CAPÍTULO 36
Durante seis meses había hecho esto mismo con la sensación de estar robando algo.
No lo había pensado con esas palabras hasta esa noche, de pie en mi cocina con el abrigo puesto y unas esposas en la mano, pero era exactamente eso.
Cada vez que lo había tocado había una parte de mí calculando el precio: cuánto me iba a costar después, qué estaba entregando sin darme cuenta, en qué momento aquello se convertiría en munición.
Esa noche no había precio que calcular. Y resulta que eso da más miedo.
—Quítate el abrigo —dijo Nicolás.
—¿Perdona?
—Llevas el abrigo puesto desde que hemos entrado. —Se apoyó en el marco, de brazos cruzados—. Te conozco. Si no te lo quitas, en algún momento vas a decir que es tarde.
Tenía razón, el muy cabrón.
Me lo quité. Lo dejé en el respaldo de la silla y me quedé de pie, con el jersey fino y los vaqueros y los pies descalzos, porque me había descalzado en la puerta sin pensarlo.
—Vale —dije—. Ahora tú.
—¿Yo qué?
—La chaqueta.
Se la quitó despacio y la dobló por el forro antes de dejarla, que es una cosa que hace siempre y que la primera vez me pareció insoportable y ahora me parece otra cosa.
—¿Y ahora? —preguntó.
Y ahí me quedé parada.
Porque las otras veces siempre había habido un marco.
Un acuerdo, una prueba, una escena, algo que empezaba y algo que terminaba.
Las reglas eran un edificio dentro del que yo podía moverme sin tener que explicarme, y esa noche no había edificio.
Solo mi cocina, un hombre con la camisa arremangada y dos llaves sobre la encimera.
—No lo sé —dije.
Fue lo más honesto que había dicho en meses.
Nicolás no se movió. No hizo un chiste, no llenó el silencio, no me ofreció una salida. Se quedó ahí mirándome con esa atención suya de ingeniero educado que espera a que el otro termine de pensar, y al cabo de un rato dijo:
—Entonces empiezo yo.
Cogió las esposas de la encimera.
Y las abrió.
Ese sonido —el trinquete corriendo hacia atrás, metálico, limpio— lo he oído cientos de veces en mi vida profesional y no significa nada. Esa noche, en mi cocina, con la nevera zumbando al fondo, se me metió en la columna.
Se las pasó de la mano derecha a la izquierda. Después giró las muñecas hacia mí, juntas, con las palmas hacia arriba y los dedos relajados, y me miró a los ojos.
—Toma.
—Nicolás.
—No te estoy pidiendo permiso. Te estoy dando algo.
—Ni una sombra de broma—. La primera vez me las pusiste tú porque creías que yo era otro.
La segunda porque lo negociamos en una servilleta de un restaurante.
Esta vez las estoy ofreciendo yo, en tu casa, sabiendo exactamente quién eres y exactamente qué me gusta.
No hay error posible y tampoco hay excusa.
Si esto pasa esta noche es porque los dos queremos que pase.
Se me llenaron los ojos y él tuvo la decencia de no comentarlo.
—Dilo entonces —conseguí decir—. Todo.
—¿Todo qué?
—Lo que quieres. En voz alta. Sin que yo tenga que adivinarlo, sin que yo tenga que dirigir la conversación para que te resulte cómodo.
—Me temblaba la voz y dejé que temblara—.
Llevo toda la vida haciendo eso, Nicolás.
Adelantándome, poniendo las reglas, decidiendo por los dos para no tener que oír a nadie decirme qué quiere de mí. Y me ha funcionado de puta pena.
Bajó las manos, pero no soltó las esposas.
—Quiero que me las pongas —dijo—. Quiero estar en tu cama sin poder usar las manos y quiero que tardes mucho.
Quiero que me digas qué vas a hacer antes de hacerlo, porque la espera me gusta más que casi todo lo demás.
Quiero que en algún momento te olvides de vigilarme y hagas exactamente lo que te apetezca.
—Una pausa mínima—. Y quiero que después te quedes.
—Eso último no es una fantasía.
—Es la única que me importa.
Le quité las esposas de la mano.
—Vamos.
* * *
Mi habitación da a un patio y a esa hora estaba en silencio. Encendí la lámpara pequeña, no la del techo. Puse las dos llaves en la mesilla, una al lado de la otra, bien visibles, y él lo vio y no dijo nada.
—Desnúdate —dije.
—¿Entero?
—Entero.
Lo hizo sin espectáculo y sin prisa, y yo me senté en el borde de la cama y lo miré hacerlo sin disimular que lo estaba mirando, que era la parte nueva. Camisa. Cinturón. Todo lo demás. Cada prenda doblada o colgada, porque hasta desnudándose el hombre ordena.
Cuando terminó se quedó de pie delante de mí, y no había nada tímido en él: estaba duro y no hizo el menor gesto de taparlo, ni de acercarse, ni de acelerar nada.
—Preciosa palabra, «entero» —dijo.
—Cállate.
—Vale.
—Manos.
Las levantó, juntas, por delante. Le cerré el primer aro despacio, comprobando con el meñique que quedaba el hueco de siempre, y él exhaló igual que en aquel aparcamiento de Zurbano hacía seis meses, con esa respiración corta que la primera vez interpreté mal y que llevo desde entonces reconociendo.
—¿Aprietan?
—No.
—¿Palabra?
—Norte.
—¿Y si no puedes hablar?
Abrió la mano derecha y la cerró.
—Bien. —Le puse la llave en la palma derecha y le cerré los dedos encima—. No la sueltes salvo que quieras que pare. Y si la sueltas, paro. En mitad de lo que sea.
—Lo sé.
—Dilo.
—Sé que paras. —Me sostuvo la mirada—. Lo sé desde la primera noche. Por eso estamos aquí.
Lo empujé hacia atrás en la cama con dos dedos en el esternón. Cayó sentado, después se tumbó, y subió los brazos por encima de la cabeza sin que yo se lo pidiera, hasta que la cadena quedó contra el cabecero.
—Yo no te he dicho que hicieras eso —dije.
—Ya.
—¿Entonces?
—Tenía ganas.
Me reí. Me subí encima de él vestida, a horcajadas, y noté cómo se le cortaba la risa a él.
—Te voy a decir lo que va a pasar —dije, y me di cuenta de que por primera vez no lo decía con la voz de trabajo—. Te voy a besar un rato. Después voy a bajar. Y no vas a correrte hasta que yo lo diga, no porque sea una norma, sino porque quiero ver cuánto aguantas mirándome.
Se le movió la garganta al tragar.
—¿Cuánto es «un rato»?
—El que yo decida.
—Eso ya lo sabía.
—Entonces deja de preguntar.
Lo besé.
Y ahí se me deshizo un poco el plan, porque llevaba un mes sin besarlo y no me había permitido contar los días.
Tenía la boca caliente y el pulso disparado y olía a él, a esa colonia seca y a piel, y cuando le pasé la lengua por el labio inferior emitió un sonido que le salió del pecho y que no tenía nada de controlado.
Le sujeté la cara con una mano. Bajé por la mandíbula, por el cuello, por esa franja de piel justo encima de la clavícula que se le enrojece cuando pierde pie, y me tomé mi tiempo ahí a propósito, sintiendo cómo tiraba de la cadena por encima de mi cabeza.
—Vera.
—Todavía no.
Seguí bajando. Pecho, costillas, el estómago tenso, la cadera. Le mordí el hueso de la cadera y me arrepentí inmediatamente de haberlo hecho tan pronto, porque arqueó la espalda entera y yo perdí dos segundos enteros mirándolo.
—Estás mirándome —dijo, y le salió ronco.
—Sí.
—Me gusta cuando me miras así.
—Cállate.
—No.
Y entonces bajé del todo y dejó de hablar.
Cerré la boca sobre él de una vez, entero, y el ruido que hizo se oyó en toda la habitación.
Yo llevaba meses aprendiéndome exactamente esto: el punto donde se le corta la respiración, el ritmo que lo pone al límite y el que lo deja suspendido, la diferencia entre presionar y esperar.
Y lo usé todo, y cuando lo tuve temblando, con los muslos duros y la cadena tirante y una palabrota repetida contra la almohada, paré en seco.
—No —dijo.
—Sí.
—Vera, por favor.
—Todavía no.
Abrió los ojos. Los tenía negros y se le había pegado el pelo a la frente, y no soltó la llave.
Me quité el jersey. Después el sujetador, los vaqueros, todo, de pie junto a la cama, tomándome el mismo tiempo que le había hecho tomarse a él.
Lo dejé mirar. Esa era la otra parte nueva, y me costó más que ninguna otra cosa de esa noche: quedarme quieta, desnuda, con la luz encendida, delante de un hombre que sabía cómo era mi cara cuando se me rompe, y no hacer un chiste.
—Ven aquí —dijo.
—No tienes las manos.
—Ya lo sé. Ven igual.
Volví a subirme encima. Le pasé las manos por los brazos estirados hasta las muñecas, donde el acero le estaba dejando la marca rosada que yo conocía milímetro a milímetro, y le apoyé la frente en la frente.
—Dime lo que quieres —murmuré.
—A ti.
—Más concreto.
—Quiero que te sientes encima de mí y quiero mirarte mientras lo haces y no quiero poder tocarte. —Su voz era un hilo—. Quiero enterarme de que te pasa a ti también.
Me incorporé lo justo. Alcancé el preservativo del cajón, se lo puse yo, despacio, con él observando cada movimiento, y después me coloqué encima y bajé.
Fue lento. Insoportablemente lento, y en parte fue a propósito y en parte fue porque hacía un mes y mi cuerpo tardó en volver a entenderlo. Cuando lo tuve dentro del todo me quedé quieta y cerré los ojos y él dijo, apretando los dientes:
—Mírame.
—Esa frase es mía.
—Te la robo.
Abrí los ojos.
Y me moví.
No sé cuánto duró. Sé que en algún momento dejé de dirigir en el sentido en que había dirigido siempre —el sentido de mantener la escena bajo mi mano, de saber a cada segundo dónde estaba yo y dónde estaba él— y empecé simplemente a moverme como me apetecía, con la frente apoyada en la suya, dejando que se me escapara todo lo que se me escapara.
Sé que en algún momento se me quebró la voz diciendo su nombre y no me importó.
Sé que él tenía los brazos estirados y la cadena tensa y los dedos cerrados sobre la llave, y que cada vez que yo aceleraba él tiraba un poco del metal, no para soltarse, sino porque no podía evitarlo, y que ese tirón me deshacía más que cualquier cosa que pudiera haberme hecho con las manos.
—No aguanto —dijo en algún momento.
—Un poco más.
—Vera...
—Un poco más. Conmigo.
Y me lo dio. Aguantó, con la mandíbula apretada y la respiración rota, hasta que yo llegué al borde y ya no pude sostener ni mi propio peso, y entonces le dije que sí, contra la boca, casi sin aire, y se fue conmigo.
Me quedé sobre él un rato largo, con la cara en su cuello y el corazón todavía a toda velocidad, sintiendo cómo el suyo bajaba despacio debajo de mi mejilla.
Después levanté la cabeza.
Tenía la llave en la mano. Cerrada. Todo el tiempo.
* * *
Le abrí las esposas y se las quité, y le froté las muñecas con los pulgares como hago siempre, y como siempre él dejó que se las frotara sin decir nada, con los ojos cerrados.
—Marcas leves, sin lesión —dije.
—Deja de hacer eso.
—Nunca.
Nos duchamos. Le puse crema en las muñecas, que es una cosa ridícula que empecé a hacer en mayo y de la que él no se ha reído ni una sola vez.
Bebimos agua directamente de la botella, de pie en la cocina, y me comí media tableta de chocolate que llevaba tres semanas en el armario esperando una emergencia.
Volvimos a la cama a la una y media, y ahí, tumbados en la oscuridad y sin tocarnos más que por el brazo, tuvimos la conversación que llevábamos seis meses aplazando.
—¿Puedo preguntarte una cosa? —dijo.
—Si es sobre las esposas, ya la has hecho.
—Es otra. —Se giró de lado—. ¿Qué somos?
—Eso no es una pregunta, es un examen.
—Vera.
Me quedé mirando el techo.
Y por una vez no busqué la frase graciosa, ni la técnica, ni la versión de mí misma que sabe salir de cualquier interrogatorio.
—Somos esto —dije—. Tú y yo, exclusivo, sin expediente de por medio, sin que nadie tenga que fingir que no le importa.
Quiero que sigas viniendo a mi casa aunque no vayamos a hacer nada.
Quiero que me cuentes las cosas que te avergüenzan antes de que las encuentre yo, porque las voy a encontrar, es literalmente mi profesión.
—Tragué—. Y quiero seguir haciendo lo que hacemos.
No quiero que se convierta en algo que hicimos aquel año.
Lo quiero como parte de esto, no como el precio de esto.
—Vale.
—¿Vale?
—Vale. —Le oí sonreír en la oscuridad—. Yo iba a decir prácticamente lo mismo pero con menos comas.
—Cabrón.
—Añado una cosa.
—Dime.
—Que no vuelvas a devolverme nada en una bolsa de plástico. —Su voz se puso seria de golpe—. Si algún día esto se termina, quiero que me lo digas a la cara y con las luces encendidas. Eso es lo único que te pido.
Me giré hacia él.
—No se va a terminar.
—Eso no lo sabes.
—No. —Le apoyé la palma justo encima del corazón—. Pero si se termina, te lo digo a la cara.
—Bien.
—Y tú a mí.
—Yo a ti.
Nos quedamos así. Fuera, alguien cerró un coche en Ríos Rosas y un perro ladró dos veces y después Madrid se calló como se calla Madrid, que es a medias.
—Una cosa más —dije.
—Dios.
—Es corta. —Alargué el brazo hacia la mesilla y cogí las esposas. Las dejé encima, en el borde, donde se veían—. Quiero que se queden aquí.
—Son tuyas.
—Son nuestras. Distinto.
Y después cogí las dos llaves. Las pequeñas, idénticas, más ligeras que un clip, que durante seis meses habían acabado resumiendo una regla muy simple: cualquiera de los dos podía terminar la noche en cualquier momento.
Las puse una al lado de la otra en el centro de la mesilla, a la misma distancia de su lado de la cama y del mío. Ni en un bolsillo. Ni en un cajón. Ni en mi mano.
Ahí. A la vista. Al alcance de los dos.
Nicolás las miró un rato largo.
—Vale —dijo por fin, muy bajito.
—Vale.
Apagué la lámpara.
Y me dormí antes que él, que es algo que no me había pasado con nadie en treinta y tres años, y que a la mañana siguiente, cuando me desperté con su brazo encima y sin ninguna cuenta atrás en la cabeza, me pareció la cosa más extraordinaria que me había pasado en toda aquella historia.
Incluido el hombre al que esposé por error una noche de marzo, en un aparcamiento de Chamberí, convencida de que no me equivocaba nunca.