CAPÍTULO 33
A las ocho de la mañana la sala grande de Nexo tenía once personas dentro y olía a café de cápsula y a moqueta.
Los conté porque siempre los cuento. Nicolás en el extremo, con la corbata todavía en la mano.
Tomás Bermejo enfrente, con una carpeta y la mandíbula de quien lleva despierto desde las cinco.
Ismael Ponte y Clara, uno al lado del otro, ya en modo abogado, que consiste en escribirlo todo y no asentir a nada.
Bea Quintana, de la asesoría jurídica de Nexo, treinta y pocos, zapatillas blancas y una tablet.
Nieves Carrasco, de la unidad de fraude del banco, que había llegado a las siete y cuarenta con dos compañeros y un portátil corporativo del tamaño de una losa.
La inspectora Amaya Sedano, del grupo de delincuencia económica y tecnológica, de paisano, con un chico joven que no dijo una palabra en toda la reunión.
Hugo, de pie junto a la pantalla, con el té en un vaso de plástico porque en esa casa no hay tazas suficientes.
Y yo.
—Buenos días —dije—. Son las ocho y dos. Firman a las doce. Tenemos tres horas y cincuenta y ocho minutos y voy a hablar yo doce de esos minutos seguidos. Después preguntan todos.
Nadie protestó. A veces funciona.
—Lo que esperamos es esto. A partir de las doce, y durante una ventana de setenta y dos horas, van a entrar en el sistema de pagos de Nexo diecinueve órdenes por un total de cuatrocientos doce mil trescientos euros, a quince sociedades constituidas entre enero y abril.
Las órdenes llevarán las credenciales del señor Ferrer y un sello de tiempo compatible con su presencia en el edificio.
Eso es lo que quiere que quede. No quiere el dinero: quiere el histórico.
—El dinero también lo querrá —dijo Tomás.
—El dinero es la propina. —Puse el dedo sobre la mesa—. Si solo quisiera dinero, habría lanzado esos pagos en agosto, cuando nadie lo miraba. Lo lanza hoy porque hoy hay sesenta invitados, dos fotógrafos y un socio comprando el treinta por ciento. Hoy los pagos no son un robo: son una acusación.
Hugo pasó a la primera pantalla.
—No vamos a bloquear nada —dije—. Esa es la decisión y quiero que conste en acta con nombres, porque es la que se va a discutir dentro de seis meses.
Tomás levantó la mano y no esperó turno.
—Perdona. ¿No vamos a bloquear? Yo puedo cortar hoy las credenciales de Nicolás en cuatro minutos. Puedo cortar el acceso de soporte, cambiar las contraseñas genéricas y dejar el sistema de pagos en solo lectura hasta el lunes.
—Sí. Puedes. Y si lo haces, esta tarde no tenemos caso.
—Me giré entera hacia él, porque a Tomás Bermejo no se le contesta de lado—.
En el momento en que ese hombre intente entrar y encuentre una puerta cerrada, sabe que lo hemos visto.
Apaga la máquina, la borra, deja de pagar treinta y ocho euros al mes y desaparece.
Nos quedamos con una hoja de cálculo que nos dio una mujer que ha confesado haber falsificado actas.
Y tú te quedas con una empresa que ha firmado una alianza con un agujero dentro que nadie puede demostrar.
—Estás dejando la caja abierta.
—Estoy dejando la caja abierta con el banco dentro. —Señalé a Nieves Carrasco—. Y ahora lo explica ella, que lo hará mejor que yo.
Nieves Carrasco tenía una voz de dar malas noticias con tranquilidad, que en un banco es probablemente un requisito del puesto.
—Las diecinueve órdenes van a entrar por el canal habitual y las vamos a aceptar —dijo—.
Aceptar significa que el sistema devuelve un código de conformidad, con su referencia y su hora, y que el ordenante ve lo que vería cualquier día: orden admitida, saldo comprometido, justificante disponible.
Lo que no va a ocurrir es la salida. Los importes no cruzan.
Se retienen en una posición interna de la entidad, a disposición del juzgado, y no llegan ni un céntimo a las cuentas de destino.
—¿Y si él comprueba el destino? —preguntó Ismael.
—No puede. En esas quince sociedades el ordenante no ve nada; solo ve su lado.
—Nieves giró el portátil—. Los justificantes los emite nuestro entorno de contingencia.
Son documentos reales de la entidad, con numeración de nuestra serie de retención.
Para quien los mire por fuera son idénticos.
Para nosotros, para el juzgado y para cualquier perito, se identifican al segundo.
No vamos a falsificar un solo documento bancario, entre otras cosas porque sería un delito y yo tengo hipoteca.
—Consta —dijo Clara, escribiendo.
—Segunda capa —siguió Hugo—. La de dentro.
—Cambió de pantalla—. La persona que estamos esperando no se fía del banco: se fía del histórico de Nexo, porque es el histórico de Nexo lo que quiere ensuciar.
Así que va a entrar a mirarlo. Tiene al menos dos vías: las credenciales de soporte genéricas y un token del entorno de pruebas que le entregaron el año pasado.
Esas dos vías se quedan exactamente como están hoy. No se toca una coma.
—¿Y todo lo demás? —preguntó Bea Quintana.
—Todo lo demás lo cerramos anoche a las tres —dijo Hugo—.
Nóminas, contratos, correo de dirección, copias de seguridad, el entorno de clientes.
Ochenta y un accesos revisados. Le hemos dejado abierto un pasillo y le hemos cerrado el edificio.
Cuando entre a comprobar los pagos, va a ver diecinueve asientos con su referencia, su importe, su hora y el usuario del señor Ferrer.
Y va a ver, además, la única cosa que de verdad convence a una persona como él.
—¿Cuál? —dijo Tomás.
—Un error. —Hugo casi sonrió—. En el asiento número siete hay un importe con un céntimo de descuadre y una nota interna de conciliación pendiente. Nadie prepara una trampa con un céntimo mal. Las trampas están cuadradas. La realidad no.
Vi a Nicolás mirar la pantalla y después mirar a Hugo con una cara que no le había visto nunca, una mezcla de respeto y de susto.
—Tercera capa. La legal. —Clara habló sin levantar la vista—.
A las nueve y media viene un notario. Va a levantar acta de constatación del estado de los sistemas, de las pantallas, de la configuración acordada con la entidad y de la hora en que se toma cada decisión.
Todo lo que hagamos hoy va a existir por escrito antes de hacerlo, no después.
La inspectora Sedano tiene el oficio de colaboración y hay un juzgado avisado desde ayer a las seis de la tarde.
—Y a partir de las doce —dijo Sedano—, cuando la máquina envíe la primera orden, tendremos el dato que llevan ustedes seis meses sin poder pedir: desde dónde habla. Con eso y con el proveedor holandés, esta misma tarde se puede pedir la intervención.
—Con una condición —dije yo—. Que la máquina siga encendida. Si él se asusta antes de la una, la apaga, y una máquina apagada en Ámsterdam no es nada.
Tomás Bermejo cerró su carpeta.
Esperé el golpe. Llevaba seis meses esperando los golpes de Tomás Bermejo y ese día tenía preparados tres argumentos.
—De acuerdo —dijo.
—¿Perdona?
—Que de acuerdo. —Se ajustó las gafas, incómodo—.
Yo no estoy conforme con el riesgo y quiero que eso conste.
Pero llevo seis meses investigando esto solo, por mi cuenta, desconfiando de todo el mundo en esta sala, incluido él, y lo único que he conseguido es que me investigaran a mí.
—Miró la mesa—. Usted lo ha hecho mejor.
Hoy me siento donde me diga y digo lo que me diga.
No supe qué contestar, así que dije lo único decente.
—Gracias. Te voy a necesitar en la sala. Eres la persona a la que va a mirar todo el mundo si algo se tuerce, porque eres el que siempre pone cara de que algo se ha torcido.
Se oyó una risa breve en algún sitio. Tomás no se rio, pero casi.
* * *
A las diez y media me llevé a Nicolás al pasillo de las impresoras, que es el único sitio de una oficina donde puedes hablar sin que parezca que hablas.
—Ahora tú —dije—. Cinco normas. Te las voy a decir una vez y luego me las repites.
—Vale.
—Una. Firmas a las doce, a la hora prevista. Ni cinco minutos antes ni cinco después. Si el acto se retrasa, se retrasa por causas de ellos, nunca por ti.
—Uno.
—Dos. Entre las once y cuarenta y las doce y media no miras el móvil. Ni una vez. Aunque vibre. Va a vibrar.
—Dos.
—Tres. No sales de esa sala sin mí. Ni al baño, ni a coger aire, ni porque alguien de tu equipo venga con cara de urgencia. Si tienes que salir, salgo contigo.
—Tres.
—Cuatro. Si alguien dice o hace algo que no está en el guion, tú no improvisas. Me miras. Yo voy a estar en la segunda fila de la izquierda o en seguridad, y en los dos sitios te veo.
—Cuatro.
—Cinco. —Aquí bajé la voz—. Si me oyes decir en voz alta que ha empezado a llover, te levantas, sales por la puerta de la izquierda con Ismael y no preguntas por qué hasta que estés fuera.
Nicolás se apoyó en la pared, con la corbata todavía sin anudar colgándole del cuello, y me miró un rato.
—Repite —dije.
Las repitió. Las cinco, en orden, sin fallar una. Por supuesto.
—¿Y si quiero parar? —preguntó.
Y ahí me quedé sin aire durante un segundo, porque teníamos una palabra para eso. La teníamos desde hacía meses, dicha en un restaurante de Chamberí sobre un mantel de papel, y estuvo a punto de salírseme de la boca ahí, en el pasillo de las impresoras, a hora y media de la firma.
—Hoy no hay palabra —dije.
—Vera.
—Escúchame bien, porque esto sí es importante.
—Di un paso hacia él—. Lo que tenemos tú y yo no se trae aquí.
Aquí no hay señal, ni acuerdo, ni nada que se parezca.
Si hoy quieres parar, lo dices en castellano normal, delante de quien haga falta: «Vera, para».
Y yo paro. Sin negociarlo, sin mirarte con cara de decepción y sin que me debas nada después.
Esto es tu empresa y tu apellido, no es un juego, y si te pido que confíes en mí tengo que darte una salida que no dependa de ninguna palabra bonita.
Tardó en contestar.
—De acuerdo.
—Y una cosa más, que la voy a decir mal.
—Dila mal.