CAPÍTULO 35
—Bienes recuperados —dijo—. Uno. Vehículo Porsche, matrícula precintada, en depósito judicial.
Dos. Dos relojes localizados en una casa de compraventa de Alcalá.
Tres. Furgoneta de reparto, Pinto. Cuatro.
Equipos informáticos por valor de cuarenta y tres mil euros, veintinueve mil de ellos en el mismo trastero.
Cinco. Diecinueve órdenes de pago por un total de cuatrocientos doce mil trescientos euros que no se han ejecutado porque nos avisaron ustedes.
—Nos avisó Paula Mir. Nosotros supimos leerla.
—Eso lo pongo yo en mi informe, no usted en el suyo. —Se quitó las gafas—. Salvatierra, voy a ser franca. En marzo, cuando me llegó su incidente, mi director técnico quiso sacarla de la lista de peritos colaboradores y yo tuve que discutirlo dos veces.
—Lo suponía.
—No lo suponía, se lo digo yo ahora. —Volvió a ponerse las gafas—. Levantamos la supervisión. Vuelve usted a firmar informes sola. Y hay tres expedientes nuevos encima de esa mesa, dos de trazabilidad patrimonial y uno feo de una cooperativa de Ciudad Real.
—¿Feo cuánto?
—Feo de tres años.
—Me lo llevo.
—Ya lo sabía. —Empujó la carpeta hacia mí—. Una cosa más. La próxima vez que tenga la certeza absoluta de algo, llámeme antes de tenerla.
Salí a la calle con la carpeta bajo el brazo y me quedé parada dos minutos en la acera de Génova sin ninguna razón concreta, mirando pasar autobuses.
En el despacho, Clara no me preguntó cómo había ido.
Estaba en su mesa con las gafas en la frente y esa cara de exabogada mercantil que pone cuando algo le importa y ha decidido que no se le note. Cuando entré en mi cuarto, encima del teclado había una carpeta de cartulina azul con una etiqueta escrita a mano:
SALVATIERRA — INCIDENTE ZURBANO — 2411-B ANEXO I
Dentro estaba mi cronología minuto a minuto de aquella noche. Las once páginas que escribí sin dormir. El acta de la policía. Las fotografías de las marcas en las muñecas de Nicolás. La declaración de que él renunciaba a denunciar.
Y encima, un post-it amarillo con la letra de Clara.
«Rómpela tú.»
Fui a su despacho con la carpeta en la mano.
—¿Esto es una cursilería?
—Esto es gestión documental. Ya no la necesitamos. —No levantó la vista del ordenador—. Y sí, es una cursilería. Tengo cuarenta y un años y tres socios que me deben dinero, déjame tener una.
—Clara.
—No te voy a decir que estoy orgullosa, porque te lo crees y luego no hay quien te aguante durante un mes.
—Por fin me miró—. Te voy a decir que en once años nadie ha devuelto nunca un expediente a este despacho después de habérselo quitado.
Nadie. Y que yo llevo desde marzo sin poder decirle eso a nadie. Ya está. Vete.
La destructora tardó nueve segundos en comerse las once páginas. Las conté.
Lo de Paula fue más lento y más sucio, que es como son estas cosas.
Su abogado negoció con la fiscalía durante tres semanas: conformidad, atenuante de confesión, colaboración acreditada, devolución de las comisiones —cuarenta y un mil euros que Paula no tenía y que iba a estar pagando ocho años— y una petición de pena que no la metía en la cárcel.
Falsedad en documento mercantil no se evapora porque uno se arrepienta, y no debería.
Pero la grabación de Las Tablas era la pieza sobre la que se sostenía toda la instrucción contra Landa, y eso lo valoró hasta el fiscal.
Me escribió una vez. Un mensaje corto.
«Gracias por no hablarme como si fuera idiota. Todos los demás lo hicieron. Incluso los que me querían ayudar.»
Estuve doce minutos redactando la respuesta y al final mandé cuatro palabras: «Cumpla lo que ha firmado.» No sé si fue lo que quería decirle. Es lo que podía.
Nexo aguantó. Con anexo, con auditoría externa a doce meses, con una consultora carísima reescribiendo procedimientos de compras y con dos días de titulares en los que el nombre de Nicolás salía en la segunda línea y no en la primera.
En el consejo, alguien planteó que el director de operaciones asumiera responsabilidades.
Nicolás ofreció su dimisión por escrito el jueves, en cuatro párrafos, sin pedirle opinión a Ismael Ponte, que casi se muere.
No se la aceptaron. Por unanimidad, además. Tomás Bermejo fue el primero en votar en contra.
Y el viernes, Tomás Bermejo se presentó en Viriato 32 sin cita.
* * *
Traía corbata. A las cinco de la tarde de un viernes de septiembre, corbata.
—Tengo cuatro minutos —dijo, de pie, en la puerta de la sala pequeña—. Tengo un tren.
—Siéntese.
—Prefiero no sentarme.
Se quedó de pie. Se sujetó el puño de la camisa con la otra mano, que es un gesto que le había visto hacer en reuniones cuando alguien le llevaba la contraria.
—Quería exponerle una consideración sobre mi conducta durante el procedimiento —dijo.
—Vale.
—Mi resistencia inicial a su intervención respondía a criterios que en su momento entendí prudentes. Una investigación externa con acceso a sistemas internos genera exposiciones que un director financiero tiene obligación de valorar.
—Ya.
—Y eso es cierto y lo mantengo. —Carraspeó—. Sin embargo.
Esperé.
—Sin embargo, yo no la traté a usted como a una exposición.
La traté como a una intrusa. Y le hablé en un pasillo delante de tres personas de una manera que no...
—Se paró. Empezó otra vez—. Una vez le dije a Ferrer, delante de usted, que había metido en casa a alguien que ya había demostrado no saber distinguir a un delincuente de un directivo.
Eso lo dije yo. Estaba enfadado y era falso y además era, eh. Era barato.
—Sí que lo era.
—Sí. —Asintió tres veces seguidas, muy rápido—. Bien. Pues eso. Buenas tardes.
Y se dio la vuelta y se fue hacia la puerta.
—Bermejo.
Se detuvo.
—Eso ha sido una disculpa —dije.
—Ha sido una consideración.
—Ha sido la peor disculpa que me han pedido nunca y le agradezco muchísimo que haya venido a dármela en persona teniendo un tren.
Se puso rojo desde el cuello, exactamente igual que otra persona que conozco, y entonces dijo la única cosa de aquella tarde que no llevaba preparada.
—El día 30 le mandé un correo a Berta Ayala. —Miraba la moqueta—. Un informe de seis folios sobre su trabajo en el expediente. Firmado por mí como director financiero de la parte afectada. Se lo mandé el día 30.
Tardé un segundo en hacer la cuenta.
El día 30 era cinco días antes de la firma. Cinco días antes de que se detuviera a nadie. Cuando todavía cabía perfectamente la posibilidad de que yo estuviera equivocada otra vez y de que Tomás Bermejo quedara como un idiota por escrito delante de la aseguradora de su empresa.
—¿Por qué? —dije.
—Porque en ese momento ya era verdad. —Se encogió de hombros con una torpeza absoluta—. Que resultara ser útil después es otra cuestión. Adiós.
Me cayó bien. Me cayó bien de golpe y del todo, ese hombre rígido, desconfiado y honesto que había estado a punto de arruinarme el caso por investigar por su cuenta y que había escrito seis folios a mi favor cuando escribirlos no le convenía a nadie.
* * *
El sábado por la tarde bajamos al aparcamiento de Zurbano.
Fue idea mía y la propuse fatal, como propongo yo las cosas.
—Tengo que devolver una tarjeta de acceso al administrador —dije—. Y ya que estamos.
—Ya que estamos —repitió Nicolás.
—No le des más vueltas.
—No le estoy dando ninguna vuelta. Estoy disfrutando.
El sitio olía igual. Cemento húmedo y ambientador industrial de pino. Los fluorescentes seguían zumbando con ese temblor irregular, y uno de ellos, el cuarto empezando por la rampa, seguía sin arreglarse, lo cual me pareció un dato importante sobre la comunidad de propietarios.
La plaza 114 estaba ocupada por un Kia gris aparcado torcido.
—Ahí lo tienes —dijo Nicolás—. Otro delincuente.
—No empieces.
—Es tu teoría. La gente que roba coches aparca mal.
—Es una teoría excelente y me ha dado de comer once años.
—Te dio de comer once años y una noche te falló.
—Me falló el sujeto, no la teoría.
—«Sujeto» —dijo.
—Es terminología.
—Es horrible.
Fuimos hasta el pilar. Estaba igual: hormigón pintado de amarillo hasta la altura del pecho, una franja de roce negro de parachoques, el número 114 estarcido arriba. Nicolás apoyó la palma en él y se quedó mirándolo con una cara imposible de leer.
Luego se giró, se cuadró un poco de hombros y dijo:
—Buenas noches.
—Son las seis de la tarde.
—Buenas noches. ¿Es suyo ese vehículo?
Me reí. Me reí de verdad, con eco de aparcamiento y todo.
—No —dije—. Tengo un Volvo. Está en el otro extremo porque hoy he llegado tarde.
—Entonces no le importará esperar.
—No he dicho que me importe esperar. He dicho que se está usted equivocando.
—Lo va a lamentar mucho.
—Probablemente.
Nos quedamos los dos ahí, de pie, delante de un pilar amarillo, sonriendo como dos imbéciles.
—¿Sabes qué es lo que nunca te he contado? —dije.
—Dímelo.
—Que en el minuto cuatro ya lo sabía.
Levantó las cejas.
—Cuando dijiste lo del abrigo —seguí—. Que el conductor del Porsche llevaba el mismo abrigo que tú y que te habías fijado porque pensaste que era el tuyo.
Nadie improvisa eso. Un tío que va a mentirte te dice «no sé nada de ese coche».
No te cuenta un detalle de vestuario que además te sirve a ti.
—Miré el pilar—. Lo supe ahí. Y seguí adelante once minutos más porque parar me habría obligado a decir en voz alta que me había equivocado delante de un desconocido, y yo eso no lo hacía.
Nicolás tardó en contestar.
—Yo también te voy a contar una —dijo—. Cuando me pusiste contra el pilar, pensé tres cosas seguidas.
La primera: «esto es un atraco». La segunda: «no, esta mujer está trabajando».
Y la tercera, medio segundo después de la segunda...
—Dio una patada suave a una piedrecita del suelo del garaje—.
La tercera no la pensé con palabras. Solo noté que había dejado de tener miedo demasiado rápido.
—¿Y eso te asustó?
—Me asustó muchísimo. Estuve tres semanas convencido de que era una cosa rara que me pasaba a mí solo. —Torció la boca—. Luego resultó que no.