Se te nota en la copa.
—Ya lo sé, gracias.
—Vera.
—Sí. —Dejé la copa—. Sí a la exclusividad. Y no vamos a vivir juntos este año.
—Estoy de acuerdo.
—¿Sí?
—Sí. —Sonrió—. Tú tienes la casa demasiado ordenada y yo tengo la casa demasiado vacía. Vamos a arreglar las dos cosas despacio. Quiero un cajón en la tuya y quiero que tú tengas llave de la mía, y eso me parece suficiente para septiembre.
Me quedé mirando el mantel un momento.
—Hay otra parte —dije.
—Lo sé.
—Y me cuesta más que la anterior.
—Lo sé. A mí también.
—Nicolás, durante seis meses hemos tenido un caso.
—Hablé despacio, eligiendo—. Ha sido la excusa perfecta.
Cada vez que hemos hecho algo, había un motivo externo por el que era complicado, arriesgado o inevitable.
Y yo tengo un historial, que tú conoces, de usar las reglas para no tener que decir lo que quiero.
Poner un límite es más fácil que decir «me gusta esto».
El límite suena profesional. Lo otro suena a estar desnuda en una cafetería.
—¿Y qué te da miedo exactamente?
—Que sin el caso resulte que lo nuestro era el caso.
Lo dije y me quedé quieta.
—No —dijo él—. Y no te lo voy a demostrar discutiendo. Te lo voy a decir y ya. Lo que yo quiero conservar no tiene nada que ver con tu expediente.
—Dime qué quieres conservar.
Y ahí, por primera vez en toda la noche, a Nicolás Ferrer se le puso el cuello rojo por encima del cuello de la camisa. Esa franja. La que delata a la gente que controla todo lo demás.
—Una noche a la semana en la que yo no decido nada —dijo—.
Ni el sitio, ni la hora, ni el ritmo, ni si me tocas o no me tocas.
Nada. Llevo desde los catorce años decidiendo por gente y estoy cansado de una manera que no sé explicar en una mesa.
—Tragó—. No quiero que me quites el poder.
Quiero elegir dónde dejarlo y saber que quien lo recoge eres tú y que lo vas a devolver entero. Eso. Eso es lo que quiero conservar.
Tenía la mano derecha sobre la mesa, abierta, muy quieta.
—¿Y tú? —dijo.
—Yo quiero decirlo en voz alta —dije—. Sin que sea un juego, sin que sea una negociación técnica y sin que nadie se ría. Quiero poder decirte «esta noche quiero atarte a la cama y mirarte media hora» un martes cualquiera, con la luz encendida, mientras friegas un plato.
—Vale.
—No he terminado. —Se me había puesto la voz áspera—. Y quiero que cuando lo diga me mires. No que digas que sí. Que me mires. Porque lo único que no soporto, lo único, es decir algo así y ver que el otro lo archiva para usarlo después.
—No voy a hacer eso.
—Ya lo sé. Por eso lo estoy diciendo.
Nos quedamos callados con toda la gente de Casa Lúa cenando alrededor.
Yo notaba el pulso en el cuello y en las muñecas y en sitios que no vienen al caso en un restaurante de Chamberí, y él tenía la mano abierta sobre el mantel a quince centímetros de la mía, y ninguno de los dos la movió, porque él nunca ha querido nada de esto en público y esa es una de las tres o cuatro cosas suyas que más me gustan.
Pagó él. Discutimos. Ganó porque hizo trampas.
Subimos andando hasta Ríos Rosas. En el portal, con la llave ya en la cerradura, me dijo:
—Espera.
Sacó del bolsillo interior de la chaqueta una caja. Pequeña, de cartón rígido negro, del tamaño de un estuche de gafas, atada con una goma elástica de las de oficina, porque es un hombre práctico y no iba a comprar un lazo.
—Ábrela arriba —dijo.
La abrí en la cocina, de pie, con el abrigo todavía puesto.
Dentro, sobre una tela doblada, estaban mis esposas.
Las mismas. Acero, doble cierre, la muesca en el aro izquierdo que lleva ahí desde Carabanchel y que reconozco a ciegas. Las que él dejó en mi casa en abril. Las que le devolví en una bolsa de plástico la noche que rompimos, sin decir nada, porque no podía decir nada.
Las levanté y pesaban lo que pesan siempre, que es más de lo que uno se espera.
Y debajo, en el fondo de la caja, había dos llaves.
Dos. Idénticas. Ridículamente pequeñas, más ligeras que un clip.
—Solo había una —dije.
—He hecho una copia. —Se había quedado en el marco de la puerta de la cocina, sin entrar—. Me costó nueve euros y el cerrajero de Antonio López me preguntó dos veces si era para una maleta.
—¿Y qué le dijiste?
—Que sí.
Me reí y me salió mal, porque tenía la garganta cerrada.
—Una para cada uno —dijo—. No es un símbolo, Vera, o sí, pero también es práctico. No quiero que vuelva a haber una noche en la que la llave esté solo en un bolsillo.
Cerré la mano alrededor del metal. Lo noté frío y después no.
—La última vez que le puse esto a alguien —dije— me equivoqué de hombre, de sitio y de motivo.
Nicolás entró en la cocina. Se paró delante de mí, muy cerca, sin tocarme, y se subió los puños de la camisa con esa calma suya de tipo que ya ha decidido el orden de las cosas.
—Esta vez no hay error posible.