CAPÍTULO 31
—Lo he escrito de la manera más aburrida que he sabido —dijo—. Que si lo lee un juez dentro de un año no tenga nada que subrayar.
—¿Lo ha visto Clara?
—Lo ha visto, lo ha firmado y lo ha mandado a la aseguradora a las siete y cuarto. —Se sirvió té del termo y no se sentó—. Y ha hecho lo otro.
Lo otro era Paula Mir.
Porque eso fue lo que cambió el domingo por la noche, en el segundo exacto en que salió el nombre en la columna de usuario asignado: dejó de haber un teléfono en un polígono de San Fernando y empezó a haber una mesa.
Una mesa de la planta de compras, a doce metros de la máquina de café, desde la que un martes por la tarde, con la oficina llena y ochenta y cuatro personas alrededor, alguien pidió una copia del teléfono del director de operaciones.
Yo llevaba desde entonces durmiendo a rachas de hora y media.
—¿A qué hora viene?
—A las nueve. Con abogada.
—¿Sabe de qué va?
—Sabe la fecha, la hora y el número de inventario del equipo. Nada más. —Hugo bebió—. Si trae una explicación preparada, prefiero oírsela entera antes de enseñarle el resto.
—Bien.
—Clara redactó la citación anoche y llamó a la letrada a las siete menos cuarto. Lleva despierta desde las seis y media. Yo me limito a existir en su proximidad.
Recogí el informe y me lo llevé a mi mesa, y durante hora y media no hice otra cosa que releerlo, porque había una frase que no encajaba y que llevaba desde el domingo sin conseguir ver.
La encontré a las 8:50, cuando ya no servía para cambiar nada.
Decía: *conexión desde la red interna*. No decía *desde la oficina*.
* * *
Paula Mir entró a las nueve y dos minutos con una abogada de unos cincuenta años, gafas de pasta y carpeta de cartón, que se presentó como Reyes Delgado y se sentó antes que su clienta.
Paula había cambiado otra vez. En Príncipe Pío parecía alguien que se estaba desmontando; ahora parecía alguien a quien ya habían desmontado y habían vuelto a montar mal. Llevaba el pelo cortado muy corto, y esa clase de decisiones se toman a las tres de la mañana delante de un espejo.
—Buenos días —dijo Clara—. Consta que esta reunión se celebra a petición de Salvatierra y Montes, con la conformidad de la letrada, en el marco del expediente del que ya tienen copia. Se levanta acta. Firman las cuatro al final. Vera.
Puse el informe sobre la mesa y lo giré hacia ellas.
—Día 13. Seis y cuarenta y cuatro de la tarde.
Alguien pidió un duplicado de la tarjeta SIM de Nicolás Ferrer desde el equipo que tienes asignado en compras.
—No suavicé nada. No tenía derecho a suavizarlo—.
Con ese duplicado se recibieron tres códigos de verificación.
Dos de ellos abrieron accesos que Ferrer tiene registrados a su nombre.
Eso, Paula, ya no es una comisión. Eso es suplantación.
Reyes Delgado abrió la boca y Paula le puso la mano en el brazo.
—Déjame.
—Paula...
—Déjame, por favor. —No apartó los ojos de mí—. Yo el día 13 no estaba en la oficina.
—Todo el mundo dice eso.
—Ya. —Sacó el móvil, buscó algo y me lo puso delante, con la pantalla hacia mí, sin soltarlo—.
Mi tío Emilio murió el 11. El 13 por la tarde estuve en el tanatorio de Alcorcón, de cuatro a nueve.
Hay esquela, hay libro de firmas y hay cincuenta parientes míos que no se hablan entre ellos pero que se acuerdan perfectamente de quién fue.
Llámelos. Empiece por mi madre, que estará encantada.
Miré la pantalla. Una foto de un aviso funerario, hecha de mala manera, con el flash reflejado en el cristal.
Eso no prueba nada por sí solo. Una persona puede dejar programada una cosa así. Pero yo llevo quince años viendo mentir a gente, y las mentiras buenas nunca traen a la madre.
—Tu sesión —dije.
Paula cerró los ojos un segundo.
—No la cerraba.
—Dilo entero.
—No cerraba la sesión nunca. Ni para comer, ni para bajar a fumar, ni para ir a una reunión de dos horas.
—Se le puso la voz plana—. Se lo dije a usted en mayo.
Sergio me pidió en marzo del año pasado que no la cerrara y yo dejé de cerrarla, y cuando llevas año y medio sin cerrar una sesión ya no es un favor que le haces a nadie: es tu manera de trabajar.
Lo hace media oficina. Míreles las pantallas a las dos y media.
Hugo, desde la esquina, levantó dos dedos.
—¿Puedo?
—Puedes.
—El equipo de Paula tenía activa la herramienta de asistencia remota del proveedor de sistemas.
—Hugo habla despacio cuando quiere que una abogada le entienda a la primera—.
Se instaló en la migración de marzo del año pasado, en todos los puestos, para que el soporte pudiera entrar sin desplazarse.
Terminada la migración, nadie la desinstaló.
Y las credenciales de soporte son genéricas.
Un usuario, una contraseña, la misma para los ochenta y cuatro puestos, sin cambiar desde la instalación.
—Landa negoció ese contrato —dije.
—Landa negoció ese contrato. —Hugo asintió—.
El registro de sesiones remotas del día 13 tiene una entrada de cincuenta y un minutos sobre NX-0447.
Empieza a las 18:22 y termina a las 19:13.
Y el origen no es Méndez Álvaro: es una conexión entrante a la red de Nexo.
Por eso mi propio informe dice red interna.
Porque desde dentro, esa sesión parece un empleado.
Reyes Delgado escribía a toda velocidad.
—O sea, que cualquiera con esas credenciales podía hacerlo desde su casa —dijo.
—Cualquiera con esas credenciales y con la costumbre de saber qué equipo no está bloqueado nunca —contesté—. Eso ya no es cualquiera. Eso es alguien que conoce a Paula.
Paula soltó el aire por la nariz, y no era alivio. Era algo peor.
—¿Lo entiende? —dijo—. Yo no le di la SIM. Yo le di la puerta. Llevo catorce meses dándole la puerta y creyendo que le estaba dando un papel.
—Eso no te exculpa.
—No he pedido que me exculpe.
—Bien. Porque no puedo. —Junté las manos sobre la mesa—.
Voy a decirte exactamente dónde estás, Paula, y después vas a decidir tú.
Entregaste certificados digitales. Entregaste un token del entorno de pruebas.
Falsificaste conformidades y actas. Y mantuviste abierta durante meses una sesión que alguien usó para pedir un duplicado del teléfono de tu director de operaciones.
Con eso, un fiscal te sienta en el banquillo y se va a comer a las dos.
—Bajé la voz un punto—. Y aun así creo que no duplicaste esa SIM.
Las dos cosas caben en el mismo informe. Yo escribo las dos.
Reyes Delgado levantó la cabeza.
—¿Va a hacer constar eso?
—Va a constar con fecha de hoy y lo va a firmar mi socia. —Clara asintió sin levantar la vista de su cuaderno—. No es un favor. Es lo que creo que ocurrió. Si mañana aparece algo que lo desmienta, escribiré lo contrario con la misma tranquilidad.
Paula se quedó muy quieta. Después empezó a llorar sin ruido, que es la manera más incómoda de llorar que existe, porque no puedes hacer nada con ella.
—Yo no quiero que me perdonen —dijo—. Quiero saber cuánto. Eso es lo único que quiero saber desde hace tres semanas. Nadie me dice cuánto. Mi abogada me dice que depende, mi madre me dice que no será para tanto y usted me mira como si ya lo supiera y no me lo dijera.
—No lo sé.
—Dígame una horquilla.
—Paula. —Esperé a que levantara la cara—.
No te voy a dar una horquilla, porque si te doy una y me equivoco, te vas a agarrar a ella durante ocho meses y vas a organizar tu vida encima.
Yo no decido eso y no voy a jugar a que lo decido.
Lo que sí sé decirte es quién se sienta peor de los dos: el que llegó solo y el que llegó porque lo trajeron.
Tú has llegado sola. Eso no es nada y es lo único que tienes.
Reyes Delgado apuntó algo sin comentarlo.
—¿Y si le doy más? —Paula se secó la cara con la manga, muy deprisa, molesta consigo misma—. Si le doy algo que no tienen, ¿eso cuenta?
—Cuenta si es verdad y si se puede comprobar. Si me traes algo para caerme bien, no cuenta, y además lo voy a notar. —Le acerqué el vaso de agua, que era lo único decente que podía hacer en esa mesa—. Y eso es todo lo que te puedo prometer.
—Nada a cambio. —Y ahí sí me incliné hacia delante—.
Pero te voy a contar dónde estamos, porque creo que te has ganado saberlo y porque necesito algo que solo puedes tener tú.
Landa tiene diecinueve órdenes de pago preparadas.
Cuatrocientos doce mil trescientos euros, a quince sociedades, en una ventana de setenta y dos horas.
No las ha lanzado. Yo tengo la hoja y no tengo la máquina.
Y sin la máquina, cuando eso salga, la versión que van a leer los socios de Nexo es que alguien de dentro autorizó los pagos.
—La miré—. Tú sabes perfectamente en qué silla sientan a alguien de dentro.
Ella tragó saliva.
—El reloj —dijo.
—¿Qué?
—Lo llamaba el reloj. —Miró a su abogada, que dudó y acabó asintiendo—.
En junio me pidió que le pagara una cosa con mi tarjeta.
Treinta y ocho euros con no sé cuántos céntimos.
Me dijo que era una tontería, un alquiler de una máquina por horas, que él no quería usar su tarjeta porque tenía un lío con el banco.
Yo ya le había firmado actas falsas, ¿qué eran treinta y ocho euros?
—¿A quién se lo pagaste?
—A un proveedor holandés. Quarnet, creo.
Está en el extracto y tengo el correo de confirmación en mi cuenta personal, la del móvil.
—Se le empezaron a mover las manos—. Y desde entonces se renueva solo, cada mes, el día 9.
Lo he visto tres veces. Treinta y ocho euros con cuarenta.
Pensaba cancelarlo y no lo cancelé porque me daba miedo que él se enterara de que lo había cancelado.
Hugo ya estaba escribiendo. Yo mantuve la voz igual de plana, lo cual me costó bastante.
—Paula. ¿Por qué se llama el reloj?