CAPÍTULO 29
Hay tres formas de dar una noticia así. Por teléfono, que es de cobardes. Por escrito, que es de abogados. O en persona, mirando a la cara, que es lo peor de todo y lo único que se puede hacer.
Llegué al ático de Arganzuela a las nueve y veinte de la noche con una carpeta de anillas y sin ninguna intención de quedarme a cenar.
Él abrió con las mangas subidas y un paño de cocina en la mano. Olía a ajo. Detrás, en la encimera, había dos cebollas empezadas y una tabla, porque Nicolás cocina cuando tiene el día torcido, igual que yo ordeno cajones.
—Llegas pronto.
—Vengo a trabajar.
Lo registró en dos segundos: la carpeta, la distancia, el hecho de que no me hubiera quitado el abrigo. Dejó el paño en la encimera, apagó el fuego y se secó las manos.
—Dime.
—Siéntate.
—Prefiero no sentarme.
—Y yo prefiero que te sientes, porque lo que te voy a enseñar se lee mejor sentado y porque si estás de pie vas a empezar a andar por la cocina y me vas a poner nerviosa.
Se sentó.
Puse el folio delante de él. Era la tabla de la operadora, con la fila marcada en amarillo y la anotación de Hugo al margen, y debajo el acta de recepción falsificada de la nave.
Lo leyó entero. Sin preguntar nada. Nicolás lee como firma: de arriba abajo y una sola vez.
—Día 14 —dijo.
—Sí.
—A las siete menos veinte de la mañana.
—Entrada en cobertura a las 06:41. Salida a las 07:19.
Es un sector de cuatrocientos metros de radio que cubre la nave, la rotonda y una gasolinera.
No dice que estuvieras dentro de la nave.
Dice que tu línea estuvo en esa zona treinta y ocho minutos mientras se firmaba una recepción falsa de equipos por valor de cuarenta y tres mil euros.
Se quedó mirando el papel.
Y después dijo una cosa que yo no esperaba, y que fue el principio del problema:
—El día 14 el móvil estaba en reparación.
Noté que se me endurecía algo en la cara y no pude evitarlo.
—¿Reparación?
—Se me cayó el sábado anterior en el aparcamiento de la oficina. La pantalla se partió en diagonal, desde la esquina. Lo llevé el lunes por la mañana a un taller de la calle Santa Engracia, uno pequeño, al lado de la frutería. Tardaron cinco días porque tenían que pedir la pieza.
—¿Nombre del taller?
—Tecnolab, creo. Tecnolab algo. Está el letrero medio despegado.
—¿Resguardo?
Se levantó. Fue al mueble del recibidor, abrió el cajón de arriba —el cajón donde la gente mete las cosas que no sabe dónde meter— y volvió con un papel doblado en cuatro.
Lo desdoblé.
Era una hoja de talonario de copia carbón, azul, del tamaño de un tique.
Tenía impreso un número, 0-4-9-2. A mano, con bolígrafo, ponía «movil negro pantalla» y una fecha.
Debajo, un garabato. No había IMEI. No había número de serie.
No había apellido. No había teléfono de contacto.
El sello estaba corrido y solo se leían tres letras.
Lo dejé sobre la mesa y me senté enfrente. Ahora sí.
—Nicolás.
—Ya lo sé.
—Esto no vale nada.
—Ya lo sé.
—Esto acredita que alguien dejó un móvil negro en algún sitio algún día. —Lo giré hacia él—. No dice cuál. No dice de quién. No dice cuándo lo recogieron.
—Los tiques de los talleres son así.
—Los tiques de los talleres son así y por eso los talleres tienen libro de entradas. —Saqué la libreta—. ¿La SIM iba dentro?
Tardó un segundo.
—Sí.
Ahí el estómago se me fue al suelo.
—¿Dejaste la tarjeta dentro del teléfono en un taller cinco días?
—Me dijeron que la dejara para probar la línea al montar la pantalla.
Es lo que dicen siempre. Y yo llevaba tres semanas durmiendo cinco horas, con un fraude encima, con la aseguradora respirándome en la nuca y con mi nombre en un Porsche.
Lo dejé. Usé el terminal viejo con la línea personal, la 674, y no volví a pensarlo.
—¿Se lo dijiste a alguien?
—A Chus, que me pasó los desvíos. A Tomás, porque me preguntó por qué no le contestaba al corporativo. Y supongo que a media planta, porque estuve cinco días con un Android prehistórico y todo el mundo hizo el chiste.
Lo anoté. Anoté la hora. Anoté las palabras exactas, no el resumen, porque el resumen es donde se cuela la interpretación.
—Sigo. ¿Quién te lo llevó al taller?
—Yo. Andando, desde la oficina no, desde casa. El lunes por la mañana antes de coger el coche.
—¿Pagaste con tarjeta?
—En efectivo. Eran ciento diez euros y el datáfono no les iba.
—Claro que no les iba.
—Vera.
—No lo digo por ti. —Empujé el tique azul dos centímetros con el índice—.
Lo digo porque llevo quince años pidiendo movimientos de tarjeta para acreditar que alguien estuvo en un sitio, y el único día de tu vida que necesitas acreditarlo pagaste en efectivo en un taller sin datáfono a un señor que apunta en un cuaderno. Eso es mala suerte pura y se lee fatal.
—¿Cuánto de fatal?
—Depende de quién lo lea. —Cerré la libreta un momento—.
Si lo lee Clara, se lee como un hombre ocupado al que se le rompió el móvil.
Si lo lee un perito de parte contraria, se lee como cinco días sin teléfono localizable, sin rastro bancario y sin testigo, justo en la ventana de la única entrega con firma falsificada de la que tenemos hora exacta.
—¿Y si lo lees tú?
—Todavía no lo sé. Y esa es la frase más honesta que voy a decir esta noche.
Después llamé al taller delante de él, con el manos libres.
Contestó un chico. Le expliqué quién era y qué necesitaba: confirmación de una entrada de reparación, fechas de depósito y de retirada, IMEI del terminal.
—Eso lo lleva Yeray —dijo.
—¿Yeray es el técnico?
—Yeray es el jefe. Y el técnico. Yo estoy de refuerzo por las tardes.
—¿Puedo hablar con él?
—Está de baja. Se operó del menisco el día 2. Vuelve dentro de dos semanas, o tres.
—¿No hay un registro informático?
Se rio. No con mala intención; se rio como se ríe uno cuando le preguntan si tiene helipuerto.
—Hay un libro. Un cuaderno grande, de los de toda la vida. Lo apunta él a mano y lo tiene en su casa porque se lo lleva para hacer las facturas.
—¿Y no puede...?
—Es que no me coge el teléfono, señora. Está con calmantes.
Colgué.
Nos quedamos los dos mirando el papel azul de copia carbón encima de la mesa de un ático con vistas a media Madrid.
—Dos semanas —dijo Nicolás.
—O tres.
—Y hasta entonces.
—Hasta entonces, nada. Hasta entonces tengo una línea a tu nombre a cuatrocientos metros de una entrega fraudulenta a las siete de la mañana, y una explicación que no puede comprobar nadie.
* * *
Lo dije de pie, porque hay cosas que no se dicen sentada.
—A partir de este momento, y hasta que se acredite lo contrario, tengo que tratarte como posible implicado.
No parpadeó.
—Dilo completo.
—Voy a pedir el registro completo de la línea 612 de los últimos cuatro meses, no solo las ventanas.
Voy a pedir tu terminal, el actual, para volcado forense, y si te niegas lo haré constar.
Voy a cruzar tus movimientos personales con las cuatro entregas.
Voy a volver a mirar los accesos que tú mismo me entregaste, pero esta vez buscando lo contrario de lo que buscaba entonces.
Y todo lo que me has contado esta noche va al acta con la hora en que me lo has contado, incluida la parte de la SIM, que te perjudica.
—Sigue.
—Clara asume la interlocución. Tú y yo dejamos de hablar del caso fuera de reuniones con acta. Informo a Berta Ayala mañana a primera hora, porque si no lo hago yo y aparece después, se acabó el despacho. Y los accesos a Nexo dejan de pasar por ti. —Tragué—. Pasan por Tomás.
Ahí sí se le movió algo.
—Por Tomás.
—Por Tomás.
—Qué bien montado está —dijo, y no era ironía: era admiración profesional, de la peor especie, la que se le tiene a alguien que te ha hecho daño con elegancia.
—Sí.
Se levantó. Fue a la ventana, apoyó las manos en el marco y se quedó ahí de espaldas, con esa espalda ancha suya recortada contra las luces del paseo, y yo pensé, con una parte del cerebro que debería estar apagada, que conocía exactamente la temperatura de esa espalda.
—¿Tú crees que lo hice?
—No.
—No me contestes deprisa.
—No te estoy contestando deprisa. Llevo desde las seis y veinte de la tarde pensándolo y la respuesta sigue siendo no.
—Respiré—. Y esa respuesta no vale nada, Nicolás, y ese es el problema.
Ayer creía que había sido Tomás y tenía ocho pruebas.
Hoy resulta que las ocho las puso otro para mí.
Mi criterio ha sido usado como herramienta contra el caso.
Así que ahora mismo lo que yo crea es lo que menos importa de todo este piso.
Se dio la vuelta.
—Vale —dijo—. Hazlo.
—Nicolás...
—No, escúchame. Hazlo. —Vino hasta la mesa—.
Si mañana entras en Nexo y decides no pedir el volcado de mi teléfono por consideración hacia mí, dentro de tres meses habrá un juez, un perito de la defensa de otro y un titular, y lo primero que van a preguntar es si la investigadora se acostaba con el investigado.
Y la respuesta correcta a esa pregunta no es «sí, pero fue rigurosa».
La respuesta correcta es un expediente en el que no falte nada.
—Ya lo sé.
—Pues hazlo. Y hazlo con saña, si hace falta, que eso se te da bien.
Casi me río. Casi.
—Vale —dije.
Y entonces él hizo lo que yo no había previsto en ninguna de las siete versiones de esta conversación que había ensayado en el coche.
—Y por eso no vamos a acostarnos —dijo.
Me quedé quieta.
—¿Perdona?
—Mientras exista la sospecha, no. —Lo dijo tranquilo. Sin dramatismo. Con el mismo tono con el que dice que hay que cambiar el orden del día—. Nada.
—Eso lo decido yo.
—No. —Negó despacio—. Eso, precisamente eso, no lo decides tú sola. Eso lo decidimos los dos, y yo ya he decidido.
—Nicolás.