CAPÍTULO 33 #2
Miré el pasillo. Vacío. La impresora de la derecha llevaba tres meses con una hoja de aviso pegada con celo.
—Me gusta —dije—. Darte instrucciones aquí. En tu edificio, con tu nombre en la entrada y ochenta personas que llevan doce años haciendo lo que tú dices. Acabo de enumerarte cinco normas y te las he hecho repetir, y una parte de mí se lo está pasando bien. No pienso fingir que no.
—Ya lo sé.
—No he terminado. —Cogí aire—. Y me da un miedo espantoso.
Porque las otras veces, si yo me equivocaba, lo peor que pasaba era que nos levantábamos y hablábamos y se acababa.
Hoy, si yo me equivoco, tú pierdes la empresa.
Y no quiero saber cuánto de lo que estoy disfrutando es criterio y cuánto es que me gusta que me hagas caso.
Llevo desde las cinco de la mañana revisando el plan buscando el punto en el que me esté engañando a mí misma.
—¿Lo has encontrado?
—No.
—Entonces no está. —Se separó de la pared—. Yo también tengo que decirte una cosa mal.
—Adelante.
—A mí me pasa lo mismo del revés. —Hablaba muy bajo—.
Llevo toda la vida siendo el que decide en esta planta.
Y esta mañana, cuando has entrado en la sala y has dicho «voy a hablar yo doce minutos», he sentido un alivio que no es normal.
Me he sentado. Y he pensado: ojalá se alargue.
—Miró un punto del suelo, a medio metro de mis zapatos—.
Eso es exactamente lo que más me asusta de mí desde marzo.
—No es lo mismo ceder que desaparecer.
—Eso dices tú.
—Eso digo yo y hoy lo vas a comprobar. —Le señalé el pecho con dos dedos, sin tocarlo—. Porque a las doce y cuarto, cuando estés firmando y quieras levantarte y arreglarlo tú, no vas a poder, y va a seguir siendo tu empresa igual. Esa es la parte que no te crees.
Nos quedamos un segundo callados, a dos palmos, en un pasillo con olor a tóner.
—Después de esto hablamos —dijo.
—Después de esto hablamos.
Se ajustó la corbata y volvió a la sala grande, y yo me quedé mirando cómo se le enderezaba la espalda dos pasos antes de cruzar la puerta, y pensé que llevaba seis meses enamorándome de esos dos pasos.
* * *
A las once y veinte el edificio ya era otra cosa.
Habían montado una mesa alargada con dos banderas pequeñas y un atril, habían puesto sillas para sesenta y había una chica de comunicación pegando flechas de papel en el suelo.
Los de Varel llegaron a las once y treinta y cinco en dos coches: cinco personas, todas con el mismo abrigo oscuro, y un director general que medía dos metros y que saludó a Nicolás con las dos manos.
Clara me cogió del codo en el hueco de la escalera, a las once y veinticinco.
—Berta Ayala —dijo.
—Hoy no.
—Berta Ayala ha llamado a las nueve y diez y le he contado exactamente lo que vamos a hacer, con horas.
—Clara no suelta un codo hasta que termina—.
Y me ha dicho dos cosas. Una: que si esto sale bien, el expediente de marzo se archiva y vuelves a estar en su lista.
Dos: que si sale mal, la que se archiva eres tú.
—Me lo imaginaba.
—Te lo digo ahora y no a las doce y cuarto porque quiero que lo tengas colocado antes, no durante. —Me soltó—. ¿Estás bien?
—Estoy despierta desde las cinco, he desayunado un café y tengo a un tío a punto de ordenar cuatrocientos mil euros con el nombre del hombre con el que me acuesto. Estoy espléndida.
Clara me miró un segundo de más.
—Vera. Lo has montado bien.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes. Lo has montado bien. —Se dio la vuelta y subió—. Luego me lo agradeces.
Yo estaba en la planta primera, en el pasillo acristalado que da al atrio, con el registro de tornos abierto en el portátil de Hugo y con Fermín al teléfono desde la garita de abajo: un vigilante que llevaba once años en ese edificio y que nos iba pasando las cámaras.
Sedano estaba de pie detrás de nosotros, con el móvil en la mano y sin sentarse ni una vez en cuarenta minutos.
—Acreditaciones —dijo Hugo—. Sesenta y ocho invitados, cuarenta y uno confirmados anoche, más plantilla. Todo el que entra pasa tarjeta. Fermín, ¿alguien sin acreditar?
—Nadie. Hoy no pasa nadie sin tarjeta, ni el cartero.
A las 11:20 entró el equipo de catering por la puerta de servicio. A las 11:24, dos fotógrafos. A las 11:27, un chico con una caja de agua.
A las 11:31 el registro parpadeó y Hugo se quedó muy quieto.
—Torno dos —dijo.
—¿Qué pasa?
—Acreditación ciento seis. —Giró la pantalla—. Rubén Santaolalla, oficina de Valencia. Acaba de pasar.
—Vale, ¿y?
—Que Rubén Santaolalla está hoy en Valencia. —Hugo señaló la línea de arriba con el dedo—. Fichó allí a las nueve y cuatro y hace veinte minutos estaba en una videollamada con logística. La acreditación es suya. El hombre que acaba de pasar, no.
Se me heló algo en la nuca.
—Pon el torno dos.
Fermín nos pasó la cámara del vestíbulo.
Un hombre pasaba en ese momento el arco, con la acreditación colgada del cuello, ajustándose el cordón con dos dedos como quien se coloca la corbata.
Cuarenta, o muy cerca. Abrigo gris, sin maletín, sin prisa.
Se detuvo un segundo delante del panel de bienvenida, leyó los dos logotipos y sonrió un poco, como quien reconoce un sitio al que ha ido mucho tiempo.
Después giró la cara hacia la cámara del vestíbulo. No por casualidad: la buscó.
Yo llevaba seis meses mirando esa cara en una fotografía de una web de consultoría y en dos capturas de una cámara de Valencia. Y llevaba el cordón azul.
—Es él —dije—. Está dentro.