CAPÍTULO 30
La semana la puedo reconstruir entera, porque la anoté. Anoté hasta lo que no hacía falta anotar. Esa es la parte que se ve desde fuera.
Martes. Volcado forense del terminal de Nicolás en la sala pequeña, con Hugo, con doble testigo y acta firmada.
Cuatro horas y media. Resultado: nada. Ninguna aplicación anómala, ninguna conexión rara, ningún borrado masivo, ningún patrón de uso incompatible con lo que él dice que hace. Hugo lo resumió así:
—Es el teléfono más aburrido que he abierto en mi vida. Tiene doscientas fotos de su sobrina y una carpeta de recetas.
—¿Y eso qué acredita?
—Nada. Lo sabes de sobra.
Lo sabía de sobra. Un terminal limpio no exculpa a nadie: acredita que el terminal está limpio. La ausencia de prueba no es prueba de ausencia y esa frase, que yo he escrito en diecisiete informes, esa semana me la tuve que decir a mí misma cuatro veces al día y me sentó fatal las cuatro.
Miércoles. Acceso a los sistemas de Nexo.
Antes lo pedía por WhatsApp a las once de la noche y a las once y cuarto lo tenía.
Ahora lo pedía por correo formal al departamento financiero, y Tomás Bermejo me contestaba a la mañana siguiente, puntualmente, con un «adjunto autorización» y su firma.
Ni un reproche. Ni una pulla. Ni un «qué, cómo va eso». Nada.
El hombre al que había tenido seis semanas en la diana era ahora mi único interlocutor, y me trataba con una corrección tan perfecta que cada correo suyo era una bofetada administrativa.
Jueves. Reunión con Berta Ayala. Habló Clara. Yo no interrumpí. Duró cincuenta minutos, de los cuales yo intervine en cuatro, y a la salida Clara me dijo «lo has hecho bien» y me tocó el hombro, y yo me metí en el baño de la tercera planta y estuve seis minutos mirando el grifo.
Viernes. Ocho horas cruzando las cuatro entregas con los movimientos personales de Nicolás. Ocho. Encontré una compra de gasolina en Villaverde que me tuvo cuarenta minutos con el pulso a ciento veinte hasta que comprobé que era del año pasado.
Y ese es el resumen profesional: en cinco días, con doce horas diarias, no avancé absolutamente nada.
Eso no me había pasado nunca.
Porque aquí está lo que no se ve desde fuera: yo no estaba investigando.
Yo estaba haciendo gestiones. Pedir un oficio es una gestión.
Cruzar dos columnas es una gestión. Investigar es otra cosa; investigar es quedarte quieta delante de un montón de datos hasta que te dicen algo, y para quedarte quieta hace falta tener la cabeza vacía, y yo la tenía llenísima.
Y lo de casa era peor, porque en casa no hay oficios que pedir.
El piso estaba impecable.
Lo noté el miércoles por la noche, al entrar. Encendí la luz y me quedé en el recibidor con las llaves en la mano, porque algo no encajaba, y tardé un rato en entender qué.
No había nada fuera de sitio. Nada. Los cojines del sofá en su orientación exacta.
Los libros alineados por el canto, no por el lomo.
El tendedero recogido. Los boles de la balda superior encajados unos dentro de otros por tamaño.
En la encimera de la cocina no había ni un objeto: ni un vaso, ni una fruta, ni el bote de sal.
Llevaba cuatro días limpiando.
No a propósito. Llegaba a las once, no podía sentarme, y me ponía a hacer cosas. El martes vacié el armario de la entrada. El miércoles descalcifiqué la cafetera, que es una tarea que no necesita hacer nadie y menos a las doce y media de la noche.
Clara me lo había avisado y yo le había dicho que tenía la cabeza en su sitio.
Lo peor de un piso así de ordenado es que se ve perfectamente lo que falta.
No dejó nada, porque Nicolás no deja cosas; recoge hasta la taza cuando aún está media llena, es una manía que le viene de tener un padre que dejaba objetos por la casa como un rastro de migas. Así que no había ninguna camisa colgada en ninguna silla, ninguna corbata, ningún cargador olvidado.
Lo que había era lo que yo había comprado.
Un champú que no es el mío, en la balda de abajo de la ducha, empezado por él y sin tocar desde entonces.
Un paquete de café de tueste natural que yo compré porque a él el mío le parecía «quemado y agresivo» y que yo no me bebo.
Un cepillo de dientes azul en el vaso, al lado del mío, que llevaba diez días seco.
Pan de molde integral, tres rebanadas, con fecha del 11.
Y una cosa más, que encontré el jueves y que me tuvo sentada en el suelo del pasillo un rato tonto: en el zapatero, debajo del todo, un calzador.
Un calzador de plástico gris de dos euros que compré en la ferretería de Bravo Murillo un sábado por la mañana porque un día lo vi meter el pie en el zapato aplastando el talón, como los adolescentes, y me pareció insoportable, y no se lo dije y lo compré.
Eso es lo que soy. Yo no digo «me importas». Yo compro un calzador.
Tiré el pan. No tiré nada más.
Dormí mal las cinco noches y de una forma que no conocía. No me costaba dormirme: caía a plomo, como quien se desmaya, y me despertaba a las cuatro y diez, a las cuatro y veinte, siempre en esa franja, con el cuerpo entero por delante de la cabeza.
Porque el cuerpo se acuerda. El cuerpo no lleva expediente ni entiende de protocolos ni sabe que hay un muro levantado entre un despacho de Chamberí y un ático de Arganzuela.
El cuerpo se acuerda del peso. Se acuerda de una mano abierta entre los omóplatos, del calor específico de alguien que duerme boca abajo, del sonido que hacía él —ese sonido bajo, rendido, casi de sorpresa— cuando yo tardaba a propósito.
Me despertaba con eso puesto, con la respiración alta y el cuerpo entero pidiendo una cosa muy concreta que no era ni siquiera sexo: era su peso encima. Su peso, que es lo que me deja quieta.
La segunda noche lo intenté. Me di la vuelta en la cama, me metí la mano entre los muslos y estuve así un minuto, dos, con los ojos cerrados, buscando la imagen de siempre, y la imagen vino y era él, claro que era él, esposado y mirándome desde abajo con esa cara suya de estar decidiendo obedecer.
Paré.
No paré porque no funcionara. Paré porque funcionaba demasiado y porque supe, con una nitidez horrible, que si terminaba iba a sentirme después exactamente igual de sola pero con menos sitio donde meter lo que sentía.
Me quedé boca arriba, empapada de una cosa que no tenía salida, mirando la juntura del techo, y me dije en voz alta:
—Ridícula.
Y eso tampoco sirvió.
* * *
El sábado fui a casa de Rocío a comer, porque llevaba tres semanas dándole largas y porque mi prima tiene un sistema de detección que no falla.
Me abrió la puerta, me miró dos segundos y dijo:
—Uy.
—Hola a ti también.
—No, no. —Se apartó para dejarme pasar—. Ya está. Ya sé de qué va la comida.
Comimos arroz. Me habló de una paciente de setenta y ocho años que quiere volver a esquiar, de su vecino del cuarto y de una boda a la que no quiere ir. Esperó al café. Rocío siempre espera al café.
—A ver. Cuéntame.
Le conté lo que podía contar, que es poco: que había un problema profesional serio, que Nicolás estaba en medio, que teníamos que dejar de vernos mientras durase.
—¿Lo has dejado tú?
—No.
—¿Lo ha dejado él?
—No exactamente.
—Vera.
—Él ha dicho que no nos acostemos mientras yo tenga que investigarlo. Para que yo no dude después. —Me oí decirlo y sonó peor que dentro de mi cabeza—. Lo hizo bien. Lo hizo mejor de lo que lo habría hecho yo.
Rocío dejó la taza.
—¿Y por qué estás con esa cara de haber perdido tú?
—Porque he perdido yo.
—No. —Se echó hacia atrás en la silla—. Tienes esa cara desde antes. Llevas con esa cara desde que me contaste, hace dos meses, que ese hombre te había dado todas sus contraseñas. ¿Te acuerdas de cómo me lo contaste? Como si te hubiera pasado una desgracia.
—Era un riesgo enorme para él.
—Era un regalo enorme para ti. —Ladeó la cabeza—. Y tú con los regalos te pones insoportable.
—No empieces con el psicoanálisis de sobremesa.
—No es psicoanálisis, es que te conozco desde que teníamos cuatro años y sé lo que haces.
—Levantó un dedo—. Cuando alguien te ve entera, tú buscas una razón técnica para apartarte.
Con Álvaro no pudiste, porque el hijo de puta se apartó antes y encima te dejó el regalito, y desde entonces te has organizado la vida para que no vuelva a pasar.
Y ahora, mira qué suerte, te ha caído del cielo una razón técnica perfecta.
Profesional. Ética. Impecable. Nadie te puede decir nada.
—Es que es verdad que es profesional.
—Ya sé que es verdad. Por eso es tan cómoda. —Se encogió de hombros—. Vera, yo no sé nada de tu caso y no quiero saberlo. Pero llevo cinco días hablando contigo por WhatsApp y no me has preguntado ni una vez si estoy bien. Y eso no lo hace la gente ocupada. Eso lo hace la gente escondida.
Me quedé mirando el mantel.
—¿Tú crees que lo hizo? —preguntó.
—No.
—Pues eso también es un dato.
—Eso no es un dato. Eso es una opinión.
—Vale. —Se levantó a por más café—. Pues es la única opinión tuya en quince años que no has querido escribir en ningún sitio.
* * *
El domingo por la tarde Hugo me escribió: «Estoy en el despacho. Trae comida si quieres que te siga cayendo bien».
Llegué con dos raciones y un té, porque el café no lo toca.
Estaba con tres pantallas y los pies encima de la papelera, como siempre. Me senté enfrente. Comimos diez minutos hablando de tonterías.
Luego dejó el tenedor.
—Te voy a decir una cosa y no te va a gustar.
—Menuda semana llevo de gente diciéndome eso.
—Pues aguanta una más. —Se limpió las manos—. Llevas cinco días haciendo el triple de trabajo y encontrando la tercera parte de las cosas.
—Eso ya lo sé.
—No, no lo sabes, porque si lo supieras habrías parado.
—Giró la silla hacia mí—. Vera, lo tuyo no es trabajar.
Lo tuyo es mirar un montón de basura hasta que ves la pieza que no encaja.
Eso lo haces con la cabeza limpia, en silencio, y desde el lunes tienes la cabeza como una centralita.
Estás pidiendo oficios para sentirte en movimiento.
El oficio de la 612 no nos va a llegar en veinte días útiles porque nadie te va a dar prioridad, y tú lo sabías cuando lo pediste.
—¿Y qué se supone que haga?
—Preguntarte lo que llevas cinco días sin preguntarte. —Se inclinó—. Tú y yo tenemos una fila en una tabla que dice que la línea 612 estuvo en La Cañada el día 14 a las 06:41. Y desde el jueves te oigo decir «el teléfono de Nicolás estuvo en La Cañada». Y ayer se lo dijiste así a Clara.
Abrí la boca. La cerré.
—El posicionamiento no localiza teléfonos —dijo Hugo, muy despacio, como quien le explica algo a un novato, que era exactamente lo que yo merecía—. Localiza tarjetas. La red no sabe qué aparato es. Sabe qué SIM se registra en qué celda.
Me quedé absolutamente quieta.
—La SIM estuvo cinco días en un cajón de un taller de Santa Engracia —dije.
—Eso dice él.
—Eso dice él, y mientras tanto en La Cañada había una tarjeta con ese número registrándose en una antena a las siete de la mañana. —Se me secó la boca—. Las dos cosas pueden ser verdad.
—Las dos cosas pueden ser verdad si hay dos tarjetas.
Me levanté tan rápido que tiré el táper.
—La línea es corporativa. Nexo la gestiona con el portal de empresas de la operadora.
—Sí.
—Y en ese portal, un administrador de flota puede pedir un duplicado de SIM por extravío sin pasar por una tienda, sin DNI y sin que el titular se entere.
—Sí. —Hugo ya estaba escribiendo—. Y el registro de ese portal no depende de un oficio judicial a la operadora, porque el registro de sesiones del portal es de Nexo. Es un log interno. Y nosotros tenemos acceso a la red interna de Nexo desde el miércoles.
—Firmado por Tomás.
—Firmado por Tomás. —Levantó la vista un segundo—. La ironía te la comes tú sola, que yo estoy trabajando.
Tardó cincuenta y un minutos.
Yo los pasé de pie, detrás de él, sin hablar, con los brazos cruzados y la espalda contra el archivador, y no me senté ni una vez.
—Aquí está —dijo.
En la pantalla había una tabla fea, monoespaciada, de esas que no significan nada para nadie y lo significan todo para dos personas.
—Día 13, a las 18:44, desde el portal de flota de Nexo, solicitud de duplicado de tarjeta SIM para la línea 612 por motivo «extravío». Envío urgente a un punto de recogida. —Hugo fue bajando—. Día 14, a las 05:57, activación del duplicado. La tarjeta original queda anulada en ese momento.
—A las 05:57 —repetí.
—Cuarenta y cuatro minutos antes de que esa línea apareciera en la antena del polígono.
Me apoyé en el respaldo de su silla.
—Y el original estaba apagado en un taller, así que nadie notó nada —dije—. Nadie se queda sin cobertura porque el teléfono ya no tenía cobertura. Por eso eligieron esa semana. Sabían que el móvil estaba en reparación.
—Hay más. Día 19, a las 17:30, se solicita un segundo duplicado y se activa esa misma tarde. Ese es el que Nicolás lleva ahora en el bolsillo sin saberlo. Recogió el terminal del taller el 19 por la tarde, ¿verdad?
—El 19 por la tarde.
—Pues alguien le devolvió la línea justo a tiempo para que no preguntara nunca por qué se había quedado sin ella.
Me costó respirar un par de veces seguidas.
—Hugo, dime que el portal guarda quién abrió la sesión.
—El portal guarda el usuario, la hora y la IP de origen. —Ya estaba en otra pestaña—. El usuario es una cuenta genérica de administración de flota, «nexo.flotas», que usan cuatro personas. Eso no nos vale.
—¿Y la IP?
—La IP es interna. Red de Méndez Álvaro, tercera planta.
Abrió el inventario de equipos que Tomás nos había autorizado el miércoles y pegó la dirección en el buscador.
Salió una sola línea.
Un puesto fijo. Un código de inventario: NX-0447.
Y al lado, en la columna de usuario asignado, un nombre que llevábamos dos semanas sin nombrar en voz alta en aquella sala.
Paula Mir.