CAPÍTULO 29 #2
—Dos semanas, dijiste. O tres. Igual son cinco.
—Apoyó las dos manos en el respaldo de la silla—.
Imagínate que dentro de cinco semanas aparece el cuaderno de Yeray, con la fecha, con el IMEI, y queda demostrado que ese día mi teléfono estaba encima de un mostrador en Santa Engracia.
Todo aclarado. Aplausos. Y tú, a las tres de la mañana de dentro de cinco semanas, en tu cocina, te preguntas una cosa.
—No me voy a preguntar nada.
—Te vas a preguntar —siguió, sin subir la voz— si aguantaste porque tenías criterio o porque te gustaba cómo sonaba yo.
Si no pediste el registro un miércoles porque no procedía o porque el martes habías dormido aquí.
Te conozco lo suficiente para saber que ese pensamiento existe ya. Y no estoy dispuesto a ser eso.
—No es tu decisión protegerme.
—No te estoy protegiendo a ti. —Ahí sí se le tensó la mandíbula—. Me estoy protegiendo yo. No quiero ser una duda tuya. Puedo aguantar que me investigues. Llevo meses dándote contraseñas, cuentas, agenda, todo. No puedo aguantar que dentro de un año me mires y no sepas del todo por qué me creíste.
Me senté.
Me senté porque las piernas hicieron una cosa rara y porque cuando alguien tiene razón y además la tiene mejor que tú, lo único digno que queda es no fingir que estás de acuerdo.
—Esto es exactamente lo que yo debería haber dicho —conseguí decir.
—Lo sé.
—Yo soy la que pone las reglas.
—Ya. —Y ahí, por primera vez en toda la noche, le tembló un poco la voz—. Pues hoy las pongo yo y no me está gustando nada.
No nos tocamos. Ni una vez. Estuvimos a metro y medio durante nueve minutos y no nos tocamos, y yo nunca había sido tan consciente de metro y medio de aire en mi vida. Me dolía la piel. Literalmente: me dolía la piel de los antebrazos, como cuando tienes fiebre y te roza la manga.
—Voy a irme —dije.
—Vale.
—Mañana te llegará un correo de Clara con el protocolo. Es formal. No te lo tomes como un mensaje.
—No me lo tomaré como un mensaje.
—Y firma la autorización del volcado o pídele a Ismael que lo discuta, pero no lo dejes en el limbo, porque el limbo en un expediente se lee como una negativa.
—Firmaré.
Llegué a la puerta. Puse la mano en el picaporte. Lo solté.
—Nicolás.
—Dime.
—Si esto fuera al revés. Si el teléfono fuera el mío.
—Haría exactamente lo mismo —dijo—. Y tú me lo agradecerías dentro de un mes y me lo echarías en cara esta noche.
* * *
Volví al día siguiente. A las siete y media de la tarde, sin avisar, que tampoco es algo que yo haga.
Había pasado el día entero levantando el muro: el correo de Clara, el oficio a la operadora, el aviso a Hugo de que el volcado del terminal de Nicolás lo hacía él con doble testigo y cadena de custodia firmada.
La llamada con Berta Ayala duró cuarenta minutos y fue humillante los cuarenta. Berta tiene cincuenta y tantos años, una voz plana y la costumbre de repetir lo que le acabas de decir como si lo estuviera copiando a mano.
—Entonces, resumo. El directivo que hemos tratado durante cinco meses como perjudicado y colaborador ahora es posible implicado.
—Posible. Con una evidencia de posicionamiento y una explicación no verificable.
—Y el otro directivo, al que ustedes señalaron por escrito el día 12, ya no lo es.
—Correcto.
—Y quien firma ahora los accesos de ustedes a la empresa investigada es ese mismo señor al que señalaron por escrito el día 12.
—Correcto.
Hubo un silencio de tres segundos que me costó más dinero del que quiero calcular.
—Salvatierra, voy a serle franca. Esto en mi comité no se cuenta. Esto en mi comité se aguanta.
—Lo entiendo.
—Clara me ha pedido que el informe intermedio lo firme ella. Se lo he aceptado. —Una pausa—. No es contra usted. Es que a usted, ahora mismo, la ha tocado alguien.
Y lo peor de la frase es que era exacta. A las cinco había pedido formalmente al departamento de Tomás Bermejo el acceso a los sistemas de Nexo. Tomás me lo concedió en once minutos y sin un solo comentario, lo cual fue peor que si me hubiera dicho algo.
Y a las seis, al ir a buscar el cargador en el cajón de la mesilla, las encontré.
Estaban donde llevaban desde abril. En mi casa, en mi mesilla, encima de un libro que no he terminado.
Las había dejado él ahí, una noche, después de todo, diciendo una frase que no voy a repetir, y desde entonces se habían convertido en un objeto doméstico.
Como un cargador. Como unas llaves de repuesto.
Las metí en el bolso.
Nicolás abrió la puerta con cara de no entender nada.
—¿Ha pasado algo?
—No.
—¿Estás bien?
—No.
Saqué la mano del bolso y se las tendí.
El acero estaba frío, porque el acero siempre está frío, y sonaron un poco al moverse, ese ruido pequeño de cadena corta que en el rellano de un séptimo suena enorme.
Él las miró.
—No hace falta que hagas esto.
—Sí hace falta.
—Vera.
—Están en mi casa. Y yo abro ese cajón cuatro veces al día. —Se me quebró algo en la voz y lo empujé para abajo—. Cógelas.
Tardó. Levantó la mano y las cogió, y el peso pasó de mi palma a la suya, y notar cómo se le cerraban los dedos alrededor del metal fue peor que cualquier cosa que hubiera pasado en toda la semana.
Entonces saqué la llave.
Es ridículamente pequeña. Pesa menos que un clip.
Lleva ocho años en el mismo llavero y en algún momento de los últimos cinco meses dejó de ser una herramienta y pasó a ser otra cosa, la cosa que le ponía en la mano cada vez, la señal, el acuerdo entero resumido en tres gramos de latón: si abres la mano y la sueltas, se para todo.
Se la puse en la palma.
Nos quedamos así, con su mano cerrada y la mía encima, dos segundos, tres.
Después Nicolás bajó la vista, apretó la mandíbula una vez y abrió la mano.