ESPOSADO (Juegos de Poder nº 1) CAPÍTULO 31 #2
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CAPÍTULO 31 #2

—Porque se lo pregunté. —Se pasó la mano por la nuca, por el pelo corto, como si todavía no se acostumbrara—.

Le dije que para qué quería una máquina si ya tenía la de su casa.

Y me contestó eso: que aquello no era un ordenador, que era un reloj.

Que estaba ahí para sonar un día concreto y que después no iba a existir.

Me dijo que las cosas que solo existen tres días no las investiga nadie.

—¿Y te dijo qué día?

Paula me miró. Y ahí, por primera vez en dos reuniones, la vi realmente aterrorizada, que no es lo mismo que asustada: asustada estaba desde abril.

—Me preguntó una cosa en junio —dijo—. Por WhatsApp, como quien pregunta por el tiempo. Me preguntó cuándo firmaban con los holandeses.

Se hizo un silencio en la sala pequeña que duró lo suyo. Clara dejó de escribir. Hugo levantó la cabeza del portátil.

—¿Y qué le contestaste?

—Que no lo sabía, porque no lo sabía. —Se le rompió algo en la voz y lo aguantó—. Y me dijo: «Da igual, eso lo publican ellos mismos».

* * *

Cuando se marcharon, me quedé sola en la sala pequeña con las persianas a medio bajar y los vasos de agua sin tocar.

Hugo entró sin llamar a los diez minutos, con el portátil abierto contra el pecho y la cara de quien ha estado corriendo sentado.

—Quarnet BV. Ámsterdam. —Lo puso sobre la mesa—. Alquilan máquinas virtuales por horas, pago con tarjeta, alta en cuatro minutos. El cargo recurrente de Paula existe: 38,40 euros, día 9 de cada mes, desde junio. Tres cargos. El último, el 9 de agosto.

—Necesitamos la máquina.

—Necesitamos una comisión rogatoria y un juzgado holandés, y eso son semanas. —Se adelantó a mi cara—. Pero no necesitamos entrar en la máquina para saber cuándo va a hablar. Una orden de pago de esas no la teclea nadie a mano: sale de un sistema que la envía. Y para enviarla necesita una hora.

—Tenemos la hoja de cálculo de Paula.

—Tenemos diecinueve filas con fechas y ninguna hora. —Giró el portátil—. Y tenemos esto, que lo he sacado de la sala de prensa de la web de Nexo, o sea, de un sitio al que puede entrar mi madre.

En la pantalla había una nota corporativa con dos logotipos: los dos círculos entrelazados de Nexo y una V azul que no conocía.

*Nexo Logística Digital y Varel Group formalizarán mañana su acuerdo de integración en la sede de Nexo (Madrid). Acto y firma: 12:00. Rueda de prensa: 13:30.*

—Publicado esta mañana a las 7:05 —dijo Hugo—. Landa no tuvo que preguntarle a Paula. Se lo hemos dicho nosotros, con dos logos y un teléfono de contacto de prensa.

Leí la nota tres veces. La primera fila de la hoja de cálculo llevaba fecha de mañana. Las diecinueve entraban en una ventana de setenta y dos horas que empezaba mañana.

—A las doce —dije.

—A las doce, mientras ochenta personas miran a Nicolás firmar un papel y aplauden. —Hugo cerró el portátil con cuidado—. Es lo que lleva haciendo desde el principio, Vera. Poner delante algo grande y brillante para que mires eso.

Me levanté y fui hasta la ventana. En Viriato había un camión de reparto en doble fila y un tío discutiendo con el conductor, y eso me pareció, durante unos segundos, la cosa más sana del mundo.

—Dilo —dije.

—¿El qué?

—Lo que llevas diez días queriendo decirme y no me dices porque estoy insoportable.

Hugo tardó un poco.

—Que tenías razón en investigarlo —dijo—.

Eso primero, porque si no lo digo primero, lo demás no vale.

El teléfono de Nicolás aparece cerca de una entrega fraudulenta y tú no puedes mirar para otro lado.

Ninguna investigadora seria mira para otro lado.

Si me lo hubieras preguntado te habría dicho lo mismo.

—¿Y lo segundo?

—Que cuando salió esa evidencia, tú no abriste una línea.

Cerraste una puerta. —Se puso a recoger su termo, para no mirarme—.

Llevas once días trabajando peor. Tardaste cuatro en pedir el registro del taller, que es lo primero que habrías pedido en marzo.

No llamaste a Ismael Ponte. Y hoy has entrado aquí con el informe de la SIM convencida de que Paula lo había hecho, y no lo había hecho, y lo sabías desde las ocho y cincuenta porque me lo has dicho tú.

—Eso no es cerrar una puerta. Eso es equivocarme.

—Eso es equivocarte hacia el mismo lado tres veces seguidas. —Me miró por fin—. Hacia el lado de que todo el mundo te está mintiendo. Tú no investigas así. Tú investigas mirando qué no encaja. Llevas once días investigando para no volver a sentirte idiota.

Me apoyé en el marco de la ventana.

La cuestión, y esto no se lo dije en voz alta, es que todo lo que había hecho era defendible una por una.

Tratarlo como posible implicado: correcto.

Exigir el registro del taller: correcto.

Suspender el vínculo privado mientras existiera sospecha: correcto, y además lo había propuesto él. Nada de eso estaba mal.

Lo que estaba mal era lo que había debajo.

Y lo que había debajo lo reconocí en cuanto me obligué a mirarlo: yo no tenía miedo de que Nicolás fuera culpable.

Tenía miedo de haberme creído a mí misma cuando decidí confiar en él.

Llevaba seis años organizando una vida entera para no volver a estar en la habitación en la que Álvaro me dejó, y en el segundo exacto en que un dato apuntó hacia Nicolás, mi cuerpo hizo lo único que sabe hacer: se fue de la habitación antes de que lo echaran.

Racional por fuera. Miedo por dentro. Las dos cosas a la vez, como el informe de Paula.

—Hugo.

—Dime.

—Mañana a las doce firman.

—Sí.

—Entonces tenemos veintiséis horas. —Cogí la chaqueta del respaldo—. Llama a Clara, dile que necesito hablar con Ismael Ponte esta noche y que mañana quiero a alguien del banco en esa sala. Y avísame en cuanto tengas los movimientos completos de la tarjeta de Paula.

—¿Y tú adónde vas?

Me paré en la puerta con la chaqueta a medio poner, y me oí decirlo con una voz bastante más firme de la que tenía por dentro.

—A Arganzuela. A contarle a Nicolás Ferrer que mañana, mientras firma la operación más importante de su vida, alguien va a ordenar cuatrocientos doce mil euros en su nombre.