CAPÍTULO 32
Habían pasado once días y el portal de Arganzuela olía exactamente igual.
Eso fue lo primero que noté, y me molestó.
Uno espera que el mundo registre las cosas.
Que haya una marca en algún sitio. Y resulta que el portal huele a suavizante del vecino del primero y a cera de mantenimiento, igual que en abril, igual que la noche en que subí estos mismos escalones con una botella de vino y una idea bastante clara de cómo iba a terminar la velada.
Abrió con el móvil en la mano y una camisa arrugada de haber pasado catorce horas dentro de ella. No se apartó de la puerta.
—Vera.
—Traigo información del expediente. Mucha.
—Lo dije de corrido, porque lo había ensayado en el coche—.
Una parte te afecta directamente y otra afecta a mañana.
Clara ha autorizado que te la dé yo esta noche y Ismael Ponte la tendrá por escrito a las siete de la mañana.
Si prefieres que suba Ismael, lo llamo y subo con él.
Me miró un segundo más de la cuenta.
—¿Eso último lo dices en serio?
—Lo digo en serio.
—Pasa, por favor.
Pasé.
El ático estaba distinto. No desordenado: distinto.
Había tres tazas en el fregadero, cosa que en él es prácticamente un grito, y el sofá tenía una manta hecha un ovillo en el extremo izquierdo, y sobre la mesa baja había un vaso, un portátil abierto y una carpeta con gomas.
Vivía en dos metros cuadrados de su propia casa.
Yo llevaba once días viviendo en la cocina, así que no estaba en condiciones de juzgar a nadie.
—¿Quieres algo? —preguntó.
—Agua.
Me la trajo. Nos quedamos de pie los dos, a un metro y medio, como dos personas educadas en un tanatorio.
—Siéntate —dijo—. Vas a tardar, ¿no?
—Voy a tardar.
Me senté en el borde del sofá, saqué la libreta y empecé por el principio, con el orden con el que se cuentan estas cosas: primero lo comprobado, después lo probable, al final lo que solo es una intuición con buena presencia.
Le conté el duplicado de la SIM. El día 13, las 18:44, el canal de empresas del operador, la activación a las 05:57 de la mañana siguiente, los tres códigos de verificación, los treinta y ocho minutos que esa tarjeta estuvo colgada de la antena del polígono.
—El 13 —dijo—. El 13 y el 14 el móvil estaba en el taller de Santa Engracia. Por eso no me enteré de nada.
—Lo sé. Me lo contaste la noche que te puse delante la tabla de la operadora y lo apunté. —No suavicé eso tampoco—. Lo apunté ese mismo día y estuve once días sin volver a leerlo con los ojos buenos.
Le conté lo de Paula. El equipo NX-0447. La sesión que no cerraba desde marzo del año pasado. La herramienta de asistencia remota que se quedó instalada después de la migración y las credenciales genéricas que nadie cambió en dieciocho meses.
Ahí sí se levantó.
—¿Soporte cero uno?
—Soporte cero uno.
—Ese contrato lo negoció Landa. —Se quedó con los dedos apoyados en los labios, muy quieto—. Yo firmé la renovación en enero. Yo. Está en el comité de dirección de enero, con mi voto, y la frase que dije fue que no tenía sentido cambiar de proveedor por doce mil euros.
—Nicolás.
—Es que es mío, Vera. Esa parte es mía.
—Esa parte es de una empresa que hace lo mismo que otras cuatrocientas empresas de Madrid. —Le sostuve la mirada—. Y sí, es tuya, y lo vas a tener que explicar en un comité, y no te va a gustar. Pero hoy no toca. Siéntate, que falta lo importante.
Se sentó. En el borde, como yo. Dos personas al borde de un sofá que se habían dormido cien veces en ese mismo sofá.
Le conté el reloj.
Le conté los treinta y ocho euros con cuarenta que Paula pagó en junio con su tarjeta personal para alquilar una máquina por horas a un proveedor de Ámsterdam.
Le conté que se renueva el día 9 de cada mes y que lleva tres cargos.
Le conté la frase de Landa: que aquello no era un ordenador, que era un reloj, que estaba ahí para sonar un día concreto y para dejar de existir después, porque las cosas que solo existen tres días no las investiga nadie.
Y le conté que la nota de prensa de su propia empresa, publicada esa mañana a las 7:05, dice la hora.
—Mañana a las doce —dije—. Diecinueve órdenes. Cuatrocientos doce mil trescientos euros. Ordenante, tú. Instrumento, tus credenciales. Ventana, setenta y dos horas. La primera sale mientras tú tienes un bolígrafo en la mano delante de los holandeses.
Nicolás no dijo nada durante bastante rato. Miró la carpeta con gomas de la mesa baja como si le hubiera hecho algo.
—Suspendo la firma —dijo al fin.
—No.
—Llamo a Varel esta noche, les digo que hay una incidencia de seguridad y lo movemos quince días. Es lo que hay que hacer.
—Es lo que parece que hay que hacer. —Dejé el vaso—.
Si suspendes, Landa no lanza nada. Y entonces tenemos una hoja de cálculo que nos dio una mujer que ha confesado haber falsificado documentos, un cargo de treinta y ocho euros en la tarjeta de esa misma mujer y una máquina en Holanda que desaparece el día 9.
Eso no lo sostiene nadie. Se le borra el reloj, se queda con tus credenciales, y dentro de cuatro meses, cuando yo ya no esté en este expediente, lo repite mejor.
—Y si no suspendo, mañana en el histórico de mi empresa hay cuatrocientos mil euros salidos a mi nombre.
—Sí.
—Delante de un socio que compra el treinta por ciento.
—Sí.
Se levantó otra vez y fue hasta el ventanal. Madrid estaba donde siempre, naranja y en marcha.
—¿Y entonces?
—Entonces mañana hacemos que esos pagos parezcan ejecutados sin que salga un euro.
—Me levanté yo también, pero no me acerqué—.
Mañana te lo cuento entero, con el banco delante y con Ismael delante, porque no quiero que aceptes nada esta noche a las diez con la cabeza así.
Pero tienes que saber esto ya: se puede hacer, es legal si se hace con el banco y con el juzgado avisados, y Hugo lleva desde las once de la mañana montándolo.
—Vale.
—¿Vale?
—Vale. —Se giró—. ¿Qué pasa?
—Nada. Que llevo tres horas preparando argumentos para convencerte y me acabas de decir que vale a la primera.
—Vera. —Media sonrisa de las suyas, pequeña y cansada—. Lo primero que he pensado al oírte no ha sido «no la creo». Lo primero que he pensado ha sido: llamo a Varel yo solo esta noche, lo arreglo yo solo, y mañana le cuento a todo el mundo lo que he decidido.
—Ya.
—Es lo que llevo haciendo desde los catorce años.
—Volvió al sofá y se sentó, esta vez del todo, con los codos en las rodillas—.
Cuando mi padre aparecía un domingo, yo ya tenía decidido dónde íbamos a comer, qué le íbamos a decir a mi madre y a qué hora se iba a ir, y me pasaba la semana anterior calculándolo.
A los quince años eso te salva. A los treinta y siete ya no salva a nadie: simplemente es lo que haces con las manos cuando te asustas.
Me senté a su lado. No pegada. A un palmo.
—Te voy a decir dos cosas —dije— y las he ordenado en el coche, así que déjame decirlas seguidas o no salen.
—Adelante.
—La primera. No te voy a pedir perdón por haberte investigado.
—Me miré las manos—. Ni por el teléfono, ni por el taller, ni por haber pedido tus registros, ni por haberte tratado como posible implicado delante de tu propio abogado.
Eso era mi trabajo, lo volvería a hacer mañana y si algún día dejo de hacerlo no valgo para esto.
Y lo peor es que además tenía que hacerlo por ti: si yo te hubiera exonerado por intuición, cualquier fiscal con un año de carrera me lo tira en diez minutos y te tira contigo.
—Lo sé.
—Déjame acabar, que voy sin red. —Cogí aire—.
La segunda. Sí te pido perdón por cómo lo hice.
Yo aquella noche no abrí una investigación.
Cerré una puerta. Me llevé todo dentro, dejé de contarte lo que sí podía contarte, que era bastante, y te dejé once días creyendo que estabas solo en esto.
Y no lo hice por criterio profesional. Lo hice porque en el segundo en que apareció esa evidencia me entró un pánico que no tiene nada que ver contigo.
Nicolás no se movió.
—Dime cuál.
—Que me hubiera confiado demasiado. —Me salió más bajo de lo que quería—.
No tenía miedo de que fueras culpable. Tenía miedo de haberme creído a mí misma cuando decidí que no lo eras.
Llevo seis años montando una vida entera para no volver a estar en la habitación en la que me dejó Álvaro, y mi cuerpo sabe hacer una sola cosa cuando huele esa habitación: salir antes de que me echen.
No es contigo. Es que llegó el aviso y me fui.
Como siempre. Llevo haciéndolo desde mucho antes de conocerte.
Se quedó callado y yo aguanté el silencio, que es lo más difícil que he hecho en toda esta historia.
—Gracias —dijo.
—¿Gracias?
—Por no mezclarlas. —Se giró hacia mí—. Podías haber envuelto todo junto y haberme pedido perdón por lo que no tienes que pedirme perdón, y yo me habría quedado más tranquilo esta noche y peor dentro de un mes. Has separado las dos cosas. Eso es exactamente lo que yo necesitaba y no sabía pedir.
—Nicolás...
—Mi parte también es mía. —Levantó una mano—.
Yo, cuando me dijiste lo del teléfono, no te pedí ayuda.
Cogí el móvil y llamé al taller por mi cuenta, y cuando el taller no me dio el registro, llamé al jefe del taller, y cuando el jefe del taller no me lo dio, estuve a esto de mandarle a Ismael con un burofax.
—Se rio sin ganas—. Once días arreglándolo yo solo para poder llegar a ti con el problema ya resuelto.
Que es mi manera elegante de no necesitar a nadie.
Tú te cierras y yo me pongo a trabajar. Somos dos personas haciendo exactamente lo mismo en dos idiomas distintos.
—Es un desastre.
—Es un desastre, sí.
Me reí. Fue fea, la risa, pero fue de verdad, y me destensó algo en el esternón que llevaba once días donde no debía.
Y entonces él extendió la mano, con la palma hacia arriba, sobre el cojín, y la dejó ahí. Sin pedir nada. Sin acercarse. Como se le ofrece agua a un animal que no se fía.
Puse la mía encima.
Fue una tontería y no lo fue. Tenía la mano caliente y áspera en la base de los dedos, y en cuanto la toqué me di cuenta de la cantidad de cosas que echaba de menos que no eran sexo: el peso, la temperatura, el hecho absurdo de que hubiera alguien en el mundo cuyas manos yo reconocería con los ojos cerrados.
Me atrajo, despacio, lo justo, y yo dejé que me atrajera hasta que apoyé la frente contra la suya.
Nos quedamos así. Frente contra frente, mi mano en su mano, la otra ahuecada detrás de mi cabeza sin apretar.
Respirando cerca. Yo notaba perfectamente lo que estaba haciendo mi cuerpo, porque mi cuerpo es un traidor bien entrenado, y él notaba lo mismo, porque a un centímetro no se puede disimular nada.
Once días. Ese es el dato que yo tenía en la cabeza y que no pensaba decir en voz alta.
Once días de dormir mal, de cocina, de despertarme a las cuatro y cincuenta con el brazo estirado hacia un lado de la cama que llevo ocupando yo sola desde los veinticuatro años.
Once días descubriendo que lo que echaba de menos no era una escena, ni un juego, ni siquiera esto —su mano, su boca, el ruido que hace cuando se le acaba la paciencia—, sino una cosa mucho más humillante: que alguien supiera a qué hora había cenado.
Y ahora lo tenía a un centímetro y la distancia entre besarlo y no besarlo eran dos músculos del cuello.
Pensé, con una claridad que no venía a cuento, en la primera noche en mi casa, en la cadena entre sus muñecas y en la llave que le puse en la mano abierta.
En la cara que puso cuando entendió que podía soltarla cuando quisiera.
Y entendí que estábamos exactamente en lo mismo, del revés: esta vez la llave la tenía él, y consistía en no moverse.
No se movió. Yo tampoco.
—Vera.
—Ya lo sé.
—Quiero que lo digamos en voz alta, porque si no lo decimos vamos a hacerlo y mañana me voy a odiar.
—Ya lo sé —repetí—. Esta noche no.
—No porque no quiera.
—No porque no quieras. —Le apreté la mano—.
Porque mañana a las doce tú vas a tener que hacer exactamente lo que yo te diga dentro de tu propia empresa, y si esta noche nos acostamos, mañana ninguno de los dos va a saber por qué te estoy dando una orden.
Y yo necesito saberlo. Lo necesito más que lo otro.
—De acuerdo.
—Y hay una cosa más. —Me separé unos centímetros para verle la cara—. Cuando acabe esto, tú y yo tenemos una conversación pendiente que no es sobre el caso. Sobre qué somos, con palabras, de las que se pueden repetir al día siguiente. No la vamos a tener mañana ni pasado. Pero la vamos a tener.
—¿Es una promesa o una amenaza?
—Las dos, probablemente.
—Entonces me vale. —Me besó la frente, una vez, sin prolongarlo, y se apartó él primero, que fue lo más generoso que hizo en toda la noche—. ¿Te llevo algo? ¿Has cenado?
—No he cenado.
—Hay huevos y hay pan. No preguntes qué más hay, porque no hay.
Cenamos huevos revueltos de pie en la cocina, a las once y veinte de la noche, hablando de Martina, que había empezado natación y odiaba el gorro, y de una compañera de Elena que se había comprado una casa en Guadalix sin ver el tejado.
En ningún momento nos tocamos. Él me pasó la sal y tuvo cuidado de dejarla en la encimera en vez de dármela en la mano, y yo supe perfectamente que lo hacía a propósito y no dije nada, y fue una de las cosas más íntimas que he hecho en mi vida.
—Paula me da pena —dijo, de pronto, mirando la sartén.
—A mí también.
—Y me ha hecho un daño enorme. Las dos cosas, a la vez, todo el rato. —Negó con la cabeza—. No sé dónde se guarda eso.
—En el mismo sitio donde guardo yo lo de esta semana —dije—. No se guarda. Se lleva encima y pesa.
En el pasillo, al ir al baño, vi el cajón de la consola medio abierto y dentro, encima de un cargador y de unas llaves de repuesto, mis esposas. Las que le devolví. No estaban escondidas ni estaban a la vista: estaban guardadas, que es otra cosa.
No dije nada. Él tampoco.
A las 23:50 me puse el abrigo.
—Mañana a las ocho en Méndez Álvaro —dije—. Sala grande, con Hugo, Ismael, Clara y alguien del banco. Y quiero a Tomás Bermejo.
—Tomás te va a decir que no.
—Tomás me va a decir que no y va a venir igual.
Estaba buscando las llaves del coche en el bolsillo cuando el móvil de Nicolás vibró sobre la mesa baja. Una vez. Después otra vez.
—Es el correo —dijo—. A estas horas suele ser Ámsterdam.
Lo cogió. Lo miró. Y le vi cambiar la cara de una forma que no le había visto en seis meses, ni siquiera cuando le pusimos delante la grabación editada.
—Nicolás.
No contestó. Giró la pantalla hacia mí.
Era un correo recibido hacía noventa segundos. Asunto: *Mañana*. Tres líneas.
*Enhorabuena, Nicolás. Es un día importante y te lo has trabajado. Yo no me lo perdería por nada.*
Bajé la vista al remitente y tuve que leerlo dos veces, porque mi cabeza se negaba a aceptar lo que estaba viendo.
El correo venía de [email protected].
Desde su propia dirección. Desde dentro. Firmado, al final, con una sola inicial.
*N.*